Viejos y desabrigados (Juan Carlos Girauta en El Debate)

Viejos y desabrigados (Juan Carlos Girauta en El Debate)
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

Juan Carlos Girauta sostiene en El Debate que la imagen de un matrimonio anciano en ropa interior durante los disturbios en Francia simboliza el final que los violentos desean para el país. El artículo critica la respuesta de Macron y Sánchez ante unas revueltas que, según él, mezclan islamismo y desorden callejero.

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Juan Carlos Girauta sostiene en El Debate que la imagen de un matrimonio anciano en ropa interior durante los disturbios en Francia simboliza el final que los violentos desean para el país. El artículo critica la respuesta de Macron y Sánchez ante unas revueltas que, según él, mezclan islamismo y desorden callejero.

El columnista Juan Carlos Girauta publicó el 20 de octubre de 2026 en El Debate un artículo titulado «Viejos y desnudos» sobre los disturbios que sacudieron Francia el sábado anterior. Su tesis es que la imagen de un matrimonio anciano en ropa interior, expuesto durante los saqueos, resume mejor que cualquier otra el deterioro del orden público que atribuye a una alianza entre islamismo y extrema izquierda. La foto, sostiene, no muestra solo violencia: muestra el trato que se reserva a los mayores cuando la civilización retrocede.

La foto que vale más que mil disturbios

Girauta asegura que ninguna de las imágenes de violencia callejera gratuita transmite lo que esa fotografía. La fuerza bruta, dice, comunica poco. Lo que impacta es ver a dos ancianos humillados en su propia casa, en ropa interior, mientras las bandas campan a sus anchas. El autor recuerda que, cuando había civilización, al anciano se le dispensaba un trato preferente o deferente. Los que arrasan ciudades y trituran el orden republicano, concluye, han dejado en esa foto el final que desean para Francia.

Macron, «inerme» ante la revuelta

El artículo arranca con una pregunta sobre Emmanuel Macron: según el propio presidente francés, los revoltosos «intentaron derribar la República». Girauta se pregunta si quiere pasar a la historia como el gobernante débil que no supo mantener el imperio de la ley. Rechaza que los estudiantes descontentos sean la causa real del deterioro educativo francés y apunta a los islamistas que retrata Alain Finkielkraut en *La identidad desdichada*. Recuerda también que los chalecos amarillos acosaron y amenazaron a Finkielkraut al poco de nacer el movimiento, con expresiones que el autor vincula irónicamente a la subida de los carburantes.

El precedente español en la frontera con Marruecos

Girauta compara la situación francesa con lo ocurrido antes en España. Allí, dos cuerpos con funciones similares, dependientes del mismo Ministerio, adoptaron posturas enfrentadas en la mismísima frontera con Marruecos ante una avalancha humana. Entraron unos cien mil y quedan veinte mil en suelo español, según su relato. Los que vestían un uniforme querían cumplir con la ley e impedir la violación masiva de la frontera; los del otro uniforme se impusieron y franquearon el paso a una masa que, afirma, incluía espías y militares de paisano.

La respuesta que el autor reclama

El columnista sostiene que la fuerza bruta se neutraliza con otra fuerza, legítima, y que antes de impedirla hay que prevenirla. Anuncia que pronto se acabará con la permanencia en Europa de extranjeros sobre los que pesa orden de expulsión. Advierte de que la violencia ciega dejará más víctimas y de que, si el Estado no actúa hasta el final, se encargarán otras fuerzas en principio no legítimas. Sin el Estado policía, que llama el Estado mínimo, se rompe el contrato. La ciudadanía, concluye, siempre se organiza allí donde el Estado falla y vuelve a fallar.

Datos clave
  • El artículo de Juan Carlos Girauta se publicó el 20 de octubre de 2026 en El Debate.
  • Según el texto, entraron unos cien mil personas por la frontera española con Marruecos y quedan veinte mil en suelo español.
  • La policía francesa quedó desbordada en 110 ciudades durante los disturbios del sábado.
  • Girauta cita a Alain Finkielkraut y su libro La identidad desdichada como referencia sobre el islamismo.
  • El autor califica a Macron de «inerme» y a Sánchez de «traje vacío» en su análisis de las revueltas.
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

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Viejos y desabrigados​

20/10/2026

Juan Carlos Girauta-El Debate
  • En Francia falló el sábado. Antes falló en España, donde dos cuerpos con funciones similares, dependientes del mismo Ministerio, adoptaron posturas enfrentadas en la mismísima frontera con Jovenlandia ante una avalancha humana
Según Macron, anteayer «intentaron derribar la República». Él sabe quiénes son y lo que se proponen. Sin embargo, se muestra impotente. ¿Quiere pasar a la historia como el débil gobernante que no supo mantener el imperio de la ley, o incluso el propio régimen? Lo de los estudiantes descontentos es una excusa. Los motivos reales del deterioro educativo francés deben buscarlos en sus compañeros de revuelta: los sarracinistas (ideología) que retrata en La identidad desdichada Alain Finkielkraut. El mismo pensador al que otra facción de los revolucionarios, los chalecos amarillos, rodeó, acosó y amenazó al poco de nacer el movimiento: «¡Sucio sionista de m…! ¡Vuelve a Tel Aviv! ¡Vas a morir!» Como ven, expresiones estrechamente relacionadas con la subida de los carburantes, que era entonces la causa que decían defender.

Los obsolescentes Macron y Sánchez ven ondear su querida bandera palestina en cada revuelta violenta. En París, con la contrariedad de un hombre paralizado que había llegado infundiendo confianza. En Madrid, con la complicidad de un traje vacío al que los revolucionarios usan mientras él los usa a ellos. Francia: saqueos en los comercios, edificios incendiados, bandas de embozados propinando caricia. Y la policía desbordada en 110 ciudades. Quedará una imagen, indeleble por su valor alegórico: un matrimonio anciano en ropa interior, la humillación de un continente viejo y de viejos. El escarnio. Cuando había civilización, al anciano se le dispensaba un trato preferente o deferente. Los que arrasan ciudades, los que están triturando el orden republicano, han dejado en esa foto el final que desean para Francia.

Eso no lo logra ninguna de las infinitas imágenes de violencia callejera gratuita. La fuerza bruta transmite poca cosa. Sabemos lo que hay que hacer: oponerle otra fuerza, legítima, capaz de neutralizarla. Y antes de impedirla, de prevenirla. Pronto se acabará con la permanencia en Europa de extranjeros sobre los que pesa orden de expulsión, y con otras anomalías. La violencia ciega dejará más víctimas, y el Estado actuará hasta el final. Si no, se encargarán otras fuerzas en principio no legítimas. Sin el Estado policía, que es el Estado mínimo, se rompe el contrato. Sí, la ciudadanía siempre se organiza allí donde el Estado falla y vuelve a fallar.

En Francia falló el sábado. Antes falló en España, donde dos cuerpos con funciones similares, dependientes del mismo Ministerio, adoptaron posturas enfrentadas en la mismísima frontera con Jovenlandia ante una avalancha humana. Entraron unos cien mil y quedan veinte mil en suelo español (que es de lo que se trataba). Los que vestían un uniforme querían cumplir con la ley y con su deber: impedir aquella abusa masiva de la frontera que provocó el conocido caos. Los que vestían el otro uniforme se impusieron y franquearon el paso a una masa que incluía espías y militares de paisano. Son muchos los que quieren a nuestra Europa vieja y desabrigada. Se aglutinan en el sarracinoizquierdismo. Hace mucho tiempo, parecían dos causas incompatibles. Sánchez está en el ajo. Macron está inerme.
 

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