Cacas, meados y ladridos: la factura invisible de los perros
Con la
ley de bienestar animal ya implantada, la pregunta que ordena esta discusión no es cuántos perros hay en España, sino cuántos dueños incívicos hacen falta para degradar una calle entera. La respuesta que circula entre quienes lo sufren a diario es incómoda:
uno de cada veinte. El resto recoge, carga con la correa y, de paso, con la mirada torva de quien ya da por hecho que el de delante no va a limpiar nada.
El asunto tiene un patrón geográfico y otro de gestión. Tras un viaje a Galicia, la primera constatación no es que allí se recojan más excrementos, sino que
apenas se ven perros por la calle y el suelo está impecable. En Sevilla, el mismo paseo obliga a esquivar manchas y a mirar dónde se pisa. La comparación es inevitable y también tramposa: la lluvia, la frecuencia del baldeo y el presupuesto municipal entran en la ecuación.
¿Cuánta suciedad deja un dueño que no recoge?
Un perro hace del orden de
30 deposiciones al mes. Si su dueño pertenece al club de los que pasan de todo, esas treinta van directas a la acera, y treinta excrementos en una sola calle bastan para darle a un barrio un aspecto que no se arregla con una barredora. La cifra no es alarmismo: es aritmética elemental aplicada a una ciudad con miles de perros.
Los testimonios coinciden en los puntos negros. Puertas de colegios, entradas de parques infantiles, jardineras y esquinas. El peor detalle es el que combina edad y torpeza:
las personas mayores, que no ven bien el suelo, son las que acaban llevando el regalo a casa en la suela. Y el meado es otro capítulo: no hay bolsa que lo recoja. Los pivotes, los quicios y las esquinas de toda la vida están ennegrecidos, y hay quien culpa al ácido úrico del deterioro de farolas y elementos urbanos.
La defensa de los propietarios responsables es razonable y no siempre se escucha. Quien recoge, quien ha entrenado al animal para que orine en un trozo de tierra y quien lleva al perro con bozal tiene que aguantar las quejas y las miradas que generan otros. El reproche, dicen, se está dirigiendo al animal en lugar de al dueño.
Vigo limpia a diario: ¿por qué hay perros y se ve limpio?
La respuesta más citada viene de un informe de la
OCU que sitúa a Vigo como
tercera ciudad más limpia de España. Limpian y baldean todos los días, hay perros —bastantes— y el resultado aguanta. La conclusión que se extrae es que el volumen de animales no determina la suciedad: la determina la combinación de civismo, frecuencia de servicio y control.
Ahí está el nudo del asunto. Un servicio municipal más intensivo cuesta dinero y sale de las mismas arcas que todo lo demás. Quien defiende esa vía sostiene que es cuestión de prioridades presupuestarias. Quien la critica responde que ninguna partida de limpieza arregla a un vecino que no quiere doblar la espalda, y que en Galicia llueve más, lo cual también ayuda a que la calle parezca otra cosa.
¿Quién paga las molestias de los perros ajenos?
La propuesta que más veces reaparece es la de una
tasa anual por tener perro, al estilo de la que aseguran que existe en otros países europeos. El argumento es sencillo: si hay que construir pipicanes, hacer baldeos específicos y mantener parques de adiestramiento, que lo sufrague quien genera el gasto. Hoy, ese coste lo paga el conjunto de los contribuyentes, tengan perro o no.
En paralelo circulan soluciones técnicas más concretas. Existe una patente, la
WO2009103830A1, que describe un aseo público para perros con cubierta hidrofóbica y conexión al alcantarillado, y se ha inaugurado en España un baño público con urinario y fuente para perros. Bruselas cuenta con dispositivos similares desde hace años. La idea es quitar de la esquina lo que no se puede recoger con una bolsa.
Ladridos, razas potencialmente peligrosas y ruido vecinal
El segundo frente no tiene nada que ver con la limpieza. Son los ladridos, la convivencia en bloques donde varios pisos albergan varios perros, y los animales que se quedan solos todo el día, con la ventana abierta o en el balcón. Se describen episodios de vecinos despertados antes de las seis de la mañana por una jauría, y de comunidades donde el problema crece con cada alquiler nuevo.
En el capítulo de las razas potencialmente peligrosas, la queja es unánime entre quienes la plantean: los ejemplares sueltos y
con el bozal colgando. Se relatan incidentes con niños en distintos barrios y se reprocha la pasividad de la inspección. Nada de esto convierte el asunto en un problema de seguridad generalizado, pero sí explica por qué una parte del vecindario ha dejado de ver al perro como algo neutro.
Hay una lectura demográfica que sobrevuela toda la conversación: el perro como sustituto del hijo, el gasto en pienso donde antes había guardería, la moda como explicación de la tendencia. Encaja con la percepción, extendida tras la entrada en vigor de la
ley de bienestar animal, de que hay menos perros y más de raza, aunque nadie ha traído un censo que lo confirme.
Ahí se atasca el análisis. Si el problema es el civismo, no hay norma que lo resuelva sin inspección. Si el problema es el presupuesto, Vigo lo desmiente. Si el problema es el número de animales, entonces habría que explicar por qué la calle gallega está limpia con perros y la andaluza no. Nadie ha cerrado la ecuación, y quien pise la acera seguirá mirando al suelo.