Sánchez rectifica en inmigración: el pendulazo que divide a la izquierda
El presidente del Gobierno ha dado un volantazo que ni sus propios socios esperaban. Tras años de discurso aperturista, el Ejecutivo anuncia ahora un endurecimiento de la política migratoria, un giro que algunos califican de realismo y otros de simple control de daños. La crisis en Ceuta y la sentencia del Tribunal Supremo sobre las devoluciones en caliente han servido de detonante, según las cronologías que circulan.
El movimiento supone un cambio de 180 grados para un presidente que hasta hace poco aseguraba que no se podían 'poner puertas al campo'. El nuevo discurso apunta a regularizaciones selectivas, expulsiones y refuerzo de las fronteras, un lenguaje que hasta ahora era patrimonio del adversario político.
Las cifras que no cuadran con el relato
El nuevo enfoque contrasta con los números que manejan los análisis más críticos. Si en España han entrado 234.000 irregulares en cinco años por vía terrestre y marítima, ¿de dónde sale el millón de personas al que el Gobierno quiere regularizar? La respuesta, para muchos, está en Barajas: más de 500.000 entradas por avión que no aparecen en las estadísticas de Frontex, centradas en rutas terrestres y marítimas. Algunas estimaciones van más allá y elevan el total a 721.000 irregulares más 285.000 legales, una cifra que pone en cuestión el control real de fronteras. Mientras tanto, la cifra de 5 millones de personas en ocho años que manejan algunos analistas dibuja un escenario de presión migratoria que ningún partido quiere asumir.
Marruecos, el ariete que nunca falla
El pulso con Marruecos ha sido el otro gran acelerador del giro. El intento de entrada masiva en Ceuta, que distintas fuentes cifran en torno a 50.000 personas, ha demostrado que Rabat tiene la llave de la presión migratoria cuando le interesa. El uso de la migración como instrumento político no es nuevo, pero la capacidad de movilización de esta vez ha obligado a Moncloa a mover ficha. La tesis del chantaje permanente, destinado a mantener al actual inquilino de la Moncloa a cambio de concesiones, gana enteros en los círculos que observan estos movimientos.
La izquierda, sin argumentos
El pendulazo ha dejado en una posición incómoda a los socios del Ejecutivo. El ala ideológica del bloque gubernamental ve con estupor que el presidente adopte ahora un discurso que hasta hace poco demonizaba: las deportaciones masivas ya no son un tabú y el control de fronteras vuelve al vocabulario oficial. Algunos recuerdan el precedente de Hollande en Francia: el giro a la mano dura no evitó su desplome electoral. El problema es que ninguna de las dos lecturas –la que ve una conversión sincera y la que ve una operación de supervivencia– explica del todo qué ha cambiado de fondo para que Sánchez diera el paso.
Con los datos sobre la mesa, la pregunta sigue abierta: ¿es un problema de números o de política? La respuesta, hoy, sigue atascada entre el relato del Gobierno y una realidad estadística que nadie controla del todo.