La OMS como actor geopolítico: entre la gestión pandémica y las acusaciones de genocidio
En junio de 2021, mientras el mundo aún lidiaba con la pandemia, un hilo en un foro económico español ponía en el punto de mira al director de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus. Las acusaciones eran graves: desde ocultar epidemias de cólera durante su etapa como ministro de Salud de Etiopía hasta liderar un supuesto plan de ingeniería social contra Occidente, pasando por su vinculación con el Frente de Liberación Popular de Tigray, grupo calificado de terrorista. El telón de fondo: la guerra civil en Etiopía y la creciente influencia china en África.
La conexión Tigray: ¿un conflicto olvidado con consecuencias globales?
El conflicto en la región de Tigray estalló en noviembre de 2020 entre el gobierno federal etíope y el Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF). Según la discusión, Tedros sería miembro del TPLF, un partido que habría cometido masacres y provocado una hambruna artificial. Las fuentes citadas —DW, BBC, EFE— relataban ataques insurgentes y crisis alimentaria. El dato que llamaba la atención: mientras Etiopía mantenía una intensa relación económica con China, apenas reportaba muertes por COVID, algo que los participantes interpretaban como parte de un plan para desviar recursos y atención. Las cifras oficiales chinas de 4.636 fallecidos en Wuhan contrastaban con los miles de muertos en occidente, alimentando la teoría de un ataque biológico dirigido.
El coste económico de la desconfianza en las instituciones sanitarias
Más allá de las teorías conspirativas, el hilo reflejaba una desconfianza profunda hacia la OMS y los gobiernos occidentales. Se criticaba la paradoja de aplicar confinamientos draconianos mientras se permitían manifestaciones, y la falta de equipos de protección. Un participante señalaba que las decisiones del gobierno español habían conducido a «la mayor expansión de la pandemia y la mayor destrucción de la economía». La comparación con República Checa —que registraba solo 17 muertos y no paralizó su economía— servía como ejemplo de gestión alternativa. El dato económico subyacente: el coste humano y financiero de una respuesta percibida como errática e interesada.
El dato que descoloca: una pandemia que solo golpea a Occidente
El argumento recurrente era que de los 8.000 millones de habitantes del planeta, el coronavirus solo había afectado a los 800 millones de occidentales. Las cifras de mortalidad en países como Irán —398.000 muertos en 2018— y España —427.000 sin contar abortos— se presentaban como prueba de que la esperanza de vida es un «cálculo falaz». La OMS, denunciaban, habría mentido sobre la transmisión aérea del virus y recomendado mascarillas solo para enfermos. Al final, el hilo concluía que el coronavirus no era una epidemia, sino una guerra de ingeniería social para tercermundializar Occidente. Un diagnóstico que, independientemente de su veracidad, revela la fractura entre la narrativa oficial y una parte de la ciudadanía que se siente manipulada.