El enchufismo laboral se consolida: sin contactos no hay trabajo en España
En un mercado en el que las empresas aseguran que no encuentran candidatos, una parte creciente de la contratación sigue resolviéndose por una vía más antigua que el currículum: el contacto. La observación de un trabajador veterano según la cual “cada vez hay más enchufe laboral” ha reabierto la pregunta incómoda: ¿está el nepotismo sustituyendo a la meritocracia en la empresa española? Lo que se cuenta no es un caso aislado.
Sin contactos no hay ni entrevista
El primer dato que circula es contundente: de cada cuatro puestos de trabajo, tres se cubren con candidatos que llegan con referencias o vínculos personales, y solo uno se decide por el currículum. La casuística recogida en la conversación incluye a la sobrina de una responsable de calidad metida en un buen puesto, al hijo del vecino de un director de producción colocado en otro, y favores cruzados entre directivos de empresas del mismo sector: “tú metes a mi yerno y yo meto a tu nuera”. Hay quien sostiene que esto no es corrupción, sino pura gestión del riesgo: un empleado que avala a un conocido se juega su reputación, y eso filtra mejor que un papel. El contraargumento es que esa lógica convierte las plantillas en tribus familiares donde el que no es de la tribu “respira como si estuviera en Marte”.
El paro crónico como caldo de cultivo
Una de las explicaciones estructurales más repetidas es la asimetría entre oferta y demanda. Con más de 15 años de paro crónico elevado, la empresa no necesita buscar: tiene cola en la puerta. El seleccionador, ante una montaña de currículos, tira del atajo de preguntar a conocidos. Lo que desmonta el optimismo demográfico es el dato: hay aproximadamente la mitad de gente entre 25 y 35 años que entre 45 y 55, y aun así el enchufismo no se reduce. Menos jóvenes, mismo dedazo. La demografía no estaba corrigiendo nada.
De la fábrica de los 80 a la economía feudal
El repaso histórico divide opiniones. Por un lado, se recuerda que en los años 80, con la creación a chorro de universidades y departamentos, entraron promociones enteras por cercanía y oportunidad, sin pasar por una oposición que hoy sería exigente. Por otro, se señala que a partir de 2000 el fenómeno se degradó: gente mediocre empezó a aterrizar directamente en puestos de dirección, encargados y gerentes, sin pasar por la base. La lectura económica apunta a una deriva feudal: con impuestos que solo pueden sostener las empresas existentes y una financiación que en Europa controlan bancos que prestan solo a quien ya tiene dinero, el tejido productivo no se renueva y el empleado vale menos que su padrino.
El sector público no se libra
El nepotismo no es patrimonio de la empresa privada. Se citan clanes familiares en ayuntamientos —ocho enchufados de una misma familia y otros tres de otra—, contratos confeccionados a medida para la hija de un agente de policía local y bolsas de trabajo de instituciones públicas calificadas como “una broma insultante”. Incluso en las oposiciones, advierten, hay quien entra con ventaja. La diferencia entre el enchufe y la sucesión en la empresa familiar también asoma: meter a tu hija en tu pyme no es dedazo para muchos, es relevo generacional; meter a la esposa del de marketing en IT ya es otra cosa.
El coste que nadie paga en la nómina
Lo más caro del enchufismo no es la injusticia, es la productividad. Los colocados a dedo, dice la experiencia, “suelen ser vagos, inútiles e ineptos” y en cuanto la economía aprieta “hacen que todo se hunda más rápido”. Las empresas se convierten en cortijos de favores donde el mérito se negocia entre el comité de empresa y los delegados sindicales. Y mientras tanto, los que se presentan por la puerta legal ven cómo se les exige una carrera para los mismos puestos que otros ocupan sin la ESO. La pregunta no es si hay más enchufe que antes. Es si alguien está midiendo cuánto nos cuesta.