La fabada pasa de 0,98 a 1,40 euros: el atraco no es solo de Mercadona
Un ticket de Alcampo de enero de 2022 sirve para medir lo que ha cambiado la cesta de la compra en tres años. La fabada de 440 gramos ha pasado de
0,98 a 1,40 euros; los callos, de 1,39 a 2,18. No es un caso aislado ni una cadena concreta: el mismo patrón aparece en Eroski, en Lidl, en Carrefour y en los supermercados de barrio. La subida media que se maneja en la conversación ronda el
25%, con picos que doblan el precio de partida. Y el fenómeno no se limita a la alimentación.
Qué ha subido y cuánto: los números del ticket
El desglose es elocuente. La fabada de 440 gramos sube un 43%. Los callos, un 57%. Los cacahuetes en Eroski pasan de 1,25 a 1,75 euros; el gazpacho, de 1,39 a 1,75. La avena que Carrefour incluyó en su cesta de 30 productos por 30 euros —con cartel promocional y bajada de IVA incluida— cuesta ahora 0,85 euros, un 30% más que los 0,65 de la campaña. El Cola Cao 100% cacao salta de 3 a 3,60 euros en tres días en un supermercado de barrio, y a 4 euros en Carrefour.
El patrón se repite en productos básicos. El zumo de manzana de brick en Mercadona se mantiene en 0,65 euros desde hace una década, mientras el resto de sabores han subido a 0,98. El pienso para perros baja de 20 a 18 kilos y sube de 13 a 18,15 euros. Las gominolas pasan de 1 a 1,15 euros con menos producto y peor sabor. El Nescafé, que costaba 3,99 euros al cambio del euro, ronda los 5,84 en la web de Alcampo.
Por qué sube todo a la vez: energía, márgenes y efecto imitación
El argumento más repetido apunta a los costes. Los márgenes de la distribución alimentaria son estrechos —por debajo del 3% en los productos de gran consumo—, de modo que una subida del 200% en la factura eléctrica o del gas de las fábricas se traslada casi íntegra al precio final. Los mercados de materias primas están inestables y algunas fábricas han recortado producción por falta de materiales. El aceite de girasol es el ejemplo más citado.
Hay una segunda capa que no aparece en los balances. Quien trabaja en una multinacional de distribución lo describe sin paños calientes: además de los costes reales, opera el
maricón el último. Todos suben precios y todos tienen excusa. ¿Va a ser el único que no lo haga? En paralelo, la propia empresa aprovecha la coyuntura para engordar su estructura de mandos intermedios con la excusa de la digitalización.
El consumo energético de una empresa concreta pasó de
340.000 euros en 2022 a 1,2 millones, según el dato que se comparte. Ese salto no se absorbe con recortes de margen. Se traslada.
¿Es solo Mercadona? El foco sobre una cadena concreta
Mercadona concentra las críticas por varias razones. Tiene poca variedad de producto, lo que hace más visible cualquier subida. Y arrastra una imagen política: fue la empresa más alineada con la agenda 2030 y quiso imponer el reconocimiento facial a sus clientes, un intento que fracasó. Eso la convierte en diana preferente.
Pero el foco exclusivo sobre Roig distorsiona el diagnóstico. Las subidas son generalizadas: Eroski, Lidl, Carrefour, Alcampo y los supermercados de barrio aplican el mismo patrón. La cesta de 30 productos por 30 euros que Carrefour lanzó con bombo mediático incluía artículos de un euro que compensaban los caros, y el cartel desapareció cuando la bajada de IVA se quedó corta. La campaña fue, en palabras de quien la sigue,
absurda.
El trasfondo: beneficios récord y consumo bajo mínimos
Las grandes distribuidoras y las energéticas presentan beneficios extraordinarios en el mismo periodo en que la cesta de la compra se encarece. Naturgy anunciaba beneficios de récord. Los bancos, también. La coincidencia alimenta la tesis del expolio: los suministros, los servicios bancarios y la alimentación están en manos de un puñado de operadores donde la competencia real no existe.
La respuesta de una parte del consumo es reducir al mínimo. Hay quien lleva desde marzo de 2020 comprando lo imprescindible y pagando en efectivo para no dejar comisión al banco. La estrategia tiene un límite: en muchos hogares ya no queda donde rascar. El gasto mensual en alimentación ha pasado de 120 a 150 euros en algunos casos, con recortes en restauración y ocio.
La previsión más repetida es que esto no ha terminado. Si los costes energéticos no bajan y la producción sigue tensionada, la cesta de la compra seguirá encareciéndose. Con reservas: nadie sabe cuánto de la subida actual es coste real y cuánto es oportunismo de un sector que, por primera vez en años, puede subir precios sin perder clientes.