La pereza vital de los 45 es un termómetro económico
Un hombre de 45 años confiesa que ya nada le motiva. Su confesión recibe cerca de un centenar de respuestas, y la mayoría reconoce lo mismo: la rutina, el trabajo sin estímulo, la sensación de que el país se desmorona. Detrás de la queja existencial se esconde una lectura económica incómoda: una generación que ha dejado de creer que esforzarse sirve para algo.
El trabajo que no compensa
La primera explicación es la más terrenal: un trabajo rutinario, monótono y poco creativo. A los 45, la carrera ya no ofrece retos ni mejoras salariales, y la recompensa se difumina. La pereza aparece entonces como una decisión racional: para qué remar si el barco no avanza. Testimonios de 42, 54 y 55 años dibujan la misma curva descendente de motivación conforme pasa el tiempo.
España, un país que da pereza
Hay un componente político en la apatía. El relato recurrente es que España va a la deriva, que los políticos hablan sin parar y que nada cambia. “Todo es un teatro para distraerte mientras remas”, resume una de las voces. En 20 años, la percepción es que el país ha empeorado, y esa decadencia alimenta la desgana. La queja no es solo personal, es estructural.
La fuga hacia dentro: de la selva al teletrabajo
Las soluciones que se proponen van desde la huida literal hasta la desconexión mental. Irse a la selva, a Bolivia, a una tribu, es la respuesta más radical. Otras pasan por reducir el consumo de noticias, vigilar el tiempo que se pasa en internet o buscar aficiones baratas: libros, series, pesas de 18 euros, bicicleta. Incluso hay quien recomienda “pasar de todo” como arte de vida. La idea de que la tecnología permite escapar –teletrabajar desde Filipinas– también aparece, con la crítica inevitable: el funcionario que teletrabaja y cobra es el nuevo enemigo.
El agravio del funcionario teletrabajador
Tras esas quejas asoma la crítica económica más concreta: los funcionarios que teletrabajan y “ganan pastizales” para viajar son vistos como el símbolo de un sistema injusto. “4 millones de parásitos” que viven a costa del país, según una de las intervenciones más duras. Al margen de la exageración, la cuestión refleja una brecha real: la percepción de que el esfuerzo privado no se premia mientras el puesto público se vive como una sinecura. Esa fractura alimenta la pereza vital de quien se siente un tonto remando.
El estoicismo como salida
Al final, la corriente dominante es el estoicismo: asumir que no puedes cambiar nada, cultivar tus aficiones y tu salud. “Las civilizaciones colapsan”, dice uno de los análisis, y a la nuestra le toca. La pregunta que queda en el aire es si esta pereza es solo una crisis personal o el anticipo de un cambio de actitud laboral colectivo. Cuando una generación entera decide que remar no merece la pena, el coste no es solo individual. Es macro.