Una palabra para describir la telebasura de la tele pública
¿Qué palabra usarías para describir una imagen concreta de la
televisión pública? La respuesta más repetida en un mismo espacio de discusión fue
«asco», seguida de un reguero de variantes que iban del vómito al esperpento. El ejercicio, aparentemente trivial, funcionó como termómetro de un cabreo más amplio: el de una audiencia que ve en ciertos formatos de entretenimiento un síntoma de degradación cultural y de mala gestión del dinero público. La consigna era clara: una sola palabra, sin explicaciones. Y la unanimidad fue casi total.
Qué se cuece en la televisión pública cuando nadie mira
El inventario de adjetivos que se acumuló en pocas horas es un pequeño tratado de sociología.
Vómito, repugnancia, decadencia, ridículo, cutre, grotesco, zafia, choni, mamarracha, circo, esperpento. Casi todos apuntan al mismo blanco: un tipo de contenido que se percibe como ruido, como relleno, como un espectáculo que no aporta nada y que sin embargo ocupa franjas enteras de la parrilla. La palabra
«botijo», en cambio, introdujo una variante más doméstica: la sensación de estar viendo algo anclado en un pasado que no vuelve.
El reproche no es solo estético. Varias intervenciones derivan hacia el dinero: se menciona el coste de mantener una estructura que produce ese tipo de espacios y se compara con lo que la misma audiencia paga por otros servicios.
Hay quien sostiene que el problema no es el entretenimiento en sí, sino quién lo financia y con qué criterio se decide qué se emite. En contra pesa el argumento de que la televisión pública cumple una función que el mercado no cubre, y que juzgarla por un solo formato es hacer trampa.
De la palabra suelta al juicio sobre el modelo
A medida que pasaban las horas, el ejercicio de una sola palabra se quedó corto y la conversación se desplazó hacia el modelo. Aparecieron referencias a la
«idiocracia», a la degradación del debate público y a la sensación de que ciertos personajes mediáticos se han convertido en el rostro de una época. La crítica más repetida no iba contra un presentador concreto, sino contra un sistema que premia el conflicto y la exhibición personal por encima de cualquier otro criterio.
También hubo quien introdujo el matiz político. Se lee que la televisión pública arrastra un sesgo y que ese sesgo se traduce en una programación determinada. Es la línea que sostiene que el problema no es de formatos, sino de quién decide.
La respuesta más común a ese argumento es que el mercado privado hace exactamente lo mismo, y que el pecado no es exclusivo de lo público. El resultado es un empate incómodo: nadie defiende el contenido, pero tampoco hay acuerdo sobre la causa.
El personaje que se cuela en todas las conversaciones
En medio del inventario de adjetivos apareció un nombre propio y una descripción física que no viene al caso repetir.
La conversación derivó hacia el aspecto de una colaboradora televisiva, con comentarios que varios participantes frenaron en seco. Es el momento en que el ejercicio de una palabra deja de ser un juego y se convierte en otra cosa: el mismo mecanismo que se critica en pantalla, reproducido en la barra del bar digital. La ironía se vuelve involuntaria.
El hilo, en cualquier caso, dejó un dato revelador:
la palabra más repetida no fue un insulto, sino «asco». Un término que no describe la imagen, sino la reacción. Y ahí está la clave de todo: el ejercicio no medía la televisión, medía a quien la ve.
Al final, la conclusión es la de siempre. Se puede cambiar de canal. Lo que no se puede cambiar es la sensación de que alguien, en algún despacho, sigue pensando que este es el camino.