Alquilar o comprar: el cálculo que divide a los españoles
Hay una frase que se repite cada vez que alguien pone encima de la mesa el precio de la vivienda: alquilar es tirar el dinero. La discusión, que lleva años enquistada en los mentideros económicos, vuelve a la carga con un dato que descoloca: según un forero, quien lleva 16 años pagando un alquiler ha entregado a su casero unos 175.000 euros, y ahora se enfrenta a una subida que le deja la mensualidad en 1.200. Del otro lado, otro participante sostiene que quien compró en lo alto del ciclo tiene una vivienda que le costó 250.000 euros y que ahora le tasan en 100.000. Con estos mimbres, la pregunta no es si alquilar es tirar el dinero, sino quién está tirando el suyo y en qué dirección.
El cálculo que nadie hace antes de firmar
La primera trampa del debate es tratar la vivienda como una decisión binaria. No lo es. Un análisis que circula entre quienes siguen este asunto con calculadora en mano plantea el escenario opuesto al que domina la conversación: si en lugar de comprar un piso de 300.000 euros con una entrada de 30.000 y una hipoteca a 30 años, ahorras esos 300.000 euros y los inviertes al 6% anual, obtienes unos 1.250 euros netos al mes. Con eso pagas un alquiler de 800 euros y todavía te sobran 400. El problema, admiten incluso quienes defienden esta tesis, es que hace falta una cultura financiera que en España brilla por su ausencia.
El cálculo completo, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende a poco que se mire con calma. Porque la hipoteca no solo cuesta el precio de la casa: los intereses pueden añadir 200.000 euros al total si se firma en mal momento. A eso se suman comunidad, IBI, seguro y mantenimiento. La lista de gastos anuales que no desaparecen cuando dejas de pagar la hipoteca es más larga de lo que parece.
La trampa de los 100.000 euros
Quien defiende la compra a ultranza suele repetir un mantra: los primeros 100.000 euros son los que cuestan, luego la rueda rueda sola. El consejo incluye trabajar 500 horas al mes, vivir en casa de los padres y no pisar una terraza en una década. Es un plan que funciona sobre el papel y que se estrella contra la realidad de quien tiene 37 años, 20.000 euros ahorrados y un sueldo que no le da para más.
La crítica a este planteamiento es demoledora: se trata a la vivienda como una inversión cuando la primera casa no lo es. Se concentra todo el patrimonio en un activo poco diversificado, que se deteriora, que genera gastos y que en un escenario extremo no te puedes llevar a cuestas. Quien metió el mismo dinero en acciones de una multinacional tiene más diversificación y menos ataduras. La vivienda, además, es el activo más confiscable que existe.
El factor que nadie quiere mirar
Hay un elemento que atraviesa toda la discusión y que rara vez se pone en el centro: el mercado laboral. Un análisis recurrente sostiene que el tinglado inmobiliario español tiene que desmoronarse en algún momento porque los salarios no acompañan. La comparación histórica es brutal: en los años cincuenta una vivienda costaba el sueldo íntegro de un año; en los ochenta, cinco; ahora, veinte. Quien no tiene pareja, no hereda y no gana por encima de la media está condenado a compartir piso o a volver a casa de sus padres.
Frente a esto, la respuesta de quienes compraron en el ciclo bajo es simple: entre 2014 y 2017 se podía comprar bien. La fantasía de que esto siempre iba a estar jodido no se sostiene. El problema es que ese tren ya pasó y quien no lo cogió mira el andén con una mezcla de rabia y resignación.
La vejez como argumento final
Cuando el debate se agota, aparece el argumento que nadie rebate: la vejez. Llegar a la jubilación sin un techo propio es denigrante, dicen unos. Es como ser menor de edad toda la vida, añaden otros. Y no les falta razón: con una pensión que no sube al ritmo del alquiler, pagar 1.200 euros mensuales a los 75 años es una condena. Hay quien sostiene que los servicios sociales ya no alquilan a mayores vulnerables, y el que no tiene casa propia acaba en una habitación de mala muerte o en la residencia.
La contraargumentación existe, pero es débil: vivir de alquiler da libertad para cambiar de ciudad, para mudarte cuando el barrio se degrada, para no atarte a un país con un futuro negro. Es una libertad que se paga cara y que a partir de cierta edad se convierte en un lujo que nadie puede permitirse.
¿Cuántos de los que hoy defienden el alquiler con vehemencia seguirán pensando lo mismo cuando cumplan 70 años y el casero les suba la renta?