Un forero afirma que el TEDAX evacuó un proyectil alojado en el recto de un paciente
Un usuario de un foro de internet ha afirmado que un servicio de urgencias hospitalario tuvo que movilizar a los artificieros del TEDAX para retirar y neutralizar un proyectil de artillería que un paciente llevaba alojado en el recto. Según su relato, el artefacto, descrito como un obús, obligó a evacuar la zona mientras se completaba la extracción. El mismo forero sostiene que no es un caso aislado: en los servicios de urgencias españoles la casuística de objetos introducidos por vía rectal es, según su experiencia, una constante que el personal sanitario conoce bien y de la que casi nunca se habla en público.
Qué se sabe del obús y por qué intervino el TEDAX
El dato central es ese: un
proyectil de artillería —no un objeto doméstico, no un consolador, no una pieza de fruta— dentro del cuerpo de una persona que, según el relato, llegó a un hospital. La presencia de un artefacto potencialmente explosivo activa un protocolo que no depende del criterio del médico de guardia: se avisa a las fuerzas de seguridad y son los técnicos en desactivación de explosivos quienes asumen el riesgo. La extracción se hace con el quirófano preparado y el personal a distancia.
La escena tiene una lógica fría. Un obús, aunque esté sin espoleta o se presuma inerte, no se manipula como se manipula una cuchara. El TEDAX lo trata como lo que es hasta que demuestra lo contrario. Eso significa tiempo, perímetro y una sala de urgencias convertida en escenario de operación técnica.
El catálogo de objetos que llegan a urgencias por vía rectal
El personal sanitario que ha relatado su experiencia en estos días describe un goteo constante.
Raro es el mes en que no aparece alguien con algo dentro que hay que sacar. Entre los casos citados: un
melón entero, una botella de cerveza de litro, un despertador de plástico cuadrado, un bote de cristal que acabó estallando dentro. La explicación que dio uno de los pacientes fue que se había caído sobre el objeto. Otro dijo lo mismo de la botella.
La lista no es folclore. Es una carga de trabajo recurrente para cirujanos y enfermeros, con su propio protocolo de extracción, su riesgo de perforación intestinal y su coste en quirófano. Y con un patrón que el personal subraya: la mayoría de los afectados no muestra vergüenza ni asume el ridículo. Reclaman que el sistema público les resuelva el problema y punto.
El otro frente: quemaduras y abrasiones en urgencias ginecológicas
No todo llega por vía rectal. El mismo personal describe consultas frecuentes de mujeres con irritaciones, abrasiones y quemaduras en la zona genital provocadas por aplicarse mentol, wasabi, guindilla o frotarse ortigas. Llegan sin saber qué les pasa y solo cuando el dolor es serio cuentan lo que se han hecho.
El patrón se repite: primero el experimento, después la urgencia, y en medio un sistema sanitario que atiende sin preguntar demasiado. Los profesionales consultados insisten en que no se trata de una práctica sexual concreta, sino de un uso imprudente de sustancias irritantes sobre mucosas que no están preparadas para soportarlas.
El perro, el fakir y otras escenas de guardia
Los relatos de primera mano incluyen también un caso en el que una mujer llegó en camilla con un perro enganchado, tapados ambos con una sábana, y otro de un fakir de circo con varios puñales en el estómago que casi no sale del trance. Son anécdotas que el personal usa para ilustrar un punto más serio: la consulta de urgencias funciona como termómetro de lo que pasa fuera del hospital.
Hay quien sostiene que estos episodios son una constante histórica y que lo único nuevo es que ahora se cuentan. En contra pesa el argumento de que la difusión de retos virales y la normalización de ciertas prácticas han multiplicado los casos. Los datos disponibles no permiten cerrar esa discusión.
Quién paga la fiesta y quién la reclama
El punto que más tensión genera no es el objeto, sino la factura. La sanidad pública asume la extracción, el quirófano, las pruebas de imagen y, en casos como el del obús, el despliegue de un equipo de artificieros. El paciente no paga nada extra por el capricho. Esa asimetría entre el coste social y la responsabilidad individual es la queja más repetida entre el personal sanitario.
La discusión de fondo es si un sistema universal debe cubrir sin condiciones conductas que generan un riesgo evitable y un gasto añadido. La respuesta oficial, hasta ahora, es que sí. La respuesta oficiosa de quien está en la puerta de urgencias es menos entusiasta.
El obús ya está fuera. El protocolo funcionó. Lo que sigue sin resolverse es la pregunta incómoda: si el sistema va a seguir pagando sin preguntar cada experimento que acaba en camilla, alguien tendrá que decidir en algún momento dónde está el límite. Y ese límite no lo va a fijar el TEDAX.