Von der Leyen anuncia una app europea de verificación de edad
Bruselas ha anunciado el lanzamiento de una aplicación europea de verificación de edad que, según el planteamiento difundido, exigirá subir un documento oficial —pasaporte o DNI— para validarse y será obligatoria para acceder a las redes sociales. La medida, presentada como protección de los menores, ha encendido las alarmas entre quienes ven en ella el primer paso hacia la identificación permanente de cualquier opinión vertida en internet. El anuncio llega con la promesa de que la app estará disponible para final de año en Android oficial y Apple, y con una coletilla que ha hecho saltar a más de uno: el código será abierto y auditable.
Técnicamente cierto, matizan los más suspicaces, pero solo en parte.
Qué implica identificarse con el DNI para usar redes sociales
El mecanismo, tal como se ha descrito en el debate, funcionaría así: el usuario se autentica contra un sistema centralizado que devuelve un token criptográfico que acredita que es mayor de una franja de edad. Sobre el papel, la web visitada no sabe quién eres. El problema, señalan análisis técnicos citados en el hilo, es que si ese token es personalizado, resulta cruzable. No por la plataforma, pero sí por el gobierno si este obliga a que todo acceso incluya el identificador de la persona.
Anonimizado para las webs, transparente para el Estado.
La comparación con el sistema actual no deja tranquilo a nadie: hoy los datos se cruzan contra la IP cuando un juez lo autoriza. Mañana el cruce sería inmediato y sin fricción. La diferencia no es de grado, es de naturaleza.
El código abierto que no despeja las dudas
Von der Leyen compareció para anunciar que la nueva app de verificación de edad de la UE es «completamente de código abierto» y que cualquiera puede revisar el código. La Comisión Europea publica efectivamente componentes centrales de la solución bajo el proyecto European Digital Identity Wallet en GitHub. Ahí está el matiz: el núcleo de la aplicación es auditable, pero la arquitectura completa —los servidores, la gestión de identidades, la trazabilidad— no se agota en ese repositorio. La media verdad de Bruselas, esa que obliga a desmenuzar cada palabra.
De la app de edad al control del relato
El salto lógico que muchos temen es el siguiente: si se controla el acceso a las redes, se controla lo que le llega a la población. Las redes son la nueva televisión, y plataformas como X son de los pocos espacios que aún plantan cara a la agenda oficial, según sostienen algunos participantes. Quien piense que esto no le afecta porque no usa redes sociales se equivoca: la secuencia natural que temen es la verificación de edad, después las VPN, después cualquier foro. El siguiente paso, avisan, es bloquear las conexiones cifradas desde los proveedores de internet.
La Comisión Europea que nadie vota
En el trasfondo del enfado hay un dato institucional que conviene recordar: los comisarios de la Comisión Europea no son elegidos por el Parlamento Europeo. Son designados por el Consejo Europeo, y el posterior proceso de ratificación parlamentaria es, en la práctica, un trámite. De ahí que la cantinela de «esta señora no la ha votado nadie» tenga un fundamento que va más allá del cabreo. En España tampoco se vota al presidente del Gobierno: se votan parlamentarios. La confusión entre consejos —el Europeo, el de la UE, el de Europa— no ayuda precisamente a que el ciudadano medio sepa quién decide qué.
Grecia ya estudia prohibir el anonimato en redes
El movimiento no es aislado. El gobierno griego, proeuropeo, ha planteado prohibir el anonimato en redes sociales para combatir la supuesta toxicidad, exigiendo a las plataformas que identifiquen cada cuenta. La secuencia es conocida: empieza uno y los demás se apuntan rápido. Si Grecia lo aprueba, el efecto contagio está servido.
Queda la pregunta incómoda: si millones de personas identificadas con su DNI decidieran mandar a la porra a los políticos a la vista de todos, ¿habría cárceles para tanto ciudadano? ¿O es precisamente eso lo que se pretende evitar?