Un piso de 700.000 pesetas que hoy se vendería 250 veces más caro
A principios de los años 70, un anuncio inmobiliario ponía precio a un piso: alrededor de 700.000 pesetas, poco más de 4.000 euros al cambio. Un forero calcula que el mismo tipo de vivienda, en las mismas calles —Francesco Silvela 37, Cáceres—, aparece hoy en los portales de anuncios con precios que multiplican el original
hasta por 250: 1.000.000 entre 4.000 son 250, y el escenario más suave deja un factor de 75. Y eso sin contar que entonces el piso se compraba nuevo y ahora acumula varias manos.
Sobre esa base se monta una lectura incómoda del mercado inmobiliario español: no es solo que la vivienda haya subido, es que el dinero se ha hundido por el camino. Hay quien sostiene que el ladrillo ha funcionado como una transferencia silenciosa de riqueza entre generaciones, y que el fracaso se acumula en tres frentes a la vez —suelo, obra pública y salarios—.
¿Cuántos años de salario costaba un piso en los años 70?
El primer dato que se pone encima de la mesa no es el precio, sino su relación con la nómina. A principios de la década, el salario mínimo rondaba el equivalente a
21 euros —3.000 pesetas—, y cerró la década en unos 125 euros. Con esos números, cubrir una vivienda de 700.000 pesetas exigía entre 233 y 87 meses de trabajo: entre ocho y veinte años de sueldo íntegro.
El cálculo no es homogéneo porque el SMI se movió muchísimo en pocos ejercicios. Hay quien lo resume en una línea: 700.000 pesetas sobre un sueldo de 3.000 son veinte años de nómina. Hoy, un préstamo de 1.200 euros mensuales a 240 meses suma 280.000 euros. La comparación, con todas sus trampas, sale parecida o algo peor para quienes la hacen, y desmonta la idea de que aquella fuera una edad dorada para el comprador.
La trampa de la inflación: por qué la deuda se pagaba sola
Aquí está el matiz que casi nadie recuerda. Los préstamos de entonces no funcionaban como las hipotecas actuales. Los intereses eran fijos, y altos: se manejan tipos del
10% al 20%, frente al 5% que hoy parece una aberración. La
inflación, por su parte, superaba con frecuencia el 15%, y los salarios se renegociaban y subían casi al mismo ritmo.
El efecto era brutalmente favorable para quien ya había firmado. La deuda nominal quedaba congelada mientras la nómina crecía año tras año, de modo que en pocos ejercicios la cuota se convertía en calderilla. Ahí está el mecanismo que explica por qué muchas familias acabaron con patrimonio: no compraron barato, es que la inflación se comió su deuda. En paralelo, la entrada era un muro. Apenas había ayuda familiar y el banco no financiaba más allá de ciertos límites.
De las 300.000 pesetas de barriada a los 300.000 euros
La hemeroteca ordena el relato. En enero de 1977, entre las ofertas de empleo de un diario nacional, un directivo superaba el
millón y medio de pesetas al año, una azafata de supermercados cobraba 240.000 y el servicio doméstico 180.000. En la misma página, pisos pequeños en barriada obrera arrancaban en 300.000 pesetas, y la vivienda media se movía entre uno y dos millones.
Saltando de década, los casos se repiten. Un piso de 100 metros a menos de 20 kilómetros de Madrid por tres millones de pesetas en los 80, cuando un obrero ganaba unas 60.000 netas en 14 o 15 pagas: tres años y pico de sueldo. Un piso de ciudad comprado en 1982 por ocho millones que hoy vale 300.000 euros. Uno de provincias, tres millones en 1978, hoy 140.000 euros. La horquilla es enorme —hubo zonas que se revalorizaron mucho más que otras— y en esa diferencia se apoya buena parte del desacuerdo.
El suelo, la obra pública y el stock que no se construye
Sobre el origen, la discusión se parte. Unos lo sitúan en los años 80, cuando el ladrillo se convirtió en activo financiero y los precios despegaron en todo Occidente. Otros miran al suelo: las administraciones controlan el planeamiento y de ahí sale el coste que después arrastra toda la cadena. Y hay quien recuerda que entre 1961 y 1975 se levantaron
cuatro millones de viviendas para una población de 35 millones, el 11,5% del total, frente al millón largo de los últimos quince años, un 2%.
El resultado es una escasez que se retroalimenta. Sin obra nueva, la demanda se lanza sobre el piso viejo, y reformarlo a precio de oro —se habla de 1.000 euros por metro cuadrado solo en construcción— empuja el precio final hacia arriba. La vivienda protegida, que en su día hizo de colchón, hoy apenas mueve la aguja.
Los costes que se suman al precio de salida
A la factura del ladrillo hay que añadirle lo que no aparece en el anuncio. Los impuestos y gastos de la operación engordan el importe, y la financiación también pesa: quien firma una hipoteca a veinte o treinta años acaba pagando bastante más de lo que costaba el piso. Lo que en los 70 a veces se liquidaba con letras de cambio —pocas veces, y para plazos cortos— hoy pasa por un préstamo que acompaña media vida laboral.
Con estos mimbres, cualquiera esperaría una corrección o al menos un techo. Lo que aparece es lo contrario: cada comparación entre el precio de 1970 y el de hoy deja al salario medio fuera de plano. Y la pregunta que flota —si el problema es la vivienda o el dinero con el que se paga— sigue sin respuesta compartida entre quienes echan las cuentas.