Volkswagen cierra tres plantas en Alemania y pone en alerta a Martorell y Landaben
¿Qué pasa cuando el mayor fabricante de automóviles de Europa anuncia que se carga tres plantas y recorta decenas de miles de puestos de trabajo? Pues que el resto de la cadena empieza a hacer cuentas. Volkswagen ha comunicado al comité de empresa su plan de cierre de tres factorías en
Alemania y un ajuste de decenas de miles de empleos, según la información que abrió esta conversación. La noticia no es un accidente aislado: es la confirmación de que el modelo industrial europeo tiene un problema de costes que ya no se tapa con subvenciones.
La primera reacción fue de incredulidad. Tres plantas en Alemania es mucho. Y la segunda, de contagio: si el gigante alemán recorta, las plantas españolas —Martorell y Landaben— quedan mirando al tendido. El argumento que se repite es que el año próximo habrá despidos a nivel general en Europa. No es una predicción agorera: es la lectura de una cadena de montaje que ya venía avisando.
El problema no son los coches, son los precios
Hay un hilo argumental que recorre toda la discusión: Volkswagen no vende mal por falta de demanda, vende mal porque sus coches se han vuelto caros. Un Polo o un Ibiza a más de 20.000 euros, un Golf a precio de premium, un ID3 con freno de tambor por 40.000 euros. La queja es unánime: la marca abandonó el segmento barato y ahora compite con quien lo hace mejor y más barato. El mercado no premia la nostalgia.
La ironía se cuela sola. «Que suban más el precio de sus coches y solucionado», resume una de las intervenciones más votadas. Y no le falta razón: durante años la estrategia fue subir precio, recortar equipamiento y confiar en la inercia de la marca. La inercia se agotó.
China ya no compra, y Europa no perdona
El segundo bloque de análisis apunta a China. Hay quien sostiene que la mitad de las ventas de Volkswagen estaban allí. Cuando el mercado chino se volcó en el coche eléctrico, las marcas locales empezaron a dar sopas con honda a las europeas. El resultado es una capacidad industrial sobredimensionada en Alemania y una demanda que se ha desplomado. No es un problema de aranceles: es un problema de producto.
A esto se suma la regulación. La UE mantiene los objetivos de emisiones y las multas millonarias aunque la industria se hunda. Una parte del análisis sostiene que las normas medioambientales encarecen el coche y exprimen al fabricante; otra corriente responde que los chinos venden barato precisamente porque no cumplen la misma normativa. El choque de relatos es total.
El sindicato alemán juega con ventaja
Aquí viene el detalle que explica por qué el ajuste duele menos en Alemania que en España. IG Metall, el sindicato del metal alemán, tiene más de dos millones de afiliados y una práctica poco conocida: invierte las cuotas en acciones de las empresas donde está presente y los empleados le ceden los votos de sus acciones. Eso le permite sentar a uno de los suyos en el consejo de administración. Traducción: si hay que cerrar plantas, se cierran fuera de Alemania. Las dos españolas quedan en el aire.
El peso del sector en España no es menor. La automoción supone alrededor del 10% del PIB y, contando empleos directos, indirectos e inducidos, se acerca a los dos millones de trabajadores. Es una de las dos locomotoras junto al turismo. Si Alemania aprieta, aquí se nota.
La energía y el péndulo político
El trasfondo energético aparece en varios tramos. Hay quien sostiene que Europa volverá a comprar energía rusa cuando termine la guerra de Ucrania, con un tubo reparado y un precio nuevo. Otros responden que eso es un chiste: la infraestructura está dañada y la relación comercial, rota. Lo único claro es que el coste energético sigue siendo un lastre para la industria intensiva.
La lectura política también tiene su hueco. Se argumenta que el votante europeo priorizó el suicidio climático sobre la prosperidad y que ahora recoge el resultado. La conclusión que se repite es incómoda: no se puede exigir a la vez un montón de requisitos medioambientales y quejarse de los despidos. O lo uno o lo otro.
Qué pasa con Martorell y Landaben
La pregunta que sobrevuela todo es si las plantas españolas entran en el paquete. La respuesta honesta es que nadie lo sabe. El sindicato alemán peleará por mantener los puestos en casa y la empresa buscará los costes más bajos. España tiene una ventaja competitiva en costes laborales, pero también una desventaja en energía y logística. El resultado depende de la negociación, no del cariño.
Mientras tanto, el sector mira al próximo año con preocupación. Si el mayor fabricante de Europa recorta decenas de miles de empleos, el efecto dominó sobre proveedores, talleres y comarcas enteras es difícil de exagerar. Y no hay un plan B a la vista.
Al final, la conclusión más repetida es la más cínica: que suban más los precios, a ver si así se arregla.