Von der Leyen activa 800.000 millones para rearmar Europa
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, presentó este martes en Bruselas el plan «Rearme de Europa», una movilización de hasta
800.000 millones de euros en gasto militar repartida en cinco puntos. El diagnóstico oficial es contundente: «Vivimos tiempos peligrosos. Europa está amenazada de forma muy real». La amenaza que se invoca es Rusia, pero también la necesidad de sostener a Ucrania. El paquete combina un aumento «significativo» del gasto nacional con
150.000 millones en préstamos de la UE y la actuación del Banco Europeo de Inversiones.
La cifra no es nueva. Coincide casi al decimal con la que Mario Draghi puso sobre la mesa en su informe sobre competitividad, presentado un año antes, según señalaron algunos participantes del debate. Aquel documento hablaba de inversión y productividad; este habla de tanques. La coincidencia ha sido lo primero que ha saltado a la vista en los análisis más escépticos: el mismo dinero, el mismo volumen, otro envoltorio.
De dónde sale el dinero y quién lo paga
El plan se apoya en tres patas. La primera es el gasto nacional: cada Estado miembro eleva su presupuesto militar. La segunda son los
150.000 millones en préstamos comunitarios, dinero que se pide prestado y que alguien devolverá. La tercera es el BEI, que entra como brazo financiero para apalancar proyectos industriales.
La pregunta que recorre los análisis económicos es elemental: ¿se pide prestado o se imprime? No hay respuesta cerrada en el plan. Y esa ambigüedad, en un contexto de deuda pública elevada, es exactamente el tipo de silencio que luego se paga con inflación o con impuestos. Hay quien sostiene que la vía será deuda mutualizada; en contra pesa el argumento de que varios gobiernos del norte ya han puesto líneas rojas a cualquier eurobono de defensa.
El negocio: quién gana con el rearme
La industria armamentística europea lleva meses descontando el escenario. Rheinmetall, Indra y el resto del sector cotizan al alza desde que se filtraron los primeros borradores. Hay quien reconoce abiertamente haber entrado en Indra con un
35% de rentabilidad y estar esperando una corrección en Rheinmetall para ampliar posición. El rearme, antes que un debate estratégico, es una oportunidad de inversión.
El problema es el calendario industrial. Un proyecto armamentístico serio tarda
20 años desde la concepción hasta la salida de línea de producción, según un cálculo que circula en el foro. Los tanques que se diseñen hoy estarán operativos cuando la geopolítica que los justifica sea otra. Y mientras tanto, el dinero habrá cambiado de manos varias veces, con comisiones, intermediarios y contratos adjudicados por la vía de urgencia.
Lo que no se compra con 800.000 millones
La lista de lo que no se financia con ese dinero es la que más ha circulado: carreteras, hospitales, vivienda para jóvenes, I+D civil, control de fronteras. No es una elección entre defensa y bienestar en abstracto; es una asignación concreta de recursos escasos. Cada euro que va a un programa de misiles es un euro que no va a una línea de investigación o a un quirófano.
El argumento contrario es igual de sólido: sin seguridad no hay economía que proteger. La cuestión es si
800.000 millones compran seguridad real o compran principalmente contratos. La experiencia de los fondos de recuperación posteriores a la pandemia dejó un reguero de adjudicaciones opacas que todavía se investigan. Nadie garantiza que esta vez sea distinto.
El ejército europeo que no existe
El plan no crea un ejército europeo. Crea dinero para que cada país compre armas, muchas veces a proveedores estadounidenses, según sostienen algunos participantes del debate. Ese es el punto que más incomoda: se habla de autonomía estratégica mientras una parte sustancial del gasto acaba en la industria de Estados Unidos. La independencia se declama; la dependencia se compra.
A esto se suma la pregunta operativa. Si un país sufre una agresión, ¿puede defenderse sin permiso de Bruselas? ¿Se duplica el gasto manteniendo los ejércitos nacionales y añadiendo una estructura supranacional? El plan no lo aclara. Y lo que no se aclara en un plan de defensa suele resolverse después, con prisas y con facturas.
El giro político: de las piruletas al estado prebélico
El contraste con el discurso dominante de la última década es difícil de disimular. La misma estructura institucional que impulsó agendas climáticas, de género y de diversidad presenta ahora un plan de rearme masivo. El cambio de tono es tan brusco que ha dejado descolocados a propios y ajenos.
En el plano interno, la coalición de gobierno español afronta el asunto con fisuras. La vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, ha declarado que «no arreglamos nada por subir el presupuesto militar». Su espacio político se reunirá con el presidente del Gobierno para abordar el incremento. Los partidos que se resistían a enviar armas a Ucrania tendrán que explicar ahora su posición ante un plan que multiplica el gasto por varias veces.
Qué puede pasar ahora
El plan tiene que pasar por el filtro de los Estados miembros, y ahí empieza el verdadero debate. Los países del sur quieren que el gasto en defensa no compute en el déficit; los del norte quieren garantías de que el dinero se gestiona con control. La negociación puede durar meses y rebajar la cifra final.
La predicción más razonable, con las reservas propias de cualquier predicción en Bruselas, es que el volumen se mantenga en el papel y se ejecute a un ritmo muy inferior. Los planes de rearme europeos tienen un historial de anuncios grandilocuentes y entregas tardías. Este no tiene por qué ser la excepción. Lo que sí es seguro es que la factura, en forma de deuda o de impuestos, llegará antes que los tanques.