Un millón de viviendas prometidas, 70.000 según el Gobierno
¿Cuántas viviendas caben en una promesa electoral? Un millón, si se atiende al anuncio de construir esa cifra de pisos en caso de llegar a la presidencia del Gobierno. Bastantes menos si se mira el cómputo oficial, que ronda las
70.000 unidades, y aún menos si se hace caso a quienes rebajan el cálculo por debajo de las 50.000. La cifra redonda ya circula por todas partes. La memoria económica y el calendario, de momento, no.
Qué se ha prometido y qué respaldo tiene
El anuncio llega en plena discusión sobre el acceso a la vivienda, y con dos objeciones ya sobre la mesa. Una: apenas unas semanas antes, la vivienda no figuraba entre las prioridades del programa electoral del candidato. Otra, más incómoda: si el plan es tan sólido, debería notarse en las comunidades autónomas donde su partido ya gobierna y donde, se sostiene, está en marcha desde hace tiempo. Nadie ha enseñado todavía el desglose territorial de ese avance. Tampoco un documento con partidas.
Del millón a los 70.000: por qué ninguna cifra cuadra
En el cruce de versiones aparecen al menos cuatro cifras de la misma magnitud y distinto origen. El millón del anuncio convive con los dos millones que algunos atribuyen al plan, con una versión que sube hasta los
seis millones y con las 70.000 viviendas que, según el cómputo oficial, se estarían levantando. La horquilla es tan amplia que cualquier debate sobre financiación, suelo o plazos queda en el aire. Un plan de esa envergadura exige suelo, licencias, mano de obra y crédito; nada de eso ha aparecido en el anuncio.
El precedente de 1982: 800.000 empleos sobre el papel
La comparación que más se repite es la de los
800.000 puestos de trabajo prometidos antes de las elecciones de 1982. Aquella cifra se convirtió en el ejemplo clásico de que un número de campaña no obliga a nada, y quienes ahora desconfían la usan como vara de medir: misma solemnidad, mismo auditorio, mismo olvido posterior. La diferencia, argumentan otros, es que entonces se prometía empleo y ahora se promete ladrillo, y el ladrillo al menos se ve.
Fronteras, deportaciones y el miedo a la corrupción
La promesa ha activado dos frentes que van más allá de la construcción. Por un lado, una parte del electorado condiciona su apoyo a que el plan se acompañe de un endurecimiento de la política migratoria, con cierre de fronteras y deportaciones masivas como receta para reducir la presión sobre la vivienda; otros rechazan ese atajo por su coste humano y por su dudosa eficacia sobre los precios. Por otro, hay quien avisa de que el remedio puede ser peor que la enfermedad: los grandes planes de suelo arrastran históricamente episodios de corrupción y promesas que terminan en descampado.
Un millón de viviendas, 800.000 empleos, 70.000 reales. La aritmética electoral nunca ha sido una ciencia exacta. La construcción, tampoco.