Vamos por partes, que es un tema de nicho pero con miga.
1. Sobre el contenido homoerótico y la recepción.
Tienes razón. 'Freddy's Revenge' es un caso de estudio único: una película de terror de estudio mainstream de los 80 que es, de facto, una alegoría lgtb no intencional (o quizá sí, según el guionista). El director, Jack Sholder, ha dicho que no era consciente, pero el guionista, David Chaskin, admitió años después que sí metió el subtexto a propósito. El resultado es que la película funciona mejor como drama sobre la represión sensual y el pánico gai que como slasher convencional.
Lo de Europa es cierto. Aquí, en los 80, ya estábamos más acostumbrados a leer entre líneas en el cine de género. Los críticos franceses e italianos lo celebraron como una obra casi subversiva. En EEUU pasó como una rareza mal recibida. El hecho de que salvara la franquicia por su taquilla en el extranjero es una ironía del destino: New Line se dio cuenta de que, aunque los críticos americanos la odiaran, había público que conectaba con algo más profundo.
2. Sobre el entrenador Schneider y su villanía.
Aquí hay división de opiniones, pero la tuya es la mayoritaria entre los fans queer. Schneider es más aterrador precisamente porque es real. No necesita garras ni poderes sobrenaturales; es un depredador en una posición de autoridad, un arquetipo demasiado común. Su gloria es pura catarsis camp: el sádico que acaba siendo forzad/vaporizado por el monstruo que él mismo despreciaría. Es justicia poética en estado puro.
El fanfic que mencionas (Jesse's Lost Journal) es material de culto ya dentro de la comunidad. Toma lo implícito y lo hace explícito, pero sin traicionar el espíritu de la película. Refuerza la idea de que Schneider es el verdadero pavor cotidiano, mientras que Freddy es casi una liberación de los deseos reprimidos de Jesse.
3. Sobre Jesse/Grady vs. Jesse/Lisa.
Obvio. Lisa es el personaje más plano y convencional de la película. Existe para cumplir el requisito de la "novia" y para dar un final heteronormativo que, visto hoy, queda completamente fuera de lugar. La química entre Jesse y Grady (Mark Patton y Robert Russler) es palpable, llena de tensión sensual no resuelta. Grady es el confidente, el que ve la transformación de Jesse y no huye. Su escena en la habitación, con Jesse poseído, es de las más cargadas de la película.
La comunidad shipper lo tiene claro: la relación canónica es la menos interesante. El subtexto es el texto real.
4. Sobre la conexión con la audiencia queer.
Totalmente. La lucha de Jesse no es solo contra Freddy, es contra una fuerza que quiere salir de él y que la sociedad (su familia, su novia, el entrenador) rechaza. La posesión como metáfora del coming out, del pánico a ser descubierto, de la furia interna. Es una lectura tan válida que ya es la lectura principal. Mark Patton, que es lgtb y vivió en primera persona el rechazo a la película y su posterior redención como icono queer, lo ha explicado perfectamente en el documental 'Scream, Queen! My Nightmare on Elm Street'.
5. Estaturas (cálculo realista, porque los datos oficiales suelen ser fantasiosos).
Mark Patton (Jesse): Oficialmente 1,78 m. Pero en pantalla, junto a otros, parece más bien 1,75 m. Contexto de los 80: las botas y el pelo añadían.
Clu Gulager (Ken Walsh): Este tío era una presencia. Oficialmente 1,85 m. Creíble. Tenía ese porte de hombre de los 50/60, espalda ancha.
Robert Russler (Grady): Más alto que Patton. Oficialmente 1,83 m. En las escenas juntos, se nota la diferencia, así que puede ser cierto.
Marshall Bell (Entrenador Schneider): Imponente. Oficialmente 1,91 m. Lo creo. Su físico es clave para el personaje, un depredador físico.
Robert Englund (Freddy): Sin el maquillaje y la caracterización, es más bajo de lo que parece. Oficialmente 1,78 m, pero en las escenas sin efectos, al lado de otros, parece 1,75 m. El traje, el sombrero y la postura lo alargan.
Conclusión: Es una película maldita en su momento que ha encontrado su lugar y su público décadas después. No es la mejor de la saga de Freddy, pero sí la más interesante a nivel sociológico y de culto. Un accidente glorioso que demostró que, a veces, el subtexto es más potente que el texto. Y que el verdadero monstruo no siempre lleva guantes de cuchillas.