El BCE encarece el crédito y el ahorrador sigue esperando su parte
El Banco Central Europeo ha vuelto a subir los tipos y ha certificado el final de la era del dinero regalado. El relato oficial es que la medida combate la inflación. El resultado inmediato, en cambio, es asimétrico: quien debe dinero paga más desde ya; quien lo tiene ahorrado sigue cobrando casi nada por prestarlo. Con el euríbor por encima del 3,1% y los depósitos a la vista pagando telarañas, la banca se queda con el diferencial sin apenas esfuerzo. La pregunta que sobrevuela el mercado no es si los tipos han subido, sino a quién le pasa la factura.
Depósitos: la remuneración que no llega
Mientras el precio del dinero sube en Fráncfort, la remuneración del ahorro español se queda atrás. Para encontrar intereses decentes hay que salir de la banca tradicional: cuentas de neobancos que en cinco días igualan el tipo oficial con un 2,5%, o productos extranjeros. La cuenta naranja de ING, uno de los ejemplos de manual, sigue anclada en el 1%. Existen alternativas, como los fondos monetarios ligados al €STR —que se movía en el 2,189%—, pero exigen levantarse del sofá.
El argumento del banco de siempre es que tiene liquidez de sobra y no necesita pagar por captarla. Traducido: el ahorrador financia gratis mientras la inflación le recorta el poder de compra. De nada sirve un plazo fijo al 4% si los precios corren al 7%. La subida de tipos, en teoría un premio al que ahorra, se convierte en muchos casos en una pérdida silenciosa.
Hipotecas: el euríbor ya hizo el trabajo sucio
El euríbor llevaba meses adelantándose al banco central. Por encima del 3,1%, encarece las cuotas de las hipotecas variables firmadas años atrás. Las nuevas llegan con condiciones más duras: los bancos endurecen los criterios de concesión y cada vez dicen más veces que no. Quien firmó a tipo fijo en la época del euríbor negativo, hoy un espejismo, está de enhorabuena y lo sabe. Quien va a firmar ahora se lo piensa dos veces. El crédito se encarece justo cuando más se pedía.
Vivienda: el precio que se resiste
¿Bajarán los precios? Nadie se atreve a firmarlo. Sobre el papel, encarecer el crédito debería enfriar la demanda y, con ella, los precios. En los hechos, el mercado inmobiliario lleva años sin comportarse como un libro de texto. Pesan la exigencia de los bancos, la competencia de compradores con capital propio —extranjeros incluidos— y una oferta que no crece. Un dato que corre por los análisis: el 70% de los europeos no podría pagar un piso de 75 m² en su zona con una hipoteca a 30 años. El crédito caro deja fuera al que necesita financiación, no al que paga a tocateja.
Deuda pública: el otro contribuyente en apuros
La presión sobre las cuentas públicas es la cara que menos se comenta. Con la factura de intereses de la deuda subiendo, hay quien sostiene que los tipos altos son el único instrumento capaz de forzar a los Estados a ajustar —una pensión no contributiva ronda los 628,80 euros al mes en 14 pagas, y ahí es donde algunos apuntan—. Desde la óptica austriaca, encarecer el crédito en una economía debilitada agrava la distorsión del capital. Desde la lógica neokeynesiana, se trata de evitar los efectos de segunda ronda. Las dos lecturas chocan y ninguna se ha impuesto.
El dinero barato se acaba. Lo que no está nada claro es quién carga con la transición: el deudor que ve subir su cuota, el ahorrador que ve diluirse su saldo o el contribuyente que sostiene la deuda. ¿Y si el problema no fuera que el dinero se encarece, sino que nunca volvió a repartirse?