Junts da por paradas las negociaciones y el reloj del 27-N no se detiene
El 27 de noviembre es la última fecha para constituir Gobierno y, a estas alturas del calendario, la negociación entre el PSOE y Junts se mueve en falso. Los independentistas han dado por
paradas —que no rotas— las conversaciones mientras los socialistas critican la acción judicial que mantiene a Carles Puigdemont en el punto de mira. No hay ruptura formal, pero el efecto práctico es idéntico: la investidura de Pedro Sánchez sigue colgando de un hilo. Nadie firma. Nadie se levanta de la mesa. Y los días pasan.
El anuncio de Junts y la respuesta del PSOE
La secuencia se repite con puntualidad de relojería. Junts comunica que suspende las conversaciones y el PSOE responde señalando la actuación judicial contra Puigdemont como el obstáculo de fondo. Los dos saben que el otro no puede levantarse de la mesa sin pagar un precio alto ante los suyos. Detrás del gesto hay una pelea de relato: si la amnistía se puede vender como una victoria histórica o como una rendición.
Ahí asoma una grieta que no es precisamente pequeña. Hay quien sostiene, dentro del propio espacio independentista, que una amnistía sin referéndum de por medio es una
bajada de pantalones y no una conquista. Si esa lectura gana peso, el acuerdo deja de ser un problema de números y pasa a ser un problema de supervivencia política para quien lo firme.
¿Cuánto margen hay antes del 27 de noviembre?
La fecha funciona como muro. Si no hay investidura antes, el escenario se abre a una repetición electoral que nadie quiere pero que todos contemplan. La aritmética ayuda a entender por qué nadie se mueve: según un recuento que se repite en el debate, la suma de PSOE y Sumar consiguió
26 diputados de 48 en juego, mientras los independentistas lograron
14.
Con esos mimbres, el cesto se teje solo. Hay quien sostiene que a la derecha le faltaron
cuatro votos para la mayoría absoluta, una distancia que en un clima de desgaste socialista y con el asunto de la amnistía instalado en el debate público no parece insalvable. Esa es, precisamente, la pesadilla que mantiene a la Moncloa negociando contra reloj.
¿Y las cuentas de los independentistas? Aquí las opiniones se parten. Hay quien apunta a que, con un PSOE en caída, sus escaños incluso mejorarían. El contraargumento es que el independentismo catalán llega desmovilizado y desmotivado, y que nunca volverá a estar en una posición tan ventajosa como la actual.
La amnistía y el escollo de los delitos de terrorismo
Uno de los nudos que más se repite tiene que ver con la naturaleza de los delitos a cubrir. Se argumenta que, si Puigdemont aparece vinculado a una imputación por terrorismo, la única forma de ampararlo sería una amnistía tan amplia que alcanzaría también a condenados por ese tipo de delitos, desde los relacionados con la banda terrorista ETA hasta los vinculados al yihadismo. Es una tesis que circula en el debate, formulada como consecuencia lógica y no como hecho consumado.
La consecuencia práctica es incómoda para el Gobierno. Cada día que pasa sin cerrar el acuerdo alarga la sensación de que la ley se adapta al imputado y no al revés, un desgaste que la oposición capitaliza sin necesidad de hacer gran cosa.
El coste económico del pulso
El frente financiero también asoma en las quinielas. Un participante en el debate sostiene, sin aportar pruebas, que las agencias de calificación ya habrían bendecido que España asuma parte de la deuda catalana, una operación que a su juicio es la verdadera factura del acuerdo y que se paga con más deuda pública y con el aval del contribuyente de cualquier comunidad.
En paralelo, circula en el debate la afirmación, sin desglose ni fuente, de que cada día sin acuerdo equivale a
1.000 millones más para alguien. La cifra se repite sin más apoyo y conviene tratarla como lo que es, una estimación gruesa.
Con la amnistía encallada, el calendario agotándose y dos partidos que se necesitan mutuamente, la única certeza es que ninguno quiere elecciones. A partir de ahí, el análisis se atasca: no hay manera de saber si la cuerda se rompe por exceso de tensión o simplemente por cansancio de los que la estiran.