La represalia de Biden golpea objetivos iraníes en Iraq y Siria
La noche que se esperaba con más ruido acabó siendo una operación por fases.
Estados Unidos ha lanzado ataques contra objetivos iraníes en Iraq y Siria como respuesta al ataque con dron que mató a militares estadounidenses en una base del noreste de Jordania, y Joe Biden ha advertido de que la respuesta «continuará en los momentos y lugares que elijamos». Horas antes, desde Washington se había filtrado que sería una acción de «varios días» contra «múltiples objetivos», definidos como «muy deliberados».
Para quien mira esto con la calculadora en la mano, el dato relevante no es cuántas explosiones hubo, sino dónde se detiene la escalada. Y quedan tres preguntas sin cerrar: si el golpe se queda en las milicias o toca suelo iraní, qué ocurre con el tráfico del estrecho de Ormuz y cuánto de todo eso acaba en el surtidor.
Qué se sabe del ataque a la base de Estados Unidos en Jordania
El aparato que alcanzó la base era un dron iraní de tipo Shahed, según la información difundida tras el ataque. La explicación del fallo de detección es tan incómoda como simple: habría entrado en el mismo momento en que regresaba a la base otro aparato estadounidense, y la confusión sobre si era propio o ajeno retrasó la reacción. Sobre ese relato se ha montado media discusión, y no en el mejor sentido: hay quien lee ahí un montaje deliberado.
La otra mitad la puso la advertencia del Ejército de Irak: los bombardeos de Estados Unidos en su territorio tendrán «consecuencias imprevistas» y «repercusiones desastrosas» en la región. Por encima de todo queda el marco que resumió el secretario de Estado, Antony Blinken: la situación en Oriente Medio es la más peligrosa desde al menos
1973.
¿Atacará Estados Unidos a Irán o solo a sus milicias?
Ésa era la pregunta que ordenaba todas las quinielas antes de conocerse el resultado. El escenario blando consistía en golpear las bases de los grupos armados en Iraq y, eventualmente, en Siria. El duro, atacar directamente a Irán. La diferencia no es retórica: en el primer caso el episodio se presenta en el hilo como equivalente al ataque que el propio Irán lanzó días antes contra bases de grupos armados hostiles, un intercambio con reglas tácitas. En el segundo, el asunto se complica.
El análisis que más se repite sostiene que un golpe directo contra Irán abre una confrontación grave, sin llegar necesariamente a un conflicto mundial, mientras que limitarse a las milicias deja el capítulo en un toma y daca ya visto.
Ormuz, la gasolina y la cuenta que nadie quiere pagar
Aquí aparece la parte que toca el bolsillo. En una fase posterior del asunto, la presión se trasladó al estrecho de Ormuz: se instó a las potencias mundiales a enviar barcos de guerra para mantenerlo abierto y se prometió seguir bombardeando la costa iraní, según recogía
ABC. Un paso marítimo por el que circula buena parte del crudo del Golfo y que, si se atasca, no entiende de comunicados.
En el hilo asoma el escenario de una gasolina acercándose a los
3 euros el litro. La réplica escéptica tiene gracia: si al final se avisa a Irán con 48 horas de antelación y se lanzan dos proyectiles en un descampado sirio a 15 kilómetros de cualquier miliciano, el mercado se lo tomará como lo que es, un gesto. La prima de riesgo energética sube con cada titular, no con cada explosión.
El eje suní, China y el desgaste del orden unipolar
Hay una lectura menos ruidosa y bastante más incómoda para Occidente. Lo que blinda los intereses occidentales en la región no serían las bases militares, sino la fractura entre suníes y chiíes que Washington y Tel Aviv llevan décadas cultivando. Esa fractura se está agrietando: el espectro suní ha visto el juego tras lo ocurrido en Gaza, Irán se consolida como potencia regional y Arabia Saudí se acerca a China. Los países del Golfo ya lo van intuyendo.
De ahí la conclusión que se repite: una operación aérea no arregla nada de eso, y defender la posición occidental en la zona se convierte en una ocurrencia cara. La otra cara de la moneda es el desgaste del relato: si el adversario te desafía y no respondes en su casa, la etiqueta de gendarme mundial empieza a quedar grande.
La tesis del «false flag» que circula sin pruebas
Una parte del seguimiento interpreta la confusión entre drones como una puesta en escena deliberada. Conviene decirlo claro: no hay ninguna prueba que respalde esa versión, y la explicación oficial —dos aparatos coincidiendo en el mismo espacio aéreo— es la única documentada. El sospechosismo es gratis; la evidencia, no.
Lo mismo ocurre con el resto de teorías sobre quién mueve los hilos. Interesa enredar, se argumenta, y la inestabilidad controlada es negocio para algunos. Cuando se pide el nombre, la respuesta habitual es un gesto vago y una referencia a intereses difusos.
Con el calendario en la mano, la secuencia quedó así: anuncio de represalia, ejecución por fases en Iraq y Siria y advertencia desde Bagdad sobre lo que vendrá. Lo que no se cerró es lo de siempre. Nunca pasa nada hasta que pasa algo. Y cuando pasa, el que avisó sigue esperando su reconocimiento.