El cordón sanitario contra los misóginos se queda sin firmantes
Una propuesta para aislar a los misóginos de un espacio de discusión colectiva recibe un respaldo que, según los cálculos que se cruzan en la propia conversación, no llega a la
media docena. El punto de partida era sencillo: dejar de amplificar los mensajes que atacan a las mujeres por el hecho de serlo. El resultado, sin embargo, fue un rechazo masivo. No por las formas. Por el fondo.
¿Por qué nadie firma el cordón sanitario?
La primera réplica llegó en forma de advertencia: «te vas a quedar sola». Y se repitió, con otras palabras, hasta convertirse en el estribillo de la discusión. Hay quien cifra el coste de la medida en el
75 % del tráfico de la comunidad, una estimación que se lanza sin desglose pero que resume la sensación dominante: filtrar a los más ruidosos equivale a vaciar la sala.
Las horquillas para cuantificar el problema varían. Una parte sostiene que las tres cuartas partes de los participantes responden a ese perfil; otra se limita a constatar que la mayoría comparte ese criterio. La consecuencia práctica es idéntica: la lista se queda en un puñado de nombres y quien la impulsa aparece retratada como la excepción dentro de su propio espacio.
El filtro, en teoría, protege. En la práctica, aísla a quien lo aplica. Varios mensajes insisten en que la marginación no recae sobre los señalados, sino sobre quien señala. Es la paradoja clásica del cordón: se dibuja alrededor de algo y acaba rodeando a quien lo traza.
El eufemismo de «sanitario» que no convence a nadie
El vocabulario se convirtió en un frente propio. La expresión «cordón sanitario», importada de la salud pública, se discute tanto como la medida. «Más llamativo me resulta que a un concepto de rechazo, exclusión o arrinconamiento ideológico se le ponga el eufemismo de sanitario», resume una de las intervenciones.
La crítica no es baladí. En su origen, un cordón sanitario contiene un brote para proteger a la población. Aplicado a personas con ideas incómodas, el símil las convierte en un peligro contagioso y legitima su exclusión sin necesidad de rebatir argumentos. Quienes defienden la etiqueta replican que el aislamiento no pretende convencer al señalado, sino evitar que su mensaje gane alcance. Quienes la rechazan ven ahí precisamente el problema: se renuncia al debate y se gana, a cambio, una cámara de eco más pequeña.
Divorcios, coletas y búsqueda de atención: las explicaciones del fenómeno
El diagnóstico sobre el origen de la hostilidad ocupa buena parte del intercambio. Hay quien sostiene que muchos de esos ataques provienen de experiencias vitales recientes, de separaciones mal cerradas o de relaciones que acabaron mal, y que con el tiempo esas posturas se moderan. Es una tesis que aparece con insistencia y que sirve, de paso, para rebajar la etiqueta de misoginia a simple despecho pasajero.
Frente a esa lectura, otra corriente equipara el comportamiento a una forma torpe de llamar la atención. La comparación con quien tira de las coletas en el patio del colegio se repite: se molesta para que el otro repare en uno. No habría daño pretendido, sino una demanda mal gestionada de protagonismo.
Quién decide qué es misoginia
Una de las objeciones más curiosas pone el foco en la definición. ¿El filtro persigue el desprecio a la mujer por el hecho de serlo o cualquier otro tipo de rechazo? El matiz tiene su gracia etimológica: no es lo mismo la aversión al género que el desprecio por el cuerpo, y confundir ambos términos convertiría la lista en un cajón de sastre. Sin un criterio cerrado, advierten, el cordón acaba recortado a medida de quien lo maneja.
La libertad de expresión frente a la moderación de contenidos
El bloque más previsible del asunto es el choque entre censurar y aguantar. Una parte invoca la
libertad de expresión y se desmarca de cualquier lista: «Conmigo no cuentes». Otra defiende que la medida solo busca no amplificar un mensaje que considera de odio. La distinción, que en abstracto parece nítida, se enreda cuando la mayoría comparte el criterio del señalado.
Ahí asoma un problema mayor, el de las burbujas. Varios mensajes admiten que el espacio tiende a la homogeneidad: si casi todos piensan igual, filtrar a los discrepantes no protege la conversación, la estrecha. Y conduce a un callejón conocido: sin fricción no hay argumento, y sin argumento solo queda el coro.
Con las cifras sobre la mesa, la medida estrella de la moderación —aislar a los misóginos— termina por aislar a quien la propone. Un respaldo que ronda la media docena, un 75 % de tráfico en juego y una sala que dice pensar distinto. El punto donde el análisis se atasca es el de siempre: si la mayoría comparte el criterio que se quiere expulsar, no hay filtro que arregle el problema.