El precio real de mantener Ceuta española
Una tesis incómoda circula estos días: Ceuta debería ser jovenlandés porque Jovenlandia la quiere más. La reacción ciudadana no se hizo esperar, pero entre banderas y adjetivos, el debate de fondo es económico: cuánto cuesta mantener una ciudad fuera de Schengen, con una migración que no cesa y un valor estratégico imposible de tasar.
Lo que cuesta ser española en el norte de África
Ceuta no pertenece al espacio Schengen. Sus habitantes, aunque españoles de pleno derecho, necesitan controles para viajar a la península. La ciudad vive en gran parte de las transferencias del Estado y sus servicios públicos actúan como un subsidio permanente. Quienes defienden la cesión a Jovenlandia sostienen que ese dinero se ahorraría y que la presión migratoria desaparecería al desaparecer la frontera europea en ese punto.
En contra, se argumenta que el cierre de la frontera no disuadiría a quienes quieren llegar a Europa, sino que la desplazaría a otros puntos del litoral. El coste de abandonar una ciudad con infraestructuras y una población que se siente española sería igualmente alto en términos de credibilidad internacional y, probablemente, de seguridad.
La migración como arma de doble filo
El mensaje que originó la polémica insistía en que Jovenlandia trabaja duro para quedarse los territorios y que su gente se lanza al mar para invadirlos. Hay quien ve en la migración una estrategia deliberada de Rabat. Pero los datos apuntan a que quienes cruzan a Ceuta buscan precisamente estar en Europa: si la ciudad fuera jovenlandés, el destino cambiaría a las Canarias o a la península. La migración no desaparece, se desvía.
Hay una ironía que no escapa a los analistas: muchos de los que denuncian el coste de la inmi gración proponen entregar a Jovenlandia un territorio que este usa como palanca de presión. La Unión Europea, por su parte, ha convertido Ceuta y Melilla en un punto de contención, con toda la tensión social que eso implica.
El Estrecho no se entrega
Los defensores de la españolidad recuerdan que Ceuta es española desde 1580 y que su valor estratégico es incalculable. Quien controla Ceuta controla una de las rutas marítimas más transitadas del planeta. Ceder la ciudad no sería un gesto de paz, sino el primer paso de una cadena de reclamaciones que continuaría con Melilla, las Canarias y, quién sabe, si con la propia Andalucía.
El precedente de la isla de Perejil, donde la respuesta militar española fue inmediata, muestra hasta dónde han llegado los gobiernos para proteger esa línea. La comparación con la actuación en otras crisis es, para algunos, la prueba de una política exterior errática.
La línea roja de la desintegración
Hay un argumento que trasciende lo económico: si España abandona a los españoles de Ceuta, nada impediría hacer lo mismo con los de Cataluña o el País Vasco. La cesión se percibe no como una pérdida táctica, sino como la renuncia a la idea misma de nación. Es probablemente la razón por la que ningún partido con opciones de gobierno ha planteado en serio esa posibilidad.
La paradoja final es que el mayor riesgo para la españolidad de Ceuta no viene de Rabat, sino de la desafección interna. La ciudad se siente abandonada por un Estado que la mantiene en un limbo legal, mientras los discursos apocalípticos dominan la conversación. Al final, la pregunta no es si Jovenlandia la quiere, sino si España está dispuesta a pagar el precio de quererla de verdad, con todas sus contradicciones. Nadie, por ahora, da las cifras completas.