Peregrinación gay por la Puerta Santa: el dilema de los católicos
En 2016, una turista católica no pudo entrar a la Basílica de San Pedro por llevar pantalones cortos y sin mangas. Nueve años después, un grupo organizado de personas LGTBI+ atravesó la Puerta Santa —que solo se abre en años jubilares— con banderas arcoíris, cruces pintadas y una mochila con el lema «Fuck the rules». La imagen, difundida por The Remnant Newspaper y recogida por The Washington Post, ha abierto una grieta profunda en la comunidad católica: ¿se trata de un gesto de apertura pastoral o de una provocación orquestada?
El evento que lo cambió todo
El Jubileo de 2025 arrancó con la tradicional apertura de la Puerta Santa, símbolo del perdón y la renovación. Sin embargo, la autorización de una «peregrinación gay» —con entrada pública y sin restricciones de vestimenta— encendió las alarmas. Las fotografías muestran a los participantes abrazados, con camisetas reivindicativas y, según varios testimonios, realizando gestos que algunos consideraron ofensivos, como una mano tatuada simulando agarrar el sagrario. «Fue un acto político de ocupación», resumió un analista, señalando a organizaciones vinculadas a George Soros como financiadores.
La polémica no se quedó ahí. Días después, la plaza de San Pedro acogió un concierto de reguetón con Karol G, Bocelli y Pharrell Williams, acompañado de un coro góspel y himnos luteranos. Para muchos católicos, la imagen de la artista colombiana —conocida por su estética sexualizada— en el corazón del Vaticano fue la confirmación de que la jerarquía ha perdido el rumbo.
Las tres reacciones del catolicismo
El debate ha polarizado a los fieles. Una corriente mayoritaria clama por la oración y la resistencia: «reza, confía en Dios y no te preocupes», citaba al Padre Pío uno de los comentaristas. Para ellos, la solución no es salirse de la Iglesia, sino profundizar en la Eucaristía y el silencio, y ejercer el derecho (recogido en el Canon 212) a manifestar el dolor a los pastores. «Se vienen cositas», advierte un usuario, en referencia a un supuesta depuración tradicionalista que el padre Gabriel Zarraute predijo en una entrevista previa a la muerte de Francisco y la elección de León XIV.
Frente a esta postura, una minoría —pero ruidosa— defiende que el Vaticano actúa correctamente al abrirse a todos, y que el verdadero pecado es el juicio farisaico. «La Iglesia no le cierra la puerta a nadie», argumentan, aunque reconocen que la forma fue «un esperpento». Para ellos, el problema no es la peregrinación, sino la hipocresía de quienes condenan mientras ignoran otras injusticias.
Una tercera vía, la más amarga, es la deserción: varios católicos confiesan que están considerando hacerse ortodoxos o abandonar la práctica religiosa. «Seguir a la iglesia es seguir a hombres traicioneros», escribe uno, mientras otro recuerda que en el pasado se impedía la entrada por vestimenta inapropiada y hoy se permite todo.
¿Qué hay detrás del escándalo?
El hilo revela una tensión de fondo entre la doctrina tradicional y la adaptación cultural impulsada desde la curia. La carta Fiducia Supplicans ya había abierto una herida sobre las bendiciones a parejas del mismo sexo. Ahora, la peregrinación gay —con su símbolo explícito— ha sido la gota que colmó el vaso. La acusación de que se trató de una «invasión orquestada» por grupos de presión se repite con insistencia, aunque sin pruebas concluyentes.
Lo cierto es que el evento ha acelerado un cisma silencioso: mientras unos se aferran al rito tridentino y la ortodoxia, otros se distancian de una institución que perciben como capturada por la agenda woke. «En una década solo quedará de la iglesia católica lo estrictamente tradicional», predijo el padre Zarraute, una profecía que muchos empiezan a tomar en serio.
¿Y ahora qué?
La pregunta que da título al debate —«¿y ahora qué hacemos los católicos?»— sigue abierta. Rezar más, sufrir en silencio, asustarse o, como propone una minoría, «volver al espíritu de milicia». Mientras la jerarquía vaticana no aclare su postura definitiva sobre la presencia de colectivos LGTBI+ en actos litúrgicos, la brecha entre los fieles y Roma se ensanchará. El Jubileo, concebido para la reconciliación, se ha convertido en un espejo de las divisiones que atraviesan la Iglesia del siglo XXI.