Analisis ¿Vivimos más que antes? (Artículo FPCS)

¿Vivimos más que antes? (Artículo FPCS)
RESUMEN

Sí, vivimos considerablemente más que hace un siglo, pero la idea de que estamos destinados a ser centenarios es un mito. La clave está en la supervivencia infantil y no tanto en alargar la vida máxima.

La creencia popular dice que antes la gente apenas llegaba a viejo, pero la realidad es un poco más compleja. Si echamos la vista atrás, a tiempos bíblicos, ya se hablaba de personas robustas que alcanzaban los 80 años. En la Antigua Grecia, figuras como Demócrito llegaron a los 90 y Platón a los 81. Hace 2.000 años, San Juan Evangelista murió con 94 y pensadores estoicos como Epicteto rondaban los 80. Incluso hace solo 500 años, en la Escuela de Salamanca, Juan de Mariana vivió 88 años y Martín de Azpilicueta alcanzó los 94. Y en la Inglaterra victoriana de 1855, la edad de fallecimiento más común, la moda estadística, era los 76 años.

Estos datos, que a menudo sorprenden, nos llevan a entender que el espectacular aumento de la esperanza de vida al nacer en los últimos cien años ha generado dos ideas erróneas muy extendidas. La primera es pensar que si la esperanza de vida al nacer era, por ejemplo, de 35 años a principios del siglo XX y hoy supera los 80, significa que la gente solía morir a los 35. Nada más lejos de la realidad.

La trampa de la esperanza de vida al nacer

La confusión surge al mezclar la esperanza de vida al nacer con la longevidad, que es la edad máxima que un ser humano puede alcanzar. La esperanza de vida es una media, un promedio de años que le quedan a una población para vivir a partir de una edad determinada. Por eso, siempre debe ir ligada a un punto de corte: esperanza de vida al nacer, a los 25, a los 65, a los 80, y así sucesivamente. El gran salto en la esperanza de vida al nacer se explica, en gran medida, por la drástica reducción de la mortalidad infantil y materna. Antes, muchos niños no llegaban a cumplir su primer año, y los partos eran mucho más peligrosos. Pero una vez que alguien superaba esas primeras etapas vulnerables, su esperanza de vida se acercaba más a la de las generaciones actuales.

El segundo error, y este es más filosófico y moderno, es creer que este aumento de la esperanza de vida nos lleva inexorablemente a ser todos centenarios. Esta idea se nutre del cientificismo imperante, que ve el progreso científico y médico como la cúspide de la civilización y confunde el deseo de eternidad espiritual con una ilusión de inmortalidad corporal. El hombre moderno, descreído y autosuficiente, ha cambiado el foco de la inmortalidad del alma a la del cuerpo, obsesionándose con la salud física en detrimento, quizás, de la espiritual. El asceta ha sido reemplazado por el vigoréxico, y no parece un gran avance.

¿Por qué las mujeres viven más?

Es un hecho conocido que la esperanza de vida al nacer de las mujeres es superior a la de los hombres, una diferencia que se mantiene en casi todos los tramos de edad. ¿La razón? Hay dos teorías principales. Una apunta a diferencias biológicas y hormonales. La otra, sin embargo, defiende que los hombres adoptan conductas más arriesgadas: beben y fuman más, o tienen comportamientos más temerarios al volante o practicando deportes. De hecho, los hombres mueren el doble que las mujeres en accidentes de tráfico.

Para intentar dilucidar cuál de estas teorías tiene más peso, se realizó un estudio muy interesante. Se buscó subsegmentos de la población donde los estilos de vida de hombres y mujeres fueran lo más parecidos posible. Así nació el Estudio de los claustros, que analizó las causas y edades de muerte de casi 17.000 religiosos católicos en monasterios de Alemania y Austria durante los últimos doscientos años. Las conclusiones fueron bastante claras: aunque las monjas vivían un poco más que los monjes, la diferencia se reducía considerablemente. Esto sugiere que, si bien hay un factor biológico, los factores conductuales son los principales responsables de las diferencias por sexo en la esperanza de vida.

La vida monástica y la longevidad

Pero el Estudio de los claustros no se quedó ahí. También demostró que la esperanza de vida de los religiosos a los 50 años era dos años superior a la de la población general. Si hablamos de esperanza de vida activa, sin limitaciones físicas, la ventaja de los religiosos se ampliaba hasta los tres años.

Algunos podrían pensar que la falta de fricciones con el sexo opuesto explica esta mayor longevidad, pero no es así. Las personas casadas, tanto hombres como mujeres, viven más que las solteras. La diferencia era algo mayor en los hombres. De hecho, en las últimas décadas, las monjas parecían vivir lo mismo que la población femenina general, pero la diferencia se mantenía en los monjes. Por razones aún no del todo claras, la tasa de mortalidad por cáncer entre los monjes era la mitad que entre los laicos, y la mortalidad por enfermedades cardiovasculares también era significativamente menor.

Aunque los factores de riesgo para estas enfermedades no se comprenden del todo, se puede especular sobre los motivos. Quizás sea la dieta, un menor consumo de tabaco y alcohol, una mayor exposición al aire libre en entornos rurales más limpios, el silencio, la falta de estrés provocado por las preocupaciones mundanas, una vida ordenada con ritmos más lentos, la convivencia en una comunidad estable, la vida virtuosa o la paz interior. Tanto monjes como monjas disfrutaban de esparcimiento, aunque de forma diferente: las monjas solían centrarse en la conversación y los monjes en el paseo.

Mitigando el entusiasmo: la realidad suiza y española

Volvamos a la pregunta inicial: ¿vivimos realmente mucho más que antes? Para responder con datos concretos, he recurrido a las estadísticas de Suiza, un país relativamente aislado y con una neutralidad que le ha protegido de las grandes guerras, además de un elevado nivel de vida que atenúa las distorsiones por pobreza, falta de higiene o escasez de alimentos.

Las tablas de mortalidad suizas muestran que hace un siglo la esperanza de vida al nacer era de 40 años; hoy es de 84. Pero si miramos más allá, los datos pierden espectacularidad. Un suizo que hace un siglo hubiera alcanzado los 65 años podía esperar vivir hasta los 76. Hoy, puede esperar vivir hasta los 87. ¿Y qué pasa con el suizo que hace un siglo llegó a los 80? Podía esperar vivir 5 años más. Hoy, puede esperar vivir 10 años más, una diferencia de solo 5 años en un siglo. Es lógico: cuanto más nos acercamos a la longevidad máxima, menor es la diferencia absoluta.

Suiza no es un caso aislado. En España, un anciano que a finales del siglo XIX hubiera cumplido 80 años podía esperar vivir hasta los 83. Un siglo más tarde, en 1999, podía esperar vivir hasta los 87, una diferencia de tan solo 4 años.

Para entender por qué estas diferencias me parecen escasas, recordemos el contexto de hace un siglo. Apenas existían antipiréticos (la Aspirina se comercializó en 1900), ni antibióticos. El DDT, que erradicó la malaria, aún no se había inventado, ni la vacunación estaba generalizada. Tampoco se conocía el peligro del tabaquismo, ni existían los avances en tratamientos cardiovasculares o técnicas quirúrgicas de hoy. Para colmo, a principios del siglo XX había muchos menos médicos por cada 1.000 habitantes; una ratio que en un siglo se ha multiplicado por más de 3 en Suiza y por más de 9 en España (aunque cabe preguntarse si esta hiperinflación médica ha sido un factor positivo o negativo en cuanto a esperanza de vida).

Estos datos, quizás, deberían invitarnos a contemplar con más sobriedad las supuestas ventajas de la medicalización obsesiva de nuestra sociedad. A la luz del Estudio de los claustros, deberíamos preguntarnos si nuestro estilo de vida realmente nos conduce a una vida más sana, e incluso si aquello que damos por sentado como garantía de salud realmente lo es. No olvidemos que los monjes modernos no siguen hábitos considerados saludables por la mayoría, y aun así, viven más. No se hacen chequeos anuales, ni duermen muchas horas en colchones ergonómicos. Aunque se mantienen físicamente activos, no hacen deporte ni se obsesionan con las últimas modas médicas o dietéticas. Simplemente, viven una vida enfocada en su sentido último, sobria, moderada, tranquila y ordenada. Y viven más.

Datos clave
  • La esperanza de vida al nacer en Suiza ha pasado de 40 años hace un siglo a 84 hoy.
  • En España, un anciano de 80 años hace un siglo esperaba vivir 3 años más; hoy, 4 años más.
  • El Estudio de los claustros analizó la vida de casi 17.000 religiosos en Alemania y Austria.
  • Hace un siglo, la Aspirina se comercializó en 1900.
  • La ratio de médicos por cada 1.000 habitantes se ha multiplicado por más de 9 en España en un siglo.
Fuente: fpcs.es
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