Noruega apuesta por la estética vikinga en el Mundial: ¿orgullo o exclusión?
La selección noruega de fútbol ha desembarcado en el Mundial con una campaña de marcado carácter vikingo: una imagen generada por IA muestra a los jugadores llegando en un drakkar, las camisetas lucen inscripciones rúnicas y el equipo no cuenta con futbolistas de origen africano ni asiático. La aficción corea imitando el remo de los antiguos navegantes, en una escena que para unos es auténtico orgullo nacional y para otros, una provocación en tiempos de corrección política.
Una puesta en escena calculada
La campaña no ha pasado desapercibida. El empleo de runas, la ausencia de jugadores de distintas etnias en el once titular y la atmósfera homogénea del público han sido señalados como un ejercicio deliberado de identitarismo. Los responsables de la federación noruega no han hecho declaraciones, pero el mensaje es claro: la marca país se asocia a una herencia histórica concreta, sin concesiones a la diversidad multicultural que predomina en otras selecciones europeas.
Desde el punto de vista económico, la estrategia tiene lógica. Noruega posee uno de los fondos soberanos más grandes del mundo, financiado con los ingresos del petróleo y el gas. Con una población reducida y una renta per cápita altísima, el país nórdico puede permitirse un discurso identitario que en otras naciones sería inviable sin perder patrocinadores o audiencia global. Sin embargo, el debate subyacente es si ese modelo es sostenible a largo plazo, sobre todo cuando el precio del crudo fluctúa.
El contrapunto del fondo soberano
El mismo foro donde se discute la polémica vikinga también se pregunta: «¿qué será de Noruega cuando el precio del zumo de dinosaurio caiga por los suelos? ¿Tienen los fondos soberanos bien diversificados?». La pregunta no es menor. El Government Pension Fund Global (GPFG) supera el billón de dólares, pero está expuesto a los mercados de renta variable y a la transición energética. Si la estrategia de marca-país se apoya en una imagen excluyente, podría chocar con inversiones en empresas que promueven la diversidad, generando tensiones entre la identidad nacional y los intereses financieros.
Algunos análisis apuntan a que la selección de rugby de Sudáfrica, que ganó tres mundiales (1995 con once blancos, y los dos últimos con equipos mixtos), demuestra que la inclusión no está reñida con el éxito. Sin embargo, el fútbol noruego parece haber optado por el camino contrario: homogeneidad étnica como seña de identidad.
¿Racismo o tradición?
Las posturas están encontradas. Por un lado, se defiende que cada país tiene derecho a mitificar su pasado sin que ello sea considerado supremacista. Mongolia reivindica a Gengis Khan, Uzbekistán a Tamerlán, y Noruega a los vikingos. Se arguye que la crítica viene de quienes proyectan prejuicios y que la afición simplemente celebra su cultura. Por otro lado, se señala que la exclusión de jugadores y aficionados de distintos orígenes es un síntoma de un problema estructural: los vikingos reales eran saqueadores, no un modelo de convivencia, y convertir su estética en bandera puede ser una forma de nacionalismo excluyente.
El dato que descoloca: a pesar del revuelo, la imagen generada por IA y la coreografía de remos no han generado sanciones ni reprobaciones oficiales por parte de la FIFA. El silencio del organismo internacional se interpreta como un visto bueno tácito a la libertad de expresión cultural, siempre que no cruce líneas explícitas contra el racismo.