El País publica un artículo sobre las citas con café y las reacciones que generan
Hay un artículo que ha puesto patas arriba la conversación sobre el cortejo en España. El detonante no es una encuesta ni un informe del INE: es una pieza de opinión publicada en
El País sobre las llamadas
coffee dates —quedar a tomar un café en la primera cita— y la respuesta airada de una parte del público femenino que considera ese formato una tomadura de pelo. La discusión derivó hacia un terreno más áspero: la idea de que el tiempo de una mujer tiene un precio y que, por debajo de cierta cifra, no merece la pena ni sentarse a la mesa. En el extremo más citado del asunto aparece una cantidad concreta:
600 euros como umbral por debajo del cual algunas voces sostienen que no vale la pena quedar.
La cifra circula más como provocación que como tarifa real, pero ha bastado para que el asunto deje de ser una anécdota de redes y se convierta en un pequeño fenómeno de análisis económico. Porque de eso va la cosa, aunque se disfrace de guerra de sexos: de quién paga, cuánto y a cambio de qué.
Qué es una cita con café y por qué molesta
El formato es simple: en lugar de una cena de dos horas, un café de veinte minutos. Barato, rápido y fácil de abortar si la cosa no funciona. Para una parte de los hombres, es pura eficiencia. Para una parte de las mujeres, es una forma de decir «no me interesa lo suficiente como para invertir tiempo en ti». Y ahí empieza el choque.
La crítica que recoge el artículo no es que el café sea barato, sino que
el café es un mecanismo de evaluación rápida. El hombre propone café para ver si la mujer le gusta en persona antes de gastar dinero. La mujer lo interpreta como un examen del que puede salir mal parada sin haber tenido ocasión de mostrar nada. Hay quien sostiene que la cena era, en realidad, la única forma de que la otra parte se tomara la cita en serio.
El problema es que la alternativa tampoco convence. Si se propone cena, se acusa al hombre de querer comprar compañía. Si se propone vino, de querer emborrachar. Si se propone un plan sin alcohol, de ser un aburrido. Cualquier opción tiene su objeción preparada.
La factura de 600 euros y el mercado del cortejo
El asunto escaló cuando empezó a circular la idea de que una mujer puede
facturar su tiempo. La cifra que se repite es la de 600 euros, aunque nadie ha presentado una tarifa oficial ni un contrato. Se trata de una hipérbole que, como todas las hipérboles, funciona porque contiene una verdad incómoda: hay una parte del mercado de las citas que se ha monetizado.
El cálculo más optimista asume que la factura es una broma. El escenario pesimista parte de que no lo es y de que hay quien la defiende en serio. En medio queda una pregunta que nadie responde del todo: ¿cuándo una cita dejó de ser un intercambio social para convertirse en una transacción?
Hay quien apunta a un factor demográfico. A medida que se cumplen años, el peso del dinero en la elección de pareja crece. Y hay quien añade otro: la composición del mercado. En un contexto con fuerte presencia de población migrante, las reglas del juego cambian y el estatus económico pesa más que el físico.
Estatus, redes y la nueva moneda del ligue
El dinero ya no es el único marcador.
Los seguidores en redes sociales funcionan como nueva moneda de cambio. Tener 400.000 seguidores abre puertas que antes abría la cartera. El estatus se ha diversificado: ya no basta con ser rico, hay que ser visible.
Eso complica el análisis clásico. Si antes el hombre con dinero tenía ventaja, ahora compite con el hombre con audiencia. Y la mujer que factura su tiempo no está midiendo solo euros: está midiendo atención, proyección y capital social. La factura de 600 euros es, en el fondo, una forma de decir «mi tiempo vale más que tu café».
La respuesta masculina ha sido igual de pragmática. Si ellas facturan, ellos también. La idea de
enviar una contra-factura por el tiempo propio ha circulado como respuesta irónica, pero también como síntoma de que la conversación ha dejado de ser sobre afecto y ha pasado a ser sobre contabilidad.
El punto exacto donde el análisis se atasca
La discusión se ha quedado en un callejón sin salida. Unos sostienen que el
feminismo de mercado es una contradicción en sí misma: no se puede reivindicar igualdad y a la vez poner precio a la compañía. Otros responden que el precio no es una reivindicación, sino una defensa frente a la pérdida de tiempo.
Lo que no termina de cuadrar es la escala. Si el umbral son 600 euros, el mercado de las citas se ha vuelto inalcanzable para la mayoría. Y si es una broma, ¿por qué ha generado tantas respuestas airadas? La cifra sigue ahí, sin resolución, como un marcador de hasta dónde ha llegado la conversación.