Y aquí vuelve a hacer una descripción del método de la "
oración mental", pero esta vez a cargo de Mabel, la esposa del nuevo "Ministro de Culto",
con orientación humanista-pagana.
Empieza en la
página 220 del PDF linkeado al hilo.
Mabel va a su capillita privada (pagana)...
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Había acabado por amar ese calmoso recinto; y se acogía a él siempre que podía, para encalmar sus pensamientos y concentrarlos en lo que se ocultaba debajo de la superficie dé la vida: las grandiosas raíces espirituales de las cuales todo brotaba, y que eran obviamente las verdaderas realidades.
De hecho esta devoción estaba deviniendo casi oficial en las clases sociales superiores. Había por doquiera invitaciones a retiros espirituales;
y publicábanse libros y opúsculos guías de la vida interior, curiosamente parecidos a los antiguos libros católicos sobre oración mental.
Estaba sola. Fue a su banco usual, se sentó, cruzó las manos, miró unos minutos el viejo tabernáculo de piedra, la blanca imagen de la Señora y el oscurecido vitral del fondo.
NOTA = La "Señora" no es la Virgen María, sino la mujer que representa "la Diosa de la Humanidad".
Después cerró los ojos y comenzó a pensar,
de acuerdo al método que había aprendido.
Primero
concentró su atención sobre sí misma, despegándose de todo lo que era
meramente externo y accidental, retirándose adentro… adentro, hasta encontrar esa secreta llama que debajo de todas nuestras frágiles actividades nos hace miembros consustanciales de la divina raza de la humanidad.
Este era el primer paso.
El segundo consistía en un acto de la imaginación, acompañado de uno del intelecto. Todos los hombres poseían esa llamita, contempló ella… Después envió en vuelo sus potencias, viendo con los ojos de la mente todo el abigarrado mundo, mirando debajo del día y la noche de los dos hemisferios los incontables millones de seres … niños viniendo al mundo, viejos dejándolo, los adultos manejándolo y gozándose en ello, y en sus fuerzas y hechos. Miró atrás a través de las edades, a través de centurias de crimen, desorden y ceguera, cómo la raza ascendía del salvajismo y la superstición al conocimiento de sí misma; y miró adelante a las edades porvenir: cómo generación tras generación ascendía a una cumbre cuya perfección, pensó ella, no podía ni soñar siquiera ella ni nadie que no estuviera allí. Sí, se dijo ella: esa ascensión ya había nacido; los dolores de parto habían pasado, pues ¿no había llegado Aquel que era heredero de los tiempos?
Entonces
por un tercer acto de síntesis ella realizó la unidad de todo, el fuego central de que cada llamita no era más que un destello ese vasto e inmutable ser divino, ahora ya no más escondido, realizándose a sí mismo lentamente a través de las centurias, Aquel a quien los antiguos llamaron Dios, pero imaginaron trascendente y separado de ellos. Aquel que ahora, con el advenimiento del nuevo Salvador, se había despertado y desvestido y mostrado a sí mismo, el Uno. Y allí se reposó, meciéndose en la vasta visión de su mente, destacando ahora esta virtud, ahora estotra, para aplicárselas a sí misma, deteniéndose en sus propios defectos, mirando en el conjunto el cumplimiento de todas las aspiraciones, la suma de todo lo que los hombres habían anhelado ese Espíritu de Paz, tan largamente atajado y a la vez engendrado perpetuamente por las pasiones de los hombres, vuelto a veces claro esquema y silueta por la energía de las grandes vidas individuales, realizándose a sí mismo pulsación por pulsación, dominante al fin, sereno, manifiesto y triunfante.
Allí se reposó, perdiendo el sentido de su personalidad, disolviéndola con un sostenido esfuerzo de la voluntad; bebiendo, como ella pensaba, raudales del espíritu de vida y amor…Algún ruidito así lo supuso después la disturbó y le hizo abrir los ojos; y allí delante de ella se extendía el pulido pavimento, brillando en la penumbra, la gradería del altar, el púlpito a la izquierda, y la apacible caverna del aire oscurecido sobre la blanca figura de la Progenitora contra la nervadura de los ventanales. Aquí mismo los hombres antaño habían adorado a Jesús, el ensangrentado Varón de Dolores, el que según su propia confesión había traído no la Paz sino la Espada.
En la Edad Media la gente creía en una mujer que había engendrado ¡a su propio engendrador!, y les habían hecho en la cabeza una mezcla de conceptos inconciliables, después de lo cual podían creer cualquier cosa: así estaba escrito en su misalito. Sí, aquí se habían arrodillado ellos, los ciegos incurables, los cristianos… ¡Ah, lo llamativo de todo eso: la arrebatada aceptación de cualquier credo que explicara el dolor, el salvaje culto del Dios hombre que pretendía haberlo asumido y vencido!