«No necesitaremos nada»: la abundancia que promete la cúpula tecnológica
¿Cuánto falta para que su puesto deje de existir? Menos de un lustro, según el relato que una directiva de una gran multinacional de informática con sede en Madrid trasladó a alguien de su entorno. En ese plazo, sostiene, los asistentes automáticos se habrán comido la atención al cliente, la generación y depurado de software funcionará sola y se quedará sin ocupación
el 80% de los ingenieros informáticos y perfiles asimilados. Transporte y mercancías, granjas completamente automatizadas, agricultura autónoma. El resultado sería una abundancia tal que
no necesitaremos nada.
La frase no es suya. Procede de la alta dirección de la empresa matriz y funciona como eslogan interno. Y ahí, en ese «no querremos poseer nada», es donde el relato se atasca.
Quién difunde la promesa de abundancia
El aval técnico que acompaña la versión es notable: experta en machine learning, primera autora de artículos con
casi 1.000 citas en Google Scholar y equipos a su cargo trabajando con modelos de lenguaje, técnicas LoRA y RLHF. Quien ha visto los prototipos reconoce que impresionan. Nada de eso convierte una previsión en un hecho, y la duda se instala justo ahí.
Buena parte del escepticismo no discute la tecnología, sino quién la cuenta. Se pregunta si un perfil de gestión ha programado algo en su vida más allá de las prácticas de la carrera. La credencial académica tapa a veces el desconocimiento de lo que ocurre en la trinchera del código.
¿De quién serán las viviendas que sigamos usando?
La promesa tiene un agujero contable. Si nadie va a poseer nada y a la vez vamos a seguir usando casas, trenes y hospitales, alguien tendrá la titularidad de esos bienes: el Estado, la empresa que automatiza o un fondo. La pregunta, formulada sin maldad, deja el eslogan en el aire.
El «no querremos poseer nada» funciona como lema, no como modelo. Describir la abundancia es fácil; repartirla exige decidir antes quién es el dueño del almacén. De esa aritmética nadie ha dicho una palabra.
Los que venden la IA y los que la usan para vender
Una corriente del sector sostiene que los directivos son precisamente los que menos entienden el negocio. Los últimos meses han dejado presentaciones superficiales hechas con herramientas generativas, despliegues caros de software que después nadie sabe usar y compras decididas por moda.
Estar a la última, vaya.
El resultado, dicen, es una carrera por eliminar plantilla antes de saber si la herramienta sustituye algo. La automatización llega; el entusiasmo por anunciarla, también. Lo que no llega es un plan para los que sobran.
El matiz de Sam Altman: ni comunismo de lujo ni reparto
El nombre que aparece cuando se busca doctrina es el de Sam Altman y su texto
Moore's Law for Everything. Allí no se promete un paraíso colectivo, sino un capitalismo sostenido por incentivos que evite la acumulación extrema sin renunciar al mercado. Es decir: seguir jugando al mercado, con otras reglas.
La diferencia importa. El eslogan de la cúpula suena a final de la escasez; el texto que lo inspira habla de incentivos y propiedad. Entre una cosa y la otra cabe un país entero de preguntas sin contestar.
Mientras tanto, el coche más barato cuesta 10.730 euros
Para comprobar si la abundancia está a la puerta, alguien propuso mirar el aparcamiento. Según las cifras que se citaron en el hilo, el
Dacia Sandero parte de 10.730 euros que, financiados, se quedan en 8.000; la versión Stepway arrancaba en 13.900 y una unidad equipada, en 18.000.
Sobre la energía, la explicación que se repite es histórica: la promesa nuclear de electricidad
demasiado barata para medirla se abandonó por motivos ambientales y el cartel petrolero se quedó con el mando del recurso más valioso. Sin energía barata no hay coches voladores, ni abundancia, ni nada que no se pague.
Matrix, 1984 y el chiste que resume el miedo
La conversación derivó hacia el imaginario: Skynet, Matrix, 1984 y un libro infantil chileno de hace 35 o 40 años, Ami el niño de las estrellas, donde se habla de mundos desarrollados y mundos salvajes. Un clásico para explicar que a este lado del tablero todavía no se juega con las mismas cartas.
La frase más repetida es un chiste negro que cabe en una línea: no necesitarás nada porque estarás muerto. Ni propiedad, ni deseo: la única versión verificable de la abundancia total es la que no obliga a comprar nada.
Con este panorama, la abundancia ya está aquí: cinco años de espera, cero propiedad y ningún deseo que satisfacer. Lo incómodo es que la cuota sigue llegando cada mes y el Sandero sigue costando 13.900 euros.