Maduro, de la hiperinflación a la 'liberalización forzada': el experimento económico venezolano
Nicolás Maduro recibió en 2013 un país con deficiencias crónicas: alta criminalidad, economía rentista, dependencia extrema de EE.UU. en tecnología petrolera y un sistema democrático débil. Para 2025, tras un tsunami de sanciones –más de 1.100, según las cifras que se manejan– y un colapso productivo que llevó la inflación a cifras astronómicas, el relato oficial sostiene que se han ejecutado reformas estructurales que han estabilizado la economía. Pero ¿hasta qué punto es una transformación real y cuánto una supervivencia a base de parches?
La puerta de entrada de las criptomonedas
En 2018, con el Estado quebrado y la población en situación de hambruna, el gobierno lanzó el Petro, una stablecoin respaldada en petróleo que resultó un fracaso. Sin embargo, ese movimiento abrió la puerta a que criptomonedas como Bitcoin, Dogecoin, Dash y proyectos locales (Arepacoin, Onix, BolívarCoin) penetraran en la economía real. La Superintendencia Nacional de Criptoactivos se creó para regular un ecosistema que creció de forma orgánica, permitiendo a los venezolanos generar ingresos al margen del sistema financiero oficial. Fue, según se argumenta desde ciertos análisis, una solución buscada por la población y tolerada por el gobierno.
Liberalización económica a regañadientes
A partir de 2021, el gobierno inició una privatización masiva bajo el lema «confiar en el empresario privado», eliminando monopolios y liberando aranceles de importación. Se permitió a las empresas vender en cualquier moneda, sin restricciones cambiarias. Algunos analistas señalan que esto supuso una libertad económica mayor que la aplicada por Donald Trump o Javier Milei en sus respectivos países: mientras Trump imponía aranceles y Milei mantenía un dólar controlado, Maduro desreguló por completo el comercio exterior y el mercado de divisas. Sin embargo, esta apertura no vino acompañada de seguridad jurídica ni separación de poderes, lo que la convierte, para otros observadores, en una «liberalización de supervivencia» más que en una reforma de fondo.
El lastre externo y la respuesta de Irán
La presión internacional no cesó. La asistencia de Irán en 2020 para suministrar diluyentes y componentes para producir gasolina resultó crítica cuando la dependencia tecnológica de EE.UU. dejó al país sin combustible ni para ambulancias. Con la vuelta de Trump en 2025, las sanciones se endurecieron: secuestro de ciudadanos, asesinatos en lanchas acusados de narcotráfico sin pruebas, y el impago del petróleo suministrado. Europa, temerosa de represalias estadounidenses, evitó comprar crudo venezolano. En septiembre de 2025, Maduro declaró: «¿Hasta cuándo Europa se va a subordinar a lo que manden en Washington?» La economía, que depende del petróleo en un 90%, quedó al borde del colapso financiero.
¿Milagro o espejismo?
Los datos aportados indican que la criminalidad en Venezuela alcanzó en 2025 su nivel más bajo en 33 años. Y que el país logró cierta estabilidad macroeconómica tras la hiperinflación. Pero la estructura productiva sigue siendo monoexportadora y el 90% de los ingresos proviene del petróleo. Las reformas, según algunos, han sido forzadas por las circunstancias, no producto de una convicción liberal. Maduro aplicó el modelo chino de Deng Xiaoping: autoritarismo político con liberalismo económico. El resultado, a finales de 2025, era un país con menos violencia pero asfixiado por sanciones, un Estado que había perdido el control cambiario y una población que sobrevive en dólares y cripto.
La pregunta que queda sobre la mesa es si este experimento híbrido podía haber sido sostenible o si EE.UU., al bombardear y secuestrar a Maduro (según se ha reportado), cerró la única vía de autonomía que el chavismo había encontrado. El análisis, a la fecha de la discusión, se quedaba en esa encrucijada: un país que ofreció petróleo regalado para evitar más bombas, y un gobierno que, irónicamente, acabó siendo más 'liberal' que sus propios verdugos.