Media sandía a 7 euros: el precio que parte la cesta
Una sandía a más de 2 euros el kilo. Media pieza, siete euros. El dato, repetido en distintos comercios, ha encendido una discusión que va mucho más allá del puesto de fruta: por qué un producto que el año pasado se compraba por debajo de 3 euros el kilo cuesta ahora el doble o el triple. La respuesta corta es que estamos ante fruta temprana, fuera de plena temporada, con poca oferta y muchos costes acumulados. La respuesta larga tiene capas: subastas de primeras partidas, lluvias que han estropeado plantaciones, fertilizantes que se han triplicado y una cadena de distribución que nadie sabe exactamente cuánto se lleva.
Por qué una sandía cuesta el doble en mayo que en agosto
El primer malentendido es de calendario. Las sandías que llegan al lineal en primavera son
fruta temprana, de producción escasa y costes altos. Quien trabaja en el sector lo resume sin rodeos: las primeras piezas que entran en subasta suelen salir a precios que el consumidor no está acostumbrado a ver, y solo cuando arranca la producción masiva —finales de julio y agosto— el kilo se desploma. Esperar sandías a 0,50 euros en mayo es confundir temporada con capricho.
Hay quien sostiene que el problema no es el calendario sino la gestión de todo lo demás: gasoil, luz, fertilizantes. Y no le falta parte de razón. Los costes asociados a la cadena —transporte, cámaras frigoríficas, productos fitosanitarios— se han multiplicado, y eso se traslada al ticket final con independencia de quién gobierne.
La oferta que no llega: lluvias, patatas podridas y menos producción
El segundo factor es la oferta. Desde la distribución se advierte de que este año
no habrá ni la mitad de producción de sandías que en ejercicios anteriores: las lluvias de marzo y abril estropearon muchas plantaciones. El mismo patrón afecta a las patatas, que se han podrido en la tierra porque no podían arrancarse. Menos producto, misma demanda, precio arriba.
A eso se suma la competencia de origen. Parte de la sandía que se ve en el mercado procede de Marruecos y entra antes que la española, lo que ha generado malestar en organizaciones agrarias. La discusión sobre el origen se mezcla con la del precio y con la del modelo: importar temprano abarata el lineal en abril pero presiona al productor local.
El agricultor que no vende y el supermercado que no produce
La tercera capa es estructural. En el campo no hay relevo generacional, las cooperativas no se forman por generación espontánea y el producto perecedero no espera. Quien defiende al productor señala que el agricultor cultiva, no comercia, y que montar cámaras frigoríficas y logística propia está fuera de su alcance. Quien defiende al distribuidor responde que los supermercados tampoco van a asumir esa función gratis.
El resultado es un pulso conocido:
el margen se reparte en una cadena larga donde cada eslabón dice cobrar lo justo. Y mientras, en el lineal, media sandía a siete euros.
Qué pasa cuando el consumidor deja de comprar
La cuarta capa es la demanda. Hay constancia de devoluciones en caja al ver el ticket, de carros que se llenan de arroz y pasta, y de fruta que se queda en el expositor. Si el precio no baja, el ajuste se hace por cantidad: se compra menos, se compra peor, se espera a la temporada. El problema es que ese ajuste también llega al productor, que puede acabar exportando o dejando de cultivar.
La predicción, con reservas: si los costes energéticos no ceden, los precios de la fruta fuera de temporada no van a bajar por decreto. La sandía de agosto será barata porque habrá mucha. La de mayo seguirá siendo un lujo de ricos con antojo.
Datos clave del asunto: sandía a más de 2 euros el kilo; media pieza en torno a 7 euros; producción de sandías este año por debajo de la mitad de lo habitual según la distribución; patatas podridas en el campo por las lluvias de marzo y abril; fertilizantes y fitosanitarios triplicados.