Boomers y bros: la guerra lingüística que nadie gana
Imagina la escena: un padre boomer saluda a la pareja de su hijo con un «qué pacha tronco, molas dabuten» mientras el joven, tatuado y con el pelo brócoli, piensa para sus adentros que preferiría que su padre cobrara 1.000 pavos por habitación en lugar de soltar esa antigualla. El choque generacional no es nuevo, pero la forma de verbalizarlo sí. Los boomers ridiculizan el «bro», «cringe» o «literal» de los zoomers, mientras estos revientan con el «diga melón», «nasti de plasti» o «me piro vampiro» de sus mayores. La pelea es simétrica: cada generación desprecia la jerga de la siguiente, y ambas coleccionan expresiones que, con el tiempo, parecen ridículas.
El ciclo infinito del ridículo lingüístico
Desde el «tronco» ochentero hasta el «bro» actual, el patrón se repite. Los que hoy tienen 50 años usaron «guay del Paraguay» o «efectiviwonder», y ahora se ríen del «facto» o «NPC» de los jóvenes. Pero la historia demuestra que todas esas jergas envejecen mal. Como señala alguna voz del debate, «el ridículo se perpetúa cíclicamente». Lo que a los 20 suena fresco y grupal, a los 40 suena a pose inmadura. La clave no está en qué jerga se usa, sino en el contexto: en serio o en confianza.
¿Pérdida de vocabulario o evolución natural?
Un argumento recurrente es que el manejo de vocabulario se ha reducido drásticamente, incluso entre universitarios. Quienes defienden esta tesis apuntan a que los jóvenes apenas usan 300 palabras distintas en su día a día, mientras que generaciones anteriores manejaban el doble. Sin embargo, frente a esto hay quien sostiene que el lenguaje siempre se renueva y que expresiones como «bro» son equivalentes funcionales del «tío» de los 90. La economía del lenguaje no implica empobrecimiento, sino adaptación a nuevos códigos.
El cierre lo pone un dato incómodo: cuando un cincuentón dice «me piro vampiro» no suena mejor que un veinteañero soltando «lit, bro». La diferencia es que el primero ya ha tenido tiempo de avergonzarse de su propia jerga. El segundo aún no. Y cuando lo haga, los que entonces sean jóvenes se reirán de la suya. El ciclo no se rompe: se hereda.