El físico de Elon Musk a los 55 años: chepa, barriga y el mito del genio
Elon Musk tiene 55 años, 14 hijos y un papel cada vez más visible junto al poder estadounidense. Y, sobre todo, una chepa que medio internet acaba de descubrir. Lo que empezó como una broma sobre su cuerpo —«cuerpo Coca Cola» y comentarios sobre su chepa— ha escalado hasta convertirse en otra cosa: una discusión sobre inteligencia, mérito y sobre a quién le debemos respeto. El físico de
Elon Musk ha dejado de ser una anécdota para convertirse en un termómetro de algo más grande.
Un cuerpo normal a los 55 y por qué arde la discusión
El cuadro que describen algunos es casi de manual: hiperlordosis de pasar el día sentado, barriga cervecera, tetillas marcadas y ropa mal elegida. Es, vienen a decir, el cuerpo de un hombre de más de cincuenta que no ha hecho del gimnasio su religión. Uno de los argumentos más repetidos sostiene que, puesto en fila junto a otros hombres de su edad cogidos por la calle en un barrio humilde,
está mejor que la media. Otros recuerdan que estaba más delgado antes y que la chepa llegó con los años y con los proyectos.
La edad es el eje del asunto. A los 55, mantener a raya la báscula cuesta más que a los 30. Y si encima la cabeza va a mil revoluciones todo el día, el descuido físico se presenta casi como el precio a pagar por tener la sesera ocupada. Quienes salen en su defensa añaden que a esa edad hay mucha gente que no se levanta del sofá, y que él no para de viajar y de anunciar proyectos.
¿Tener razón exime de tener barriga?
Aquí se abre la grieta. Una corriente defiende que ser uno de los empresarios más influyentes del planeta no le hace inmune a la crítica: si su aspecto es criticable, lo es, y recordar que es un visionario no cambia nada, porque son asuntos distintos. Quien lo plantea así lo formula como una falacia de relevancia: apelar a su genio no desactiva la crítica.
Otra corriente responde que burlarse del físico de alguien por lo accesorio es la vía perezosa de desacreditarle, y que el mismo rasero no se aplica a según qué cuerpos. Nadie se pone de acuerdo, y ahí está lo interesante: lo que se discute no es una chepa, es qué se le puede exigir a quien manda.
De dónde viene el dinero: minas familiares y fortuna heredada
Una parte del análisis insiste en un punto incómodo para el relato del emprendedor hecho a sí mismo: la familia ya tenía dinero. Según los datos que se citan, el padre del magnate
adquirió en 1986 los derechos sobre la producción de tres minas de esmeraldas en Zambia, sin llegar a poseer las minas. De ahí se extrae un corolario más duro: que la inteligencia no es lo que hace rico a alguien. Se argumenta que para amasar una fortuna pesa más el estómago que el cociente intelectual, y que el talento rara vez basta sin un colchón detrás.
El contraargumento es simple. Musk no montó un negocio pequeño y lo vendió: construyó compañías que colocan satélites en órbita y venden coches en medio mundo. Que el punto de partida ayudara no borra el resultado. En el fondo, el debate sobre el origen del dinero es un debate sobre la meritocracia: cuánto de lo que llamamos talento es, en realidad, posición de salida.
Tesla, Starlink y el flanco político
Mientras unos discuten el físico, otros desmontan el modelo de negocio. Que si alguien cruza a diario de Murcia a Cartagena en un
Tesla sin gastar un euro en combustible. Que si los
Starlink se ponen en órbita con un cohete Falcon Heavy. Frente a eso, la crítica recuerda que buena parte del negocio depende de contratos públicos y de dinero que sale de los impuestos, y que el discurso de adelgazar el Estado choca con la realidad de una empresa que vive, en parte, del propio Estado. Su presencia junto a los principales responsables de la inteligencia artificial en la Casa Blanca tampoco ayuda a separar lo empresarial de lo político.
La sospecha hormonal
No falta la hipótesis de manual: que si lleva terapia de reemplazo hormonal, que si los cambios físicos no son solo cosa de la edad. Son conjeturas
sin ninguna prueba, del mismo tipo que las que atribuyen su aspecto a experimentos genéticos o a constructos de laboratorio. En el mejor de los casos, especulación de barra de bar con vocabulario clínico.
Lo que queda cuando se apaga la broma
Al final, la discusión se atasca justo donde debía empezar. Se debate si está gordo o solo mal fotografiado, si su coeficiente de
160 justifica la chepa, si el dinero heredado invalida el mérito. Nadie ha medido nada. Y el cuerpo sigue ahí, ajeno al ruido.