El Tófet de Jerusalén: los niños que, según la Biblia, ardieron en el valle de Hinón
El valle de Ben-Hinón, al sur y suroeste de la antigua Jerusalén, fue durante siglos un barranco donde, según la Biblia hebrea, los reyes de Judá hicieron pasar a sus hijos por el fuego. La relectura de «Historia literaria del Antiguo Testamento», de Konrad Schmid, reabre una pregunta incómoda: ¿fue el Tófet un lugar de sacrificio humano real o un cementerio infantil que la tradición posterior convirtió en el símbolo del infierno? Los textos dejan claro qué se quiso denunciar. Sobre lo que ocurrió de verdad, la arqueología todavía no ha cerrado el caso.
Qué dicen los textos bíblicos sobre el Tófet
Las referencias son explícitas y no se andan con rodeos. El segundo libro de Reyes atribuye al rey Acaz haber hecho pasar a su hijo por el fuego, «según las abominaciones de las naciones». El libro de las Crónicas añade que quemó incienso en el valle de Ben-Hinón y quemó allí a sus hijos. A Manasés se le imputa el mismo acto. El Levítico prohíbe expresamente entregar descendientes a Moloc, y el rey Josías, en su reforma religiosa, profana el Tófet para que nadie vuelva a pasar por él a su hijo ni a su hija.
La clave está en esa prohibición. Se legisla contra lo que se practica. Los relatos conservados pertenecen al final de la monarquía y a los años posteriores al exilio babilónico, cuando los círculos deuteronomistas reescribieron el pasado para imponer un monoteísmo exclusivo y borrar los restos de politeísmo. La Biblia no solo narra unos sacrificios: los usa como frontera entre lo propio y lo ajeno.
¿Hubo sacrificios de niños en Israel y Judá?
El consenso no existe. Una corriente sostiene que el sacrificio infantil fue práctica real, atestiguada por la arqueología del siglo VII a. C. y por el propio esfuerzo legislativo por erradicarlo. Otra lee el Tófet como un cementerio: en el de Cartago, se argumenta que la gran mayoría de los huesos analizados corresponden a abortos o a nacidos muertos, con un porcentaje pequeño de niños mayores.
El estudio de Heath Dewrell (2017) sobre el sacrificio infantil en el antiguo Israel distingue tres formas principales en la Biblia hebrea, con frecuencia, origen y función distintos. Una sería la entrega del primogénito como obligación religiosa, del mismo modo que se ofrecían las primicias de las cosechas y los primeros animales.
Cartago, Moloc y el origen de la palabra infierno
Diodoro Sículo, escribiendo en el siglo I a. C. sobre hechos del 310 y el 406 a. C., describe a los púnicos arrojando niños al fuego para aplacar a Cronos, al que griegos y romanos identificaban con divinidades como Baal-Hammon o Saturno. Es tradición hostil al enemigo, escrita siglos después, pero coincide con los recintos de urnas hallados en el Mediterráneo: Cartago, Tharros o Tell Sukas, ya en el Levante.
Según se sostiene en el debate, no es un fenómeno exclusivo de Judea: en una sociedad donde la mortalidad infantil superaba el 50% durante el primer año de vida, el infanticidio no era raro y sacralizarlo era una forma de darle sentido. El propio valle de Ben-Hinón, maldecido y reutilizado después como basurero donde ardía fuego permanente, acabaría dando nombre a la Gehena: el infierno de la tradición posterior. Flaubert lo recreó en «Salambó» con toda su agonía sangrienta.
El detalle fino está en la cronología de las fuentes y en la lista completa de yacimientos, un punto donde, según algunos participantes, el relato oficial y la evidencia se separan.
El punto donde el análisis se atasca
La arqueología sigue sin encontrar en Jerusalén el campo de urnas que zanjaría el asunto. Y donde cada capa de tierra es también un argumento del presente, puede que nadie tenga prisa por removerla.