Windows 10 corre como un tiro y se come la mitad de tu RAM
Un mismo sistema operativo, instalado en equipos parecidos, y dos veredictos que no se pueden sostener a la vez: para unos es
una basura a la altura de Vista o Millennium; para otros, el mejor Windows de la historia. La pelea no es cuestión de fe. Las cifras que unos y otros ponen encima de la mesa —arranques que bajan de los 30 segundos, procesos que se meriendan la mitad de los recursos con el equipo quieto, pantallazos azules a los dos días de instalar— describen el mismo producto desde ángulos que no encajan. Y todo, con una actualización de por medio que Microsoft presentó como un regalo de
135 euros.
El mismo Windows 10, dos ordenadores, dos relatos
El caso que abrió la polémica: un equipo recién comprado, con procesador
i7, 8GB de RAM y 2GB de gráfica dedicada, actualizado al nuevo sistema y declarado una basura. Frente a ese punto de partida, el testimonio contrario llegó desde abajo: instalado en un
Centrino de 1,7 GHz, 2GB de RAM y 64MB de vídeo, el sistema funcionaba bien, algo más lento que XP pero bastante más rápido que Windows 7. En un Athlon 64 con 2GB, otro percibía el sistema más liviano que con la versión anterior. En un i3 con 6GB, más suave aún.
Aquí está la grieta. No todos los equipos sufren lo mismo y no todos exigen lo mismo. En máquinas básicas el sistema parece rendir; en configuraciones potentes, los problemas que aparecen son de otro tipo: servicios que se atascan, actualizaciones que se cuelgan y compatibilidad dudosa con programas que se salen del navegador y la hoja de cálculo.
¿Por qué Windows 10 se come los recursos en reposo?
Con el ordenador sin hacer nada, dos procesos aparecían como sospechosos habituales:
SearchUI y backgroundTaskHost. En un caso concreto, se comían la mitad de los recursos incluso en reposo, y no había forma de terminarlos. La respuesta técnica que circulaba: SearchUI es parte de Cortana, y backgroundTaskHost pertenece a la tarea de fondo del visor de fotos. Se podía desactivar la asistente, pero el proceso seguía ahí. El veredicto: con un
40% de los recursos consumidos sin hacer nada, la vuelta a Windows 7 estaba decidida.
No es un detalle menor. Un sistema que en reposo consume casi la mitad de la memoria es, en la práctica, un sistema que encoge el equipo. Y la sensación de que hay procesos agarrados que no se pueden cerrar —
como si fueran otra cosa— es la que convierte una pega técnica en un motivo para formatear.
Pantallazos azules, actualizaciones colgadas y un antivirus borrado
Los fallos concretos: dos pantallazos azules con el mensaje
«Kernel Security Check Failure» en dos días, un antivirus (Kaspersky) desinstalado por su cuenta y la vuelta a 8.1. Windows Update, el mecanismo que debería mantener el sistema al día, aparecía también como fuente de inestabilidad: actualizaciones que se cuelgan y dejan el sistema tocado. En otro equipo, tres reinicios aleatorios y cuatro desconexiones del wifi por marcar un adaptador USB como problemático.
Y un fallo más silencioso: tras un apagado incorrecto, en determinadas configuraciones el sistema degradaba la velocidad del procesador hasta el mínimo sin recuperarla, obligando a reiniciar. Es el tipo de error que no se ve, pero
se sufre: no falla, simplemente va peor.
El negocio de la licencia: la placa base ata el sistema
Aquí aparece el problema que menos tiene que ver con la potencia del equipo. Windows 10 no pedía clave nueva: valía la de Windows 7 u 8.1 para reinstalar. El problema llegaba si se cambiaba un componente importante. La actualización, venga la licencia original de OEM o de Retail, quedaba convertida en
OEM y atada a la placa base. Si la placa cascaba, había que comprar una licencia nueva o llamar a Microsoft para que reasignara la clave al hardware nuevo.
El matiz es importante: quien había pagado una licencia Retail legal veía cómo su actualización pasaba a ser OEM, la modalidad más restrictiva. Un cambio de placa —una avería, una mejora— podía traducirse en pagar otra vez. Para el uso doméstico, es la
letra pequeña que convierte un sistema operativo en una cuota disfrazada de licencia.
El arranque en 30 segundos y el precio de 135 euros
Uno de los puntos donde el entusiasmo chocó con la incredulidad. Frente a quien decía que el sistema arrancaba en 10 segundos, otro respondía con una grabación de menos de
30 segundos. El matiz —que el escritorio aparezca rápido no significa que el sistema haya terminado de cargar drivers y servicios— quedó enterrado en la discusión.
En el otro extremo, la oferta. Microsoft presentaba la actualización gratuita como un ahorro de
135 euros. El detalle: el sistema costaba 135 euros si se compraba, frente a los
120 de la versión anterior. La operación comercial —regalar algo para asegurar el parque instalado— quedaba a la vista.
Lo que dicen los que ya han vuelto
El patrón que se repite: el sistema es ligero, estable y cómodo para navegar, ver vídeo y poco más; se vuelve incómodo en cuanto se sale de ese carril. Quienes lo han desinstalado no suelen hablar de lentitud, sino de procesos incontrolables, licencias atadas y actualizaciones que se cuelgan. Con eso sobre la mesa, la predicción razonable es que Windows 10 acabe asentándose —Microsoft tiene el
85% de la cuota y ninguna prisa—, pero no por convencer a los más técnicos, sino por desgaste: el mismo camino que recorrieron Vista y Millennium hasta que llegó el siguiente.