La vida no es una mierda: es tu forma de pensar
Hay una tesis que recorre este asunto de arriba abajo y que, formulada en crudo, suena a provocación de barra de bar: el sufrimiento no viene del mundo, viene de la interpretación que hacemos de él. Quien la sostiene lo lleva hasta el final: las emociones desagradables serían el fruto de una disonancia mental con lo que es y con uno mismo, una desarmonía con el universo que acaba teniendo consecuencias físicas de todo tipo. La forma de pensar, sostiene, no se queda en la cabeza: se cobra factura en el cuerpo.
De ahí sale la primera derivada incómoda. Si todo es interpretación, ¿qué pasa con el bien y el mal? La respuesta que se da en el arranque es que existen, pero no donde muchos los buscan: no en un dios externo, ni en demiurgos, ni en entidades malévolas a las que culpar, sino como nociones que uno adopta para navegar por su propio ser.
Libre albedrío siempre, dice el planteamiento. Y con él, la responsabilidad de vivir las consecuencias de lo que uno piensa y hace.
El relativismo moral y su factura
La cosa se tensa cuando alguien lleva el argumento a su extremo lógico y lo devuelve como un espejo: si no existe el mal, debería parecerte estupendo que violen y asesinen niños; si ves algo malo en ello, el mal está en ti. La ironía es demoledora y obliga a los defensores del relativismo a matizar. Y matizan: se argumenta que no existen bien ni mal universales, solo perspectivas, y que desde un punto de vista cosmológico todo lo malo que le suceda a la humanidad podría ser bueno para el universo, al que en el fondo le importamos una mierda. Nada importa; somos nosotros la disonancia que considera que todo importa, y ese sería nuestro castigo por existir.
Frente a eso se alza una objeción que no se deja envolver:
cortar a un inocente bebé con una motosierra está objetivamente mal bajo cualquier prisma moral. Quien la formula no se queda ahí y añade el contraste que desarma la equidistancia: no es lo mismo cortar lechones, becerros o lubinas que cortar bebés, como tampoco es lo mismo tener sexo con adultos que con niños. Y remata con el argumento que más incomoda: que seamos una minucia en un universo que nos trasciende, que en 4.500 millones de años el sol colapse en una supernova, no implica que no exista una moral mínima compartida por la práctica totalidad de los seres humanos.
El péndulo entre el orden impuesto y el orden real
Aquí entra una lectura que reordena el tablero: el problema es que se confunde la moral del bien y del mal con la imposición de la moral católica, y al rechazar la segunda se rechaza todo orden, porque no se sabe discernir. Se describe un péndulo entre Saturno y Venus, un falso padre que impone un falso orden y unos hijos que, al rebelarse contra él, tiran también el orden verdadero por la ventana. Un decálogo, unas leyes a rajatabla, no es eso. La verdadera moral, se dice, no tiene nada que ver con semejante artefacto.
La acusación de fondo es dura y va en las dos direcciones: relativismo moral repugnante, se llega a decir, porque confundir «no hay una única perspectiva» con «no hay verdad» es el atajo con el que se justifica cualquier barbaridad. Verdad hay una; perspectivas de la verdad, infinitas. Y el propósito de este tránsito, se sostiene, sería precisamente aprender a reconocer la diferencia entre el bien y el mal a través de la causa y el efecto.
La culpa, el sistema y el viejo truco de cargarte el muerto
Cuando el argumento baja al mundo real, aparece el giro más reconocible: si hay una élite de sinvergüenzas ahí fuera, ¿quiere eso decir que estamos podridos por dentro y que es nuestra culpa? La respuesta es un no rotundo y una acusación de manual: es exactamente lo que pretende el sistema, ya sea con el pecado original, el cambio climático o la crisis económica, la culpa al final siempre es tuya. El sarcasmo se dispara: por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.
En paralelo se dibuja el mapa material del asunto, y ahí los datos aprietan: un planeta cerrado donde se explota energética y monetariamente, donde se roba la mitad del sueldo vía impuestos y luego se inventan inflaciones y crisis para que nadie salga de pobre. Se afirma que hubo manipulación genética hace cientos de años para acortar vida, potencial y habilidades, y se compara con la situación de hace un siglo, cuando —se sostiene— uno podía salirse del esclavismo haciendo una casita junto a un arroyo y viviendo del campo, algo hoy imposibilitado por la acumulación de prohibiciones y por una dictadura tecnológica en ciernes.
El sabio, el ignorante y la navaja
Hay una parábola que resume el giro pragmático de toda la discusión. El sabio dejó de serlo cuando le dieron una paliza, le quitaron todo y murió agonizando al borde de la carretera sin entender por qué se lo habían hecho. El ignorante, que solo sabía de la vida, murió sabiendo por qué moría: por no haber sacado la navaja antes que el otro. La conclusión que se extrae es incómoda y nada espiritual: esto es un juego cruel, quizá con sentido en otra vida para la que conviene prepararse, pero en el que hay que sacar la navaja antes que el otro.
Esa crudeza choca de frente con la línea dominante del planteamiento, que insiste en que hay gente que, solo con su actitud, llama a gritos a que le pasen cosas desagradables. El universo escucha y cumple, de modos misteriosos. Llaman al mal fario y el mal fario llama a su puerta. Es casi mágico, se dice, en algunas personas.
Ángeles caídos, belleza y el corral de gallos
El tramo final del asunto se vuelve más íntimo y más ácido a la vez. Se afirma que para existir aquí hay que ser un ángel caído, y que todos lo somos, aunque nos pasemos el día llorando la infancia espiritual perdida. No hay vuelta atrás, solo camino hacia adelante. Y se lanza un aviso contra la tentación más recurrente: el que se cree iluminado acaba siendo el mayor de los tiranos, porque hasta en nombre del bien crucifica a sus hermanos por hacer el mal. Ángeles vengadores llenos de odio los hay a patadas, y su actitud no vale nada.
La diana se pone sobre una jerga concreta: esa verborrea deshumanizadora que llama dormidos, ovejas o borregos a quien piensa distinto, y que se usa para blanquear un odio a todo el que no comulga. Si nadie posee la verdad, viene a decirse, todos poseemos vehementemente la mentira y estamos obcecados en compartirla. Y la belleza —última estación del recorrido— no se encuentra en un corral de peleas de gallos: se descubre, mayoritariamente, lejos de las guerras por dominarnos y domesticarnos unos a otros. Toda la luz que se busque fuera será la medida exacta de la oscuridad que se tenga dentro.
¿Y si el problema no fuera el mundo, sino el relato que hemos montado para no mirarnos?