Un salón, una foto de Franco y la batalla por 2025
Poner la foto de Franco en el salón durante todo 2025 se ha convertido en la respuesta de una parte del personal a los actos que el Gobierno prepara para conmemorar el 50 aniversario de su muerte. El gesto, que arranca con una foto de familia rescatada del trastero, no es una excepción aislada: hay quien busca la imagen en alta resolución para imprimirla en lienzo, quien pregunta dónde comprar un póster enmarcado para el comedor y quien constata que las fotos oficiales del Caudillo, las banderas con el águila y la demás parafernalia se venden «volando» entre coleccionistas. El detonante es una convocatoria oficial que, según varios análisis, busca reavivar el relato del franquismo como amenaza. El resultado, de momento, es el contrario.
De la conmemoración oficial al altar doméstico
La paradoja es difícil de superar. Un Gobierno que se presenta como el enterrador del franquismo organiza actos por el 50 aniversario de la muerte de Franco y consigue que
una foto enmarcada en un salón se convierta en gesto político. «Es lo único bueno que hace el gobierno, ya que hará el efecto contrario», resume una de las intervenciones más repetidas. El argumento se apoya en una observación sencilla: cuanto más se agita el fantasma, más gente se pregunta qué había detrás de la caricatura.
En ese clima, la foto del abuelo deja de ser un recuerdo familiar y pasa a ser una declaración. Hay quien anuncia que la tendrá todo el año, del 1 de enero al 31 de diciembre, y que el 20 de noviembre encenderá una vela. Hay quien pide escanear la imagen en alta resolución para imprimirla en lienzo al óleo. Y hay quien, sin haber conocido al personaje, admite que ahora «me cae dpm» por pura reacción. La estética del gesto —austera, sencilla, de despacho de provincias— forma parte del mensaje.
El cálculo del nieto: 210 pesetas al mes y una casa en propiedad
El argumento más eficaz no es histórico, es contable. Un participante cuenta que su padre pagaba
210 pesetas al mes (1,26 euros) por una vivienda en propiedad en Torrejón de Ardoz, y que en 1957 fueron uno del 25% de familias y del 45% de la población de la localidad que consiguió una casa digna. El cálculo completo, con la cuota mensual, el plazo y el porcentaje de acceso, da una diferencia con el mercado actual que sorprende a quien lo lee.
La comparación se extiende a otros servicios. Se sostiene que el régimen levantó la red de pantanos, la red eléctrica, la ferroviaria y la sanidad pública, y que buena parte de esa infraestructura sigue en pie. La objeción llega desde el otro lado: aquello era capitalismo intervencionista, no socialismo, y el monopolio público ahogaba cualquier iniciativa privada. El ejemplo que se cita es el de un fabricante de automóviles que quiso montar en España y acabó cediendo participaciones al Estado. La discusión sobre qué era exactamente aquel sistema sigue abierta, y no es la menos interesante del asunto.
El tiro por la culata del relato oficial
La tesis que recorre el asunto es que la estrategia de agitar el franquismo tiene fecha de caducidad. «Si digo que le puede salir el tiro por la culata es porque llevan usando esta táctica demasiado tiempo y las cuerdas se rompen», señala uno de los análisis más citados. El diagnóstico se apoya en un dato generacional: los más jóvenes, que no vivieron el régimen, empiezan a nombrarlo no como una condena aprendida sino como una provocación que hace rabiar al establishment. Un sobrino de 12 años, con madre feminista, menciona a Franco sin tener idea de quién fue, solo porque sabe que el nombre incomoda.
Ese es el punto que más inquieta a quienes defienden la estrategia. Asustar con Franco puede funcionar entre los mayores, pero alimenta entre los jóvenes un impulso que después no se controla. La comparación con el pintor austriaco y con otros dictadores del siglo XX aparece en varios mensajes, siempre como broma de mal gusto y siempre con el mismo fondo: la provocación como identidad.
Quién compra la parafernalia y por qué
El mercado secundario ofrece una pista del fenómeno. Un coleccionista de antigüedades confirma que las fotos oficiales del Caudillo, las banderas con el águila y demás objetos del periodo
se venden volando. No es una novedad: el objeto lleva décadas teniendo salida entre nostálgicos y curiosos. Lo nuevo es el contexto. Lo que antes se guardaba en el trastero ahora se exhibe en el salón, y quien lo exhibe lo cuenta en público.
La operación tiene también su parte de cálculo económico. Imprimir una foto en A2 en una imprenta cuesta poco; comprarla enmarcada, algo más. El gesto es barato y el rendimiento simbólico, alto. Para una parte del personal, la foto de Franco se ha convertido en lo más revolucionario que se puede colgar en una pared, y eso, dicen, es triste y cierto a la vez.
Lo que se discute de verdad: vivienda, trabajo y seguridad
Debajo del ruido hay una comparación de niveles de vida que explica buena parte del tirón. Se enumeran la vivienda a precio asequible, el trabajo fijo, las vacaciones de un mes y la seguridad en las calles como elementos del pasado, frente al alquiler inasumible, la precariedad y la inseguridad del presente. La lista, que mezcla datos y percepciones, es el núcleo emocional del asunto.
La objeción es evidente: aquel país era una dictadura sin libertades, y el nivel de vida general era muy inferior. Pero la comparación no se plantea en términos de libertad, sino de coste. Quien defiende la foto no reivindica el régimen, reivindica la casa. Y ahí el debate se vuelve incómodo para todos.
Con estos mimbres, lo previsible es que la conmemoración oficial siga alimentando gestos domésticos durante todo el año. Si la estrategia funciona o se vuelve en contra es algo que no se sabrá hasta que pasen las próximas elecciones. Mientras tanto, la foto del abuelo seguirá colgada en el salón, y su dueño seguirá encendiendo una vela el 20 de noviembre.