La guerra nuclear de 30 días que nadie sabe de dónde sale
Hay una escena que se repite cada cierto tiempo en los mentideros digitales: alguien asegura que el fin del mundo tiene fecha, que las élites ya tienen su búnker reservado y que a ti solo te queda aplaudir con la banderita mientras llega el pepinazo. Esta vez el relato viene con un envoltorio nuevo: una entrevista en un canal de YouTube donde un militar retirado, al que se conoce como «el coronel», mezcla geopolítica con profecías marianas y deja caer que en menos de un mes podría desatarse una guerra mundial nuclear. El vídeo, según los propios participantes, tiene ya un mes de antigüedad. La profecía, como casi todas, no se ha cumplido. Pero el runrún sigue.
Lo llamativo no es la predicción. Es la reacción. En un contexto donde ya hay dos o tres avisperos abiertos y zumbando —Ucrania, Irán, el eterno polvorín de Oriente Próximo—, la gente que sigue estos temas no se cree el cuento. Lo disecciona. Y ahí empieza lo interesante.
El coronel, el maestro y la mezcla de geopolítica con profecías
El personaje central del relato es un militar retirado que ha convertido su canal en un espacio donde caben tanto el análisis de la situación en Ucrania como las supuestas revelaciones de un «maestro» al que trata con una reverencia casi litúrgica. La mezcla no es nueva, pero el envoltorio sí: se presenta como una suerte de síntesis entre el análisis estratégico y la profecía sagrada. Hay quien lo describe como «la entrevista más desafortunada del canal del coronel». Y hay quien va más allá: «El coronel a veces está demasiado ikerizado», señala un participante, en referencia a la deriva magufa de cierto periodista conocido por sus incursiones en lo paranormal.
El problema no es que el coronel tenga una opinión. El problema es que la envuelve en un aura de autoridad castrense que, aplicada a profecías marianas, produce un híbrido difícil de digerir. «Si Enrique tuviera medio siglo menos no le llamaría así, el respeto es por lo viejuno, no por lo iluminado de sus ocurrencias», apunta otro. La crítica no va contra la persona, sino contra el método: mezclar el prestigio de una carrera militar con el contenido de supuestas revelaciones privadas es una forma de prestidigitación intelectual.
¿Por qué se difunden estas predicciones si nadie las cree?
Porque el caldo de cultivo es fértil. La guerra de Ucrania sigue abierta, con frentes que se mueven y se estancan, y la sensación de que el conflicto puede escalar está en el aire. En ese contexto, cualquier profecía que ponga fecha al desastre encuentra un público receptivo, aunque sea para refutarla. «Cada día estamos más cerca y nadie lo quiere ver», escribe alguien. «Los nukes son para intimidar o como último recurso», matiza otro. La discusión no es sobre si habrá guerra nuclear, sino sobre si tiene sentido ponerle fecha.
El escepticismo, sin embargo, es mayoritario. «Menos magufadas, por favor», zanja un participante. «El vídeo es de hace un mes... otra profecía basada en alucinaciones esquizofrénicas que no se cumple, no me lo esperaba», ironiza otro. La referencia a las «alucinaciones esquizofrénicas» no es casual: en estos círculos se ha instalado la idea de que las profecías del fin del mundo llevan milenios fallando, y que algún día una acertará por pura casualidad. «Claro que algún día una acertará por pura casualidad», resume alguien con retranca.
El informe Deagle y los datos que se cuelan en la conversación
Entre tanta profecía, hay quien intenta aportar algo de sustancia. Un participante recupera el llamado Informe Deagle, un documento que circula desde hace años y que supuestamente predice colapsos económicos y demográficos a escala global. No se aportan cifras concretas en la discusión, pero el gesto es significativo: frente al relato profético, se busca un anclaje en datos, aunque sean datos de dudosa procedencia. Es la vieja tensión entre el apocalipsis revelado y el apocalipsis calculado.
La conversación también deriva hacia el terreno de lo práctico. «Si de verdad supiera que es cierto, fundiría mi Visa y mis ahorros para disfrutar al máximo antes de estirar la pata, pero como no ocurra estaría en un problemón», confiesa alguien. Es la lógica del que no se cree la profecía pero no puede evitar hacer el cálculo mental. Otro añade: «Es la incertidumbre lo que realmente me mata». Y un tercero sentencia: «Moriremos cienes y cienes de veces con dolor».
El fin del mundo como espectáculo y como excusa
No todo es angustia. Hay una veta de humor negro que recorre la conversación. «Que sea antes de la declaración de la renta, por favor», pide alguien. «Se agradece que sea dentro de un mes y respeten la Semana Santa», añade otro. «Pero si hay una guerra nuclear, ¿cuándo jugará el Betis?», pregunta un tercero. La ironía funciona como válvula de escape: si el mundo se va a acabar, al menos que no nos pille pagando impuestos.
También hay quien ve en el relato apocalíptico una excusa para el saqueo. «Quiero un Mad Max, quiero acabar con esta puta vida de remero esclavo, quiero hacer mi banda de motoristas, saquear y canibalizar y finalmente morir en una explosión épica y llegar a los atrios del Valhalla», escribe un participante, medio en broma medio en serio. La fantasía postapocalíptica tiene su público, y no es nuevo: el cine y la literatura llevan décadas explotándola.
En el fondo, late una crítica política. «Las élites dementes quieren una guerra y la van a hacer sí o sí. Y tú te jodes y te la aguantas, y de ser posible te haces el patriota y vas al búnker (nota: no hay para todos, solo para ellos), con una banderita y aplaudiendo», resume alguien. La desconfianza hacia el poder no es nueva, pero el marco apocalíptico la amplifica.
La guerra que nadie sabe quién empezó ni contra quién
Uno de los argumentos más repetidos es la falta de claridad sobre el conflicto mismo. «Debe ser la primera vez que nos tienen que avisar por televisión de que viene una guerra de la que nadie está enterado, ni la quiere, sin saber sus causas y razones, ni queda claro quién es el enemigo, ni en qué nos afecta», señala un participante. La crítica apunta a la opacidad del relato oficial y a la sensación de que las decisiones se toman en instancias inaccesibles.
Frente a eso, la profecía del coronel ofrece una narrativa cerrada: hay un plan, hay una fecha, hay unos culpables. Es la función clásica del pensamiento conspirativo: reducir la complejidad a un relato manejable. El problema es que ese relato, como todos los apocalipsis con fecha, caduca. Y cuando caduca, se sustituye por otro. «Lastima que lleven así desde 2017», recuerda alguien. La rueda sigue girando.
Al final, queda la sensación de que el verdadero tema no es la guerra nuclear, sino la necesidad de creer que alguien tiene el control, aunque sea para destruirnos. «No sé con qué armas se peleará la tercera guerra mundial, pero la cuarta será con palos y piedras», cita alguien, atribuyéndolo a Einstein. La frase, probablemente apócrifa, resume el absurdo: da igual quién la dijo, porque el mensaje es el mismo. El fin del mundo siempre está a la vuelta de la esquina, y siempre hay alguien dispuesto a ponerle fecha.