Cuatro drones frente a enjambres: el pulso militar hispano-marroquí
El astillero de San Fernando ultima la entrega a Marruecos del Moulay Hassan, un buque militar de 87 metros en el que se lleva trabajando más de tres años. Lo publica Libertad Digital y tiene su ironía: el barco se termina en plena crisis bilateral, con la frontera de Ceuta bajo presión migratoria y con Rabat reclamando posiciones sobre las dos ciudades autónomas. Mientras se suelda el último mamparo, el escenario de un choque armado entre España y Marruecos se ha instalado como ejercicio de sobremesa. El balance que sale de los números no invita al optimismo.
Dónde gana España y dónde no en un choque con Marruecos
La foto más repetida es incómoda. España mantendría ventaja en la mar y, con dudas, en el aire. En tierra, el ejército marroquí sería superior en hombres y en material. En misiles, también. Y hay un capítulo que rompe la balanza: los drones. El cálculo que circula deja la proporción en cuatro aparatos españoles frente a enjambres marroquíes. Cuatro. No es un error de tecleo.
Sobre esa asimetría se monta la advertencia clásica: si no se puede emplear la armada, el resto del tablero se descompone. Los carros de combate arrastran además un problema añadido en combate urbano, y el teatro natural de este hipotético conflicto serían dos ciudades pequeñas, densas y pegadas a la costa. Hay una referencia que se repite para calibrar el desastre: Annual.
El escudo de la OTAN y el agujero de Ceuta y Melilla
Aquí está el punto que más tinta hace correr. Una corriente sostiene que atacar a España sería un suicidio para Rabat, porque el paraguas atlántico obliga a los aliados a responder. Otra recuerda un detalle incómodo: el tratado dejaría fuera de cobertura a Ceuta y Melilla. España entraría en guerras ajenas por obligación y no tendría garantía automática de que nadie entrara en la suya.
De ahí sale una conclusión recurrente: el problema no es tanto de material como de alineamientos y de credibilidad.
Argelia, Ucrania y el negocio de los drones
El factor argelino aparece tarde y descoloca. Marruecos carece de armada real —sus fragatas funcionan, según la descripción más dura que circula, como patrulleras para asustar pesqueros—, pero Argelia tiene fuerza terrestre, aérea y submarinos. Hay quien la sitúa como el mejor ejército de África, por delante de Egipto. Y da más miedo como hipótesis.
El otro espejo es Ucrania. La lección que se repite: el carro de combate pesado ha demostrado su vulnerabilidad, los drones quedan desfasados en meses y las contramedidas mandan. De ahí salen dos recetas opuestas. Una pide actualizar los Eurofighters para lanzar misiles de crucero y bloquear puertos. La otra propone liquidar el modelo profesional y montar una milicia ligera con jeeps, cañones de 20 milímetros y misiles anticarro.
El frente interno: Pegasus, presupuesto y quién paga la fiesta
Ninguno de estos ejercicios se queda en el mapa. Se cuela la acusación de que Marruecos se ha armado durante años con material estadounidense e israelí y con entregas españolas vinculadas al caso Pegasus: una imputación política lanzada sin prueba y sin resolución judicial, que aquí se recoge como lo que es. Se cuela también la sospecha de que el Ejecutivo actúa como correa de transmisión de Rabat y de que la salida real no será un choque, sino un acuerdo que consolide el reparto. Y se cuela la factura.
Sumado todo, el resultado del ejercicio es una cifra redonda y sin enterrar: 8 millones de muertos entre ambos bandos. Nadie explica cómo se llega a ese número. Nadie explica quién los entierra.