Así conquistó el cangrejo rojo el Guadalquivir
En la primavera de 1974, el aristócrata Andrés Bores Saavedra importó legalmente dos toneladas de Procambarus clarkii y las soltó en la marisma del Guadalquivir. La decisión, tomada en la intimidad de una finca, iba a reconfigurar el mapa ecológico de Doñana durante las próximas cinco décadas.
El cangrejo rojo americano no encontró depredadores naturales. Hoy está en cualquier riachuelo de Andalucía, y donde aparece, desaparecen la rana común y buena parte de las especies que antaño dominaban los humedales. Entre tanto, la marisma ha llegado a un punto de no retorno: los análisis hablan de una transformación irreversible que no tiene marcha atrás con las herramientas actuales.
El cangrejo “ibérico” tampoco era tan ibérico
La discusión sobre lo autóctono tiene su miga. Los archivos de la Estación Biológica de Doñana documentan que Felipe II ya ordenó traer cangrejos desde la Toscana en el siglo XVI para repoblar el Tajo. Es decir, el cangrejo de río que llevamos siglos llamando español pudo ser una introducción de cargos con buena intención. El precedente invita a mirar con perspectiva la actual cruzada contra el invasor americano: hace 500 años hicimos lo mismo con lo italiano.
El negocio que mira a Suecia
Mientras aquí se le considera un estorbo, en Isla Mayor se pesca, se sazona y se manda a Suecia, donde es un manjar que se consume con devoción. La paradoja comercial es total: el cangrejo que destruye el ecosistema local alimenta un mercado exterior que lo paga bien. Eso sí, apenas se vende vivo; el viaje exige cocerlo, y eso ha lastrado su aceptación en la gastronomía española.
Algunas voces apuntan que culpar a un único aristócrata es quedarse corto: en otras cuencas, como el Tera o el Jiloca, fueron organizaciones ecologistas de la época las que fomentaron repoblaciones con especies foráneas bajo el paraguas de la buena intención. El infierno, decía el clásico, está empedrado de ellas.
Cincuenta años después, el cangrejo sigue ganando terreno. La lección cuesta cara: un gesto individual puede reescribir la historia natural de un país entero. Y la prueba del despropósito está en que hoy, para deshacerlo, no hay presupuesto que alcance.