El físico sube al atril y el programa se queda fuera de plano
Una fotografía de varias dirigentes y, debajo, un comentario que las convierte en un surtido de cuerpos. A partir de ahí la conversación se ordena sola: quién tiene mejor figura, cuál se mueve mejor al caminar, quién es la rubia de la imagen. El programa electoral no aparece en el hilo. Y el juicio no distingue siglas: la burla alcanza igual a las dirigentes de un partido y a las de su oponente.
La apariencia de las mujeres en política funciona como el comentario más barato que existe y, también, como el más difícil de rebatir.
La apariencia como atajo que sustituye al argumento
La etiqueta de «charo», usada en el hilo como descalificación, no describe a nadie en concreto. Designa una categoría. Aplicada a un escaño, ahorra el trabajo de discutir una ley.
El escrutinio estético se convierte así en argumento de autoridad: quien lo lanza no necesita cifras, ni gestión, ni trayectoria, solo ojos. Hay incluso quien zanja el asunto con un reproche moral de dos líneas y sigue a lo suyo. El mecanismo es viejo y sobrevive a los cambios de siglas; el desprecio por la pinta de una representante salpica, de paso, a quien la votó.
¿Puede una mujer presidir el Gobierno con este rasero?
En mitad del catálogo estético aparece el único apunte con consecuencias institucionales: según uno de los mensajes, alguna de esas dirigentes podría llegar a ser
la primera presidenta del Gobierno de España, y quien lo escribe sostiene que no es ninguna broma. El escenario se plantea sin nombres y sin calendario, pero mueve el eje de la charla. Y queda una pregunta incómoda para los partidos que tendrían que apechugar con lo que viene: cómo gestionan un clima en el que su propia dirigente se mide por el talle.
Del chiste al pronóstico: el salto que nadie justifica
El paso siguiente es el salto lógico más frecuente: del físico al desastre nacional. Una intervención despacha a
todas las dirigentes, sea cual sea el partido, como un conjunto homogéneo de escasa presencia y remata con que así vamos «directos al desastre». No hay un solo dato que conecte la silueta con el desastre anunciado. La misma pieza incluye un dardo contra el lenguaje inclusivo, y ahí se ve el paquete completo: molestia
estética, molestia gramatical y desconfianza general hacia quien gobierna, todo en la misma frase.
Qué se mide cuando se mide a un representante
Los asuntos que admiten comparación —la gestión, los resultados— tienen una virtud que la burla no tiene: se pueden medir. Un votante exigente preguntaría por el expediente, por los escaños, por lo que se ha hecho con el presupuesto. Nada de eso aparece cuando el examen se reduce a la figura. La consecuencia práctica es un reparto curioso del trabajo: a unos se les pide el currículum y a otras se les pide la pose.
El único mensaje que menciona una consecuencia institucional, la de una mujer en La Moncloa, no dedica ni una palabra al aspecto. La mayoría, sí.
Quien aspira a gobernar se juega el juicio antes de abrir la boca, y el criterio que decide ese juicio no se somete a ninguna votación. Ni a ninguna comprobación.