Trump quiere respaldar el dólar con bitcoin y los números no salen
La Casa Blanca entrante ha convertido el bitcoin en un asunto de Estado. El nombramiento de un asesor especial de criptomonedas —un financiero próximo a Elon Musk y a Peter Thiel— ha disparado las teorías sobre por qué Washington necesita ahora una reserva estratégica de la criptomoneda. Sobre la mesa hay tres planes, y ninguno de ellos, según los cálculos que circulan, cumple el objetivo que dice perseguir.
El primero consiste en apoderarse de los
210.000 bitcoins que ya posee el Gobierno de Estados Unidos para formar una reserva estratégica que, según el relato oficial, beneficiaría a todos los estadounidenses. El segundo añade compras diarias de
550 BTC hasta reunir cuatro millones de unidades, un volumen cuyo valor de mercado superaría al de las reservas de oro del país. El tercero limita la acumulación a un millón de bitcoins con el fin declarado de fortalecer la posición del
dólar en el sistema financiero global.
¿Por qué Estados Unidos no necesita una reserva de bitcoin?
El argumento central de quienes dudan del plan es que Estados Unidos no necesita reservas especiales, ni siquiera de oro. El país atesora
8.133 toneladas de oro, alrededor de dos séptimos del total mundial, un remanente de la época en que el dólar estaba vinculado al metal. Desde la Ley de Reservas de Oro hasta la década de 1950 las reservas se multiplicaron por seis, hasta 20.000 toneladas. Con el sistema de Bretton Woods en marcha desde 1958 empezaron a caer, y tras la desvinculación del oro en los años setenta quedaron por debajo de 8.700 toneladas.
Hoy el dólar domina el resto de monedas y concentra el
58% del volumen total. El único riesgo real para la divisa estadounidense es el propio Estados Unidos, que ha convertido el acceso a su moneda en un arma de sanciones. Ninguna acumulación de bitcoins va a librar a los gobiernos extranjeros del riesgo de que les confisquen sus reservas en dólares. El Tesoro y la Reserva Federal mantienen unos
míseros 245.000 millones en activos de reserva, el puesto quince del mundo, por debajo de Italia o Singapur.
El precedente de Lincoln y las parcelas
La comparación histórica que más incomoda a los entusiastas es la del propio Abraham Lincoln, que aconsejó a sus amigos qué parcelas necesitaría pronto el Gobierno para que las compraran a tiempo por un par de dólares y las revendieran después por millones. La operación, salvando las distancias, se parece bastante a lo que ahora se propone: que los tenedores actuales de bitcoin encuentren en el Estado un comprador de lujo.
Hay un matiz que sí concede valor estratégico a la maniobra. Fuera de Estados Unidos muchos ven las criptomonedas como un activo ajeno al dólar y supuestamente fuera del control estadounidense. Si Washington logra reunir una gran reserva, podrá influir en el principal activo del sector igual que influye en los valores bursátiles: organizando, por ejemplo, una venta masiva. Buena parte de las criptomonedas están orientadas a la vez hacia el bitcoin y pueden ser confiscadas en países que aplican la legislación estadounidense. Una participación de control haría ese poder mucho más contundente.
El bitcoin como refugio de dinero negro
En el otro extremo del análisis está quien sostiene que la verdadera razón de ser del bitcoin no tiene nada que ver con Trump ni con las reservas: es un sistema global de evasión de capitales y dinero negro, y por eso los Estados lo necesitan. La prohibición china encaja en esa lectura. También la sospecha, nunca confirmada, de que agencias y bancos acumulan posiciones fuera de auditoría: si se atrevieron con operaciones encubiertas en el pasado, qué no harán con algo que no deja rastro.
La respuesta a por qué las criptomonedas siguen funcionando después de más de una década, con más de cuarenta años de desarrollo previo, es la que nadie termina de cerrar. Los bitcoins incautados a los transportistas canadienses no se pudieron controlar, recuerdan quienes siguen el rastro de las carteras estatales. China, por su parte, aparece en los registros como tenedora de
194.000 BTC procedentes de la incautación de la plataforma Plus Token, el 0,92% del suministro total.
La volatilidad que lo descalifica como reserva
El flanco más débil del relato oficial es el propio comportamiento del activo. Con esa volatilidad, el bitcoin solo sirve para especular, y si se tiene en cuenta la energía que consume el minado, el negocio se parece más a especular con arte moderno: más ecológico y sin malgastar activos reales. La crítica de fondo es que no es un activo en sentido estricto, porque solo se gana dinero cuando se vende, mientras que un activo de verdad reparte dividendos.
La defensa técnica no niega la volatilidad, la explica. Bitcoin sube por escasez. Cuando la red funciona y hay equilibrio, el valor se mueve hasta que llega el
halving y la recompensa de los mineros cae a la mitad. La pregunta entonces es cuánto tiene que subir para que los mineros no noten nada, es decir, para ganar lo mismo que antes del recorte. La respuesta la sabe cualquiera que haya seguido un ciclo: cuando el precio se dispara, se pasa de frenada por dinámicas sociales, hay miedo a quedarse fuera y el activo hace un x7 antes de corregir.
El ciclo que viene, según los que lo siguen
Las predicciones concretas que circulan dibujan un año de vértigo. En marzo, tocar los 180.000; bajar hasta mediados de agosto; un rally final hasta noviembre con los 232.000 como techo; después un año de caída hasta los 69.600 y, solo entonces, el arranque de un nuevo ciclo de dos años hacia el siguiente máximo histórico. Son números de quien lleva años mirando gráficas y no de quien firma informes para el Tesoro.
El problema de fondo sigue siendo el mismo que señalaba el análisis del Instituto Cato: si Estados Unidos no tiene motivos para mantener enormes reservas de oro, tampoco los tiene para comprar bitcoins. Salvo, claro, que los propietarios actuales quieran revender su moneda al Gobierno a un precio que no volverán a ver. Es la parte del plan que nadie discute porque es la única que funciona.
Con estos mimbres, lo razonable sería esperar que la reserva estratégica se quede en anuncio y no llegue a ejecutarse. Pero este activo lleva una década desmintiendo a quien le augura el final, así que conviene no apostar demasiado fuerte en ninguna dirección.