105 horas sin comer: el ayuno de 10 días que se quedó en cuatro
Un ayuno de 10 días solo con agua se quedó en 105 horas. Lo protagonizó un hombre de 31 años que nunca había pasado de 48 horas sin ingerir nada, y el registro diario que dejó es el mejor argumento contra la épica del ayuno largo: el segundo día marcó un hambre de
10 sobre 10, el cuarto seguía en 8 y, con 96 horas acumuladas, tuvo que sentarse diez minutos en un banco del trabajo porque «no podía con mi vida». La cetosis, esa palabra que se usa como salvoconducto, no le apagó el apetito. El objetivo declarado era un
detox espiritual y mental, no físico, manteniendo rutina, trabajo y entrenamiento.
Qué pasa día a día en un ayuno solo con agua
El primer día fue
de manual: hambre 7 sobre 10, sesión de entrenamiento en ayunas a las nueve de la noche y ninguna sensación extraña. Durmió sin hambre. El segundo llegó el desplome: cansancio y debilidad extrema, náuseas en la primera mitad de la jornada, mareo «como borracho» y la decisión de no entrenar por miedo a un pico de hipoglucemia estando solo en casa.
El tercer día el hambre bajó a
6,5 y el cuadro mejoró —menos apetito, más cansancio—, lo que el propio interesado leyó como entrada en cetosis tras lo que llamó el «keto flu»: el agotamiento de las reservas de glucosa y el cambio de vía metabólica. Un detalle que apenas aparece en las guías: notó que le costaba hacer respiraciones profundas, como si su capacidad aeróbica se hubiera reducido a la mitad.
El cuarto día el hambre volvió a 8 y el cansancio tumbó cualquier plan. A las
96 horas, sostiene, estaba en cetosis sí o sí. Con poco tejido graso acumulado, sospecha que su cuerpo no quería tirar de reservas. Decidió parar.
¿Por qué el hambre no desaparece aunque estés en cetosis?
Porque entrar en cetosis no es un interruptor. El relato apunta a algo que la práctica del ayuno suele obviar: con poca grasa corporal, el organismo no tiene de dónde tirar y mantiene la señal de hambre. El propio interesado lo dejó escrito: tras 96 horas debería estar en cetosis y el apetito, en lugar de apagarse, era insoportable.
Hay otra lectura compatible. Sin adaptación previa, el cuerpo lleva cuatro días sufriendo un cambio de combustible que no ha entrenado. La calma que sí notó —cero estrés y cero ansiedad durante todo el ayuno, algo que atribuye a tener el estómago vacío— convivió con la debilidad. Tranquilidad mental y agotamiento físico pueden ir de la mano.
El día que rompió el ayuno: tres huevos no bastaron
A las 105 horas comió tres huevos fritos. Nada. Dos horas después, otros dos con mantequilla. El estómago
no se enteraba: ni saciedad ni aporte de energía. A las 18:00, tres huevos más y unas nueces. Igual. Por la noche, en el trabajo, pidió dos hamburguesas y al primer mordisco —antes de tragar— notó la salivación y un chute de energía superior al de los ocho huevos anteriores.
El diagnóstico casero fue inmediato: pan y ketchup. El azúcar. Al día siguiente arrancó una dieta carnívora estricta —carnes, pescados, casquería, huevos, mantequilla, quesos, frutos secos y aceite de oliva— con
5 kilos de carne comprados para tirar hasta final de mes.
Ayuno sí, pero con adaptación metabólica previa
Aquí la coincidencia entre los relatos es amplia. Lo que se repite es no pasar de la noche a la mañana de tres comidas a diez días de agua: primero adaptar el metabolismo a los cuerpos cetónicos con una
alimentación baja en hidratos y alta en grasas saludables y proteína; luego incorporar ayunos de 24, 48 y 72 horas; y, a partir de ahí, apoyarse en sales minerales.
Los registros personales van de 4 a 12 días, con un caso que asegura haber superado los 15. Uno de los patrones más citados es el ayuno intermitente con
ventana de 6 a 8 horas, sostenido durante un año, y el de quien come una sola vez al día desde hace tres. La advertencia común: romper el ayuno es más delicado que hacerlo, y conviene hacerlo con alimentos de digestión sencilla.
Riesgos: del hígado graso a la apendicitis
La crítica más dura llega desde el terreno metabólico: se sostiene que el ayuno eleva las acetonas y sus metabolitos tóxicos y que eso conduce a daño hepático, hígado graso y fibrosis. La afirmación choca con otras voces del mismo seguimiento, que recuerdan que el hígado graso no proviene de ayunar, y con la evidencia de quien lleva años con una sola comida diaria sin tomar medicación alguna.
El episodio más incómodo llegó meses después, cuando el protagonista anunció una apendicitis y su operación, con un mes de reposo y cero ejercicio. Él mismo descartó la relación con el ayuno, terminado tiempo atrás. En el mismo seguimiento se apuntó la hipótesis de que la falta de fibra de la dieta cetogénica hubiera podido alterar la microbiota y forzar al apéndice. Es una especulación sin pruebas: el propio interesado recordó que en su familia hay varios operados de apendicitis sin haber hecho nunca una dieta cetogénica.
El segundo intento: 72 horas sin mareos
Con la dieta cetogénica ya asentada, el mismo protagonista volvió a probar. Al tercer día iba «bastante fresco», sin mareos, náuseas ni fatiga, y lo atribuyó a dos cambios: había dejado el trabajo físico y su cuerpo ya estaba adaptado a tirar de grasa. Un tercer intento llegó a las 72 horas, aprovechando una baja por lesión cervical y sin apenas salir de casa.
La predicción, con reservas: el ayuno largo seguirá teniendo predicamento entre quien busca un atajo depurativo, pero este registro sugiere que la diferencia entre una experiencia tolerable y cuatro días de sufrimiento no está en la voluntad, sino en los meses previos de adaptación metabólica. Quien no los haya hecho, probablemente abandone antes de llegar a la cetosis.