Un profesor de matemáticas abandona el aula tras 27 años de docencia
Álex Torío, profesor de Matemáticas en Barcelona, pidió una excedencia tras 27 años dando clase y cambió las aulas por la cocina de un restaurante. No se fue por hastío de la docencia, según explicó en la Cadena Cope: se fue porque se encontraba con jóvenes de 18 años que llegaban a Bachillerato sin saberse las tablas de multiplicar. Su caso no es una anécdota aislada, sino la punta de un malestar que atraviesa el sistema educativo español de arriba abajo.
El
I Barómetro EducAcción: Percepción del sistema educativo en España 2025, elaborado por Metroscopia con el apoyo de la Fundación Unicaja y promovido por la Cátedra de Educación de la UAM, dibuja un panorama incómodo: la mitad de los españoles considera que el sistema educativo funciona mal o muy mal y no espera que mejore en un futuro cercano. El dato que remata la faena es otro: nueve de cada diez ciudadanos no creen que los líderes políticos tengan ni la capacidad ni la voluntad de arreglarlo.
La sobreprotección como diagnóstico central
Torío sostiene que las aulas se han vaciado de exigencia y que los alumnos avanzan de curso en curso sin enfrentarse a una dificultad real. «Esta generación de cristal, tan sobreprotegidos, están engañados. Cuando intentan acceder a estudios superiores, descubren una realidad que se les ha escondido», señaló. La advertencia va más allá del aula: «Estamos construyendo una sociedad que nadie puede saber a dónde nos va a llevar».
Su tesis sobre el origen del problema tiene nombre y apellidos: una inercia, no mundial pero sí occidental, que «se disfraza con una especie de ciencia pedagógica que intenta justificarlo todo». El resultado, en su analogía, es una inflación de títulos: «Si das dinero a todo el mundo, al final el dinero vale menos. Pues lo mismo pasa con los títulos. Todo el mundo tiene la ESO».
¿Por qué nadie hace nada si todos los profesores lo ven?
El propio Torío reconoce que el diagnóstico es compartido en las salas de profesores, en los pasillos y en las guardias de patio. Lo que falta es quien mueva ficha: «Todo el mundo está cogido por el sistema. Todo el mundo tiene hipoteca, un coche, una familia...». Esa parálisis, sostiene, es la que ha permitido que la bajada de nivel se consolide sin resistencia.
La crítica apunta también a cómo se han gestionado las estadísticas. «España estaba en una posición muy baja en cuanto a éxito escolar en la obligatoria. ¿Qué hacemos? ¿Vamos a apretar el nivel? No, no, lo bajamos y así todo el mundo aprueba y la estadística se cumple, pero no se cumple el fondo de las cosas, solo es el maquillaje», argumenta.
El aula diversa y los recursos que no llegan
Torío aborda otro fenómeno creciente: la llegada de estudiantes extranjeros que se incorporan al curso que les corresponde por edad, con independencia de su nivel académico o lingüístico. «A veces viene gente sin ningún idioma: no hablan ni inglés, ni castellano ni catalán, y vienen a clase», explica. Pone un ejemplo concreto: alguien que llega de una zona rural de Pakistán, sin la ESO, y con 17 o 18 años acaba en cuarto.
Enseñar contenidos básicos, admite, «tampoco es tan difícil», pero es un caso particular que exige recursos y estrategias que el sistema no siempre proporciona. La diversidad en el aula es un reto real, no un eslogan.
El malestar docente: de la excedencia al «me siento y espero»
El caso de Torío destapa una queja más amplia. Hay docentes que describen un día a día en el que proponer un ejercicio y encontrar silencio absoluto se ha vuelto habitual. La respuesta de algunos es la retirada silenciosa: cumplir el expediente, poner un aprobado general y cobrar. Otros señalan que el sistema legal que regula la educación impide salirse del currículo, de los resultados de aprendizaje y de los criterios de evaluación, de modo que exigir más de lo permitido acarrea sanciones.
La culpa, según varias voces, no es solo política. Los padres aparecen en el centro del reproche: hay quien sostiene que una parte del profesorado ha abandonado la docencia harta de la presión familiar, y quien recuerda que un profesor exigente puede acabar señalado por las familias de sus alumnos. La ecuación se complica con la falta de autoridad en el aula y con episodios de agresiones que se saldan con expulsiones de un día.
El debate sobre las tablas de multiplicar y el nivel real
No todos compran el diagnóstico. Hay quien defiende que memorizar las tablas no es el objetivo del currículo y que lo importante en matemáticas son las abstracciones y las capacidades superiores. La contrarréplica es contundente: si se baja el listón para todos, se perjudica también a la minoría que sí podría aprender y aprovecharlo. Una sociedad sin una minoría formada acaba siendo, en palabras de quienes sostienen esta posición, un país de mierda.
El asunto de fondo es si el sistema educativo está diseñado para formar o para titular. Los datos del barómetro apuntan a que la ciudadanía ya ha decidido qué cree: ni funciona, ni va a mejorar, ni quienes podrían arreglarlo tienen intención de hacerlo.