Un foro debate la caída de audiencia de la televisión lineal
En un hilo de foro se afirma que en 2020, un jueves por la noche, 16 millones de personas veían la televisión en España. Según ese mismo cálculo que circula en el hilo, en 2021, con la vuelta al trabajo, la cifra cayó a 9 millones; en 2022, a 8; en 2023, a 7; y en 2024, a 6. Esos datos, presentados por un participante, dibujan una pendiente que no se ha revertido ni un solo año. Incluso descontando el efecto de la pandemia —aquel confinamiento que sentó a todo el país frente a la pantalla—, el descenso que se sostiene en el hilo es de casi
3 millones de espectadores en apenas cuatro ejercicios. La televisión lineal no se ha caído de golpe: se está desangrando.
¿Cuánta gente ve todavía la televisión en España?
La respuesta que da el hilo: menos que hace una década. Las noticias más vistas, las de Antena 3, reúnen a unos
2 millones de espectadores y representan el
22% del share en su franja, según se afirma en el debate. Eso implicaría que a las 15:00 hay alrededor de
8 millones de personas viendo la televisión en toda España. Una cifra que, comparada con los 20 o 25 millones que se manejaban en décadas anteriores, explicaría por sí sola el pánico de las cadenas.
El patrón que se describe en el hilo es conocido: o trabajabas o veías la tele. Ahora, ni lo uno ni lo otro. El ordenador, las plataformas y el móvil se han comido el prime time. Y no es solo cuestión de jóvenes: el espectador medio de la televisión generalista ha envejecido con el medio, y cada año que pasa se muere un tramo de esa audiencia sin que nadie lo reemplace.
El audímetro como sospechoso habitual
Hay una teoría que reaparece cada vez que se publican datos: el sistema de medición está obsoleto. El
audímetro, ese aparato instalado en unos pocos miles de hogares, sigue siendo la base de todo el mercado publicitario. Con televisión conectada a internet, los datos podrían medirse en tiempo real y con precisión quirúrgica. Que no se haga alimenta la sospecha, según algunos participantes, de que las cifras reales serían aún peores para las cadenas, y de que sostener la ficción de audiencias masivas es más rentable que publicar la verdad. La publicidad, al fin y al cabo, se paga por impacto estimado, no por impacto real.
La televisión como aparato ideológico
El otro gran argumento que recorre el hilo no es técnico, sino político. La programación informativa se percibe como un mecanismo de propaganda: solo malas noticias, polarización entre dos partidos, y una agenda temática que se repite en todas las cadenas con ligeros matices. El resultado, según esta lectura, es que el espectador que aún queda no busca información, busca compañía. La tele ya no compite con Netflix: compite con el silencio.
Y ahí está la paradoja que se apunta en el debate. Los canales que más critican las redes sociales son los que han visto cómo su audiencia migraba a ellas. El espectador no ha dejado de consumir contenido audiovisual: ha dejado de consumirlo en el sitio donde le obligaban a tragar anuncios, refritos y editoriales disfrazados de noticia.
YouTube, Twitch y el vídeo bajo demanda
La comparación es inevitable. Un canal de YouTube con dos personas, una mesa y una cámara puede superar en audiencia a un programa de televisión con platós, realización, maquillaje y una estructura de costes que se cuenta por decenas de miles de euros al día, según se sostiene en el hilo. La televisión no puede competir en agilidad, ni en libertad editorial, ni en coste. Solo le queda la inercia de una audiencia que la mantiene encendida por costumbre.
Hay quien sostiene que el espectador que se ha ido a internet no es más libre: consume más contenido, más rápido y peor filtrado. La diferencia es que ahora cree que elige. La televisión, al menos, se podía apagar.
La familia frente a la pantalla compartida
El declive de la televisión también cuenta una historia social. Hubo un tiempo en que la familia se sentaba junta a ver lo mismo. Eso se ha roto: cada miembro tiene su pantalla, su algoritmo y su horario. La televisión era el último ritual colectivo que quedaba en muchos hogares, y ha muerto sin que nadie le hiciera un funeral.
¿Se puede recuperar? Con estos datos, la pregunta no es si la televisión lineal sobrevivirá, sino cuánto tardará en desaparecer del todo.