Junts amaga con romper con Sánchez y nadie se cree que lo haga
La noticia saltó con el sello de última hora: José Luis Rodríguez Zapatero no habría convencido a Junts y Carles Puigdemont apostaría por romper con Pedro Sánchez. La fecha señalada, eso sí, era la de siempre: mañana. Un anuncio que, leído en frío, tiene la misma solidez que una promesa electoral en agosto. Porque el partido de Waterloo lleva años amagando con el portazo y, hasta la fecha, el único movimiento verificable ha sido el de seguir cobrando.
El escepticismo no es cinismo gratuito. Es aritmética parlamentaria.
Puigdemont sin Sánchez está perdido, y Sánchez sin Puigdemont también. La relación es de dependencia mutua, y ese equilibrio explica por qué cada amenaza de ruptura acaba en una comisión bilateral, un observatorio o cualquier artilugio administrativo que permita a ambos bandos decir que han ganado algo.
Qué gana Junts con la amenaza de ruptura
El cálculo interno del partido tiene menos que ver con Madrid que con su propio feudo.
Alianza Catalana les está comiendo terreno por la derecha, y varios alcaldes de Junts llevan meses reclamando endurecer el discurso en materia de inmigración porque temen perder miles de votos en las municipales. Traducido: la ruptura no sería un gesto de dignidad, sino un movimiento defensivo para frenar la sangría electoral.
Hay quien sostiene que el independentismo sabe perfectamente que el PSOE es su cajero automático y que nadie en su sano juicio renuncia a eso. En contra pesa el argumento de que, si no hacen nada, el partido se diluye igual. La diferencia es que una cosa es diluirse con nómina y otra sin ella.
El factor Zapatero y la comisión bilateral
Que la figura encargada de mediar sea un expresidente del Gobierno dice bastante del nivel de la negociación.
Zapatero no habría logrado cerrar el acuerdo, lo que deja a Puigdemont con la pelota en su tejado y la excusa perfecta para seguir dilatando. La salida más probable, según la experiencia acumulada, es una nueva comisión bilateral: el mecanismo que permite anunciar una ruptura y, acto seguido, seguir sentado en la misma mesa.
La ironía es que el calendario juega a favor del inmovilismo.
Quedan alrededor de 22 meses de legislatura, y quien tiene un puesto en una comisión, un observatorio o una asesoría no suele renunciar a él antes de tiempo. El ciclo electoral se apurará hasta el último día, con nóminas incluidas.
Qué pasa si Junts rompe de verdad
La pregunta interesante no es si rompe, sino qué haría después.
Una moción de censura junto al PP y Vox es impensable para su electorado, y un acuerdo puntual para sacar cualquier ley adelante seguiría siendo extorsión con otro nombre. Es decir: romper sin consecuencias reales es perfectamente compatible con seguir cobrando por no romper.
El escenario que más se repite en los análisis es el de la ruptura de escaparate: unos días de tensión, titulares, quizá una rueda de prensa desde Bélgica, y vuelta a empezar.
El que apuesta por irse pero no se va es un parguela, resume una de las sentencias más repetidas del asunto.
El dato que descoloca no es político, es contable. Junts no se juega solo escaños: se juega
miles de puestos de asesores, comisiones y observatorios que dependen de seguir siendo bisagra. Con ese panorama, la ruptura más probable es la que se anuncia hoy para mañana y se desmiente pasado mañana.