La vivienda entra en modo monotema: especulación, fondos y culpables
Si el problema de la vivienda se resolviera a base de titulares, España tendría ya el mayor parque público de Europa. La secuencia se repite estos días con precisión coreográfica:
especulación, fondos buitre, derecho a la vivienda, oligarcas. Las mismas palabras en tertulias, editoriales y comunicados institucionales. Un guion tan rodado que quienes lo siguen de cerca bromean con el palabro nuevo que tocará inventar la semana que viene.
La paradoja no está en lo que se dice, sino en lo que se omite. El diagnóstico dominante señala un culpable —el mercado, los inversores— y esquiva la lista incómoda:
décadas construyendo una fracción de lo que se necesita, una gestión del suelo que tarda años, un sistema de licencias de obra anquilosado. A eso se suma la falta de mano de obra cualificada, un coste de construir disparado y la porción que el Estado se lleva en cada operación vía IVA e ITP. Nada de eso cabe en un titular de tres líneas.
¿Por qué se habla de fondos buitre y no de la oferta?
Porque señalar a un culpable vende más que explicar por qué no se construye. Hay quien sostiene que el ruido sobre la demanda —especuladores, grandes tenedores— funciona como cortina de humo sobre la oferta: si el problema es de producción, la solución es lenta, cara y aburrida; si es de malvados, se arregla con una ley y una pancarta. En contra pesa que el fenómeno de los fondos tensiona de verdad el alquiler en barrios concretos. Ambas cosas pueden ser ciertas; el problema es que solo una ocupa todo el espacio.
La ley de vivienda y su efecto en Barcelona
La refriega política ha encontrado su munición. Ministros del Gobierno socialista han señalado al PP por no aplicar la
ley de vivienda, mientras desde el otro lado se responde que esa norma ha
hundido la oferta en Barcelona, ha expulsado a más jóvenes y ha multiplicado los contactos por anuncio. El cruce de reproches circula también en prensa internacional: un diario alemán de tendencia anticapitalista describe como «gobiernos conservadores o fascistas» a los ejecutivos de PP y Vox. El marco está servido antes de que aparezca una sola grúa.
El relato único y los asuntos que quedan fuera
La conversación se cierra sobre sí misma. Un análisis apunta que el discurso capitaliza el problema sin tocar su origen. Otros subrayan que todo se publica en el
Boletín Oficial del Estado —incluido un real decreto-ley que ha llamado la atención de más de uno— mientras la discusión de fondo sigue ausente. Y aparece una tesis más incómoda: que el
monotema de la vivienda sirve para tapar otros asuntos de actualidad, como los sucesos registrados en Ceuta.
Existe además un subgénero de baja calidad: el que atribuye las protestas por la vivienda a personas pagadas para simular que luchan contra el propio Gobierno. Se sostiene sin aportar prueba alguna, y convive con una hipótesis menos fantasiosa —colectivos organizados de inquilinos— que tampoco está confirmada.
El cierre que descoloca
Lo llamativo es que la propia crítica está
sincronizada. Unos denuncian el monotema y otros lo convierten, a su vez, en otro monotema.
Mientras tanto, en el mundo real, el suelo, las licencias y el IVA siguen ahí, esperando a que alguien los mire.
¿Y si el próximo palabro ya está escrito en algún grupo de mensajería?