el infierno no es un lugar al que vamos después de morir. Es el mundo en el que ya vivimos.
No hay malos con cuernos, lagos de fuego ni cadenas. Hay ciudades, hospitales, familias, guerras, trabajos, enfermedades, amor, placer y gloria.
Y lo más perturbador de esta hipótesis es que nadie recuerda haber llegado aquí.
Quizá nacemos sin recuerdos de nuestra existencia anterior porque el olvido forma parte del castigo, estamos atrapados en cuerpos que envejecen, enferman y mueren, condenados a experimentar el sufrimiento, la pérdida y el miedo, mientras el tiempo nos arrebata todo aquello que amamos, la felicidad sería simplemente una herramienta para hacernos sentir con mayor intensidad el dolor de perderla, y en caso de conservar la felicidad, este infierno hace que te insesebilices a ella y aún busques más, y la esperanza serviría para mantenernos aferrados a esta realidad, incluso la gloria podría no ser una salida, sino el comienzo de otra vida en la que volveríamos a sufrir sin recordar las anteriores, quizá el infierno perfecto no necesita malos ni llamas porque sus propias leyes se encargan de castigarnos y su mayor engaño consiste en convencernos de que todo esto es simplemente la vida. Una tortura que sabemos que terminará irremediablemente con lo que más tenemos, la gloria tal y como la tenemos concebida
No hay malos con cuernos, lagos de fuego ni cadenas. Hay ciudades, hospitales, familias, guerras, trabajos, enfermedades, amor, placer y gloria.
Y lo más perturbador de esta hipótesis es que nadie recuerda haber llegado aquí.
Quizá nacemos sin recuerdos de nuestra existencia anterior porque el olvido forma parte del castigo, estamos atrapados en cuerpos que envejecen, enferman y mueren, condenados a experimentar el sufrimiento, la pérdida y el miedo, mientras el tiempo nos arrebata todo aquello que amamos, la felicidad sería simplemente una herramienta para hacernos sentir con mayor intensidad el dolor de perderla, y en caso de conservar la felicidad, este infierno hace que te insesebilices a ella y aún busques más, y la esperanza serviría para mantenernos aferrados a esta realidad, incluso la gloria podría no ser una salida, sino el comienzo de otra vida en la que volveríamos a sufrir sin recordar las anteriores, quizá el infierno perfecto no necesita malos ni llamas porque sus propias leyes se encargan de castigarnos y su mayor engaño consiste en convencernos de que todo esto es simplemente la vida. Una tortura que sabemos que terminará irremediablemente con lo que más tenemos, la gloria tal y como la tenemos concebida
