Las lupas de 2.800 años de Ialysos
Ocho cristales de cuarzo engarzados en bronce, excavados en Ialysos (Rodas) por arqueólogos italianos en la década de 1920 y datados en un estrato del siglo VIII a.C., pasaron casi un siglo sin analizar, según se denuncia en el hilo, hasta que en febrero de 2024 un equipo de las universidades de Illinois y California-San Diego los analizó y concluyó que funcionaban como lupas de aumento, con magnificaciones de
entre 8 y 13 aumentos. Ahí sigue el problema: para quienes sostienen esa tesis, cuando un objeto contradice lo que se enseña en la cátedra, el objeto es lo que se aparta.
La discusión sobre el nivel científico y técnico de la Antigüedad vuelve cada cierto tiempo. Y vuelve porque, según se sostiene, los hallazgos se acumulan mientras las explicaciones oficiales se quedan quietas.
¿Sabían los antiguos que una lente refracta la luz?
En las ruinas del palacio del rey asirio Ashurnasirpal II, del siglo IX a.C., apareció una lente que hoy custodia el British Museum: la llamada
lente de Nimrud. Según la crítica que se hace en el hilo, desde el academicismo se despacha como amuleto, objeto de culto o símbolo sacerdotal. La variante más socorrida, añade, es que era una *curiosidad sin aplicación práctica*, es decir, que los asirios tenían la lente pero no sabían qué hacía con la luz. Resulta una tesis difícil de sostener cuando una obra de teatro ateniense de hace 2.400 años describe el aparato con total naturalidad.
En *Las Nubes*, de Aristófanes (444-385 a.C.), Estrepsíades le pregunta a Sócrates por una piedra transparente que sirve para encender fuego, comprada en la tienda del droguista, y plantea usarla para derretir al sol el documento de una condena. No es un objeto exótico ni secreto: se vende y sirve para encender. La traducción del griego clásico no deja mucho margen. La palabra que aparece es *diáfano*, y la que se usa para cristal.
La lente de Creta que la Wikipedia no cita
El
American Journal of Archaeology publicó en 1987 un estudio de George Sines y Yannis A. Sakellarakis que documentaba dos lentes ópticas halladas en una cueva de Creta, junto a objetos datados entre los siglos VIII y VI a.C. Una medía 8 milímetros, la otra 15, y la primera era, en palabras del propio trabajo, de alta calidad óptica: permitía imágenes nítidas a 7 aumentos sin distorsión. El mismo artículo señala que hasta esa fecha se habían recuperado
23 lentes en excavaciones de la isla, varias en el palacio de Cnossos.
Hay un detalle revelador en cómo se transmite todo esto, según se señala en el hilo. La entrada de Wikipedia sobre lupas en la Antigüedad afirma basarse en ese artículo, pero no cita nada de lo que dice.
La pila de Bagdad y el doble rasero
El llamado objeto de los partos, mal conocido como pila de Bagdad, es el ejemplo incómodo que se trae a colación. Para quien lo propone, no hay consenso sobre si fue de verdad una pila; lo llamativo, añade, es el doble rasero: las versiones española e inglesa lo descalifican con argumentos que se contradicen entre sí. Igual que la patera de Minerva del tesoro de Hildesheim, ejemplo citado también en el debate, con una capa dorada sobre plata que obliga a explicar qué técnica se empleó, o la
copa de Licurgo, del siglo IV, cuyo cambio de color según la luz no ha podido replicarse y que está expuesta en el British Museum.
La lista no es corta. Según un comentario que cita a Suetonio, Nerón era miope y miraba a través de una esmeralda tallada. En una tumba suiza apareció una «jarra de broma» romana del siglo IV con un recipiente de vidrio dentro de otro, hecha para lucir la habilidad del vidriero. En la necrópolis de Grottaferrata, cerca de Roma, un anillo del siglo I con un retrato tallado que produce un efecto de holograma.
El telescopio reflector, ¿inventado en el siglo XVII?
Tres telescopios reflectores distintos aparecieron en apenas diez años: el gregoriano en 1663, el newtoniano en 1671 y el cassegrain en 1672. Quien sostiene que no se inventaron entonces se apoya en la *Catoptrica* de Herón de Alejandría, del siglo I, donde ya se describe el funcionamiento de los espejos cóncavos. La coincidencia de tres diseños en una década, con siglos de óptica antigua detrás, alimenta, en quien lo plantea, la sospecha de que alguien leyó antes y firmó después.
Por qué no hubo revolución industrial
La pregunta de fondo no es si los antiguos tenían lentes. Es por qué no dieron el salto. La respuesta que mejor aguanta, según se defiende, es la de la base industrial: las tecnologías son castillos de naipes humanos, se apoyan unas en otras, y no solo en el conocimiento, también en la logística y la economía. El Egipto de principios de la Edad del Hierro estaba tan poblado y era tan avanzado como el que más, y fue perdiendo peso. Puede que fuera la ruptura de sus redes de comercio, pero cabe que sencillamente no pudiera fabricar lo que otros fabricaban.
El homo sapiens lleva entre cien y doscientos mil años sobre la Tierra. El salto agrario y el industrial podrían haberse dado miles de años antes. No ocurrió, y las razones siguen siendo materia de especulación, no de dogma.
El escorbuto y quién firma la ciencia
Según se sostiene en el hilo, los marinos españoles trataban el escorbuto con cítricos
dos siglos antes de que el capitán Cook explorara Australia. En la expedición de Magallanes y Elcano, según el relato de Pigafetta, Elcano esquivó la enfermedad comiendo una conserva de membrillos. Durante más de tres siglos, según la Enciclopedia Británica, no existía cura contra el escorbuto. La conclusión práctica existía desde mucho antes. La cosa es quién firma.
El detalle que cierra el círculo cabe en dos frases que no deberían convivir: los asirios tenían una lente y los asirios no sabían que refractaba la luz. Una sobra. Y no es la primera.