Profesora denuncia alumnos de 3º de la ESO sin saber leer
Una profesora de secundaria de un instituto público lo suelta sin adornos: tiene alumnos de tercero de la ESO que no saben leer y enseña contenidos que ella misma daba en quinto de primaria. La frase, recogida en una entrevista publicada por
La Vanguardia, resume el malestar que llevó a decenas de miles de docentes catalanes a secundar un paro el pasado 11 de febrero. Detrás de la queja hay algo más incómodo que un problema de recursos: una parte del alumnado llega al ecuador de la secundaria sin descifrar un texto.
La propia entrevistada apunta a la inclusión mal dotada —«minimizar todo lo que respecta a alumnos con necesidades especiales por inclusión, y esa inclusión no es eficaz porque no hay recursos suficientes»— y esquiva cualquier otra explicación. Ese silencio es, para muchos lectores, la noticia.
Qué dice exactamente la profesora entrevistada
El testimonio no habla de casos aislados ni de un aula concreta. Habla de un nivel: tercero de la ESO, una etapa en la que se supone que el alumnado ya lee para estudiar, no para aprender a leer. La docente añade que imparte materia de quinto de primaria y que el problema no es solo académico: «Que te paguen mal, que el alumnado te falte al respeto y que hagas horas de más todas las semanas y que no estén remuneradas», enumera.
El diagnóstico oficial que ella misma ofrece se queda en la falta de medios. La acusación que sobrevuela el asunto es otra: que la mezcla de niveles, idiomas y trayectorias educativas muy dispares se ha gestionado bajando el listón para todos. La entrevista no lo dice. El lector lo intuye.
El argumento que recorre el asunto: menos recursos o menos exigencia
Hay quien sostiene que el problema es presupuestario y de ratios: sin apoyos reales, la inclusión se convierte en un aula con un docente haciendo malabares. Enfrente pesa el argumento contrario: que el sistema lleva años aprobando por decreto y que el nivel de exigencia se ha desplomado con independencia del dinero. Ambas lecturas conviven en el mismo párrafo de la entrevista sin resolverse.
Un docente lo formula desde la experiencia propia: cuando su hijo aprendió a leer antes que el resto, la maestra le recriminó que fuera por delante del grupo; cuando usaba matemáticas no dadas en clase para resolver problemas, le corrigieron; cuando pronunciaba mejor el inglés que su profesor, tuvo problemas. La conclusión que extrae es incómoda: el sistema iguala hacia abajo y penaliza al que destaca.
La lectura, el dato que descoloca
El nivel de lectura se ha convertido en el termómetro del desaguisado. En un autobús, una pasajera escuchó a un adolescente leer en voz alta un texto del móvil y describe la escena como un desastre. En una sala de espera, otra persona oyó a un joven preguntar si para ordenar precios de más barato a más caro había que elegir orden ascendente o descendente, y a su acompañante dudar igual.
Son anécdotas, no estadísticas, y conviene tratarlas como lo que son. Pero encajan con la frase de la profesora y con una sospecha más amplia: que el problema no es solo de quienes llegan de fuera, sino de una generación entera criada con pantallas y con menos exigencia lectora. La discusión sobre el idioma y el origen se cuela en todos los diagnósticos, aunque el testimonio de partida no lo mencione.
El pánico demográfico y la sospecha del plan
Una parte del análisis sostiene que el desplome es funcional al poder: un país de ignorantes es más fácil de gobernar, y para ver ciertos programas no hace falta saber escribir. Otra corriente lo atribuye a cuarenta años de reformas educativas sucesivas, con la regla de tres explicada en casa porque en el libro no aparecía. Y una tercera mezcla ambas cosas con la llegada masiva de alumnado que no domina el idioma, un factor que la entrevista original omite.
El resultado, en cualquier caso, es el mismo: un sistema que certifica competencias que no existen. El título de la ESO acredita una formación que, según el testimonio de partida, algunos alumnos no tienen. Y eso no es un problema de un aula: es un problema de país.
Lo más llamativo del caso no es que una profesora denuncie que sus alumnos de tercero de la ESO no saben leer. Es que, en la entrevista que lo publica, ni ella ni el periodista pronuncien las palabras que explicarían por qué.