Debate en un foro: ETA, mil asesinatos y el relevo demográfico en Euskadi
El punto de partida es un tuit sobre la oración y la fiesta del fin del Ramadán en Álava. A partir de ahí, la conversación deriva hacia un balance incómodo:
mil asesinatos atribuidos a ETA para terminar, según la tesis dominante en el hilo, con una sociedad vasca que ha cambiado de piel sin que nadie haya rendido cuentas. La discusión, según los participantes, se ha ido prolongando en el tiempo y ha ido mutando desde la burla hacia el análisis demográfico y la sospecha de colaboración institucional.
La primera reacción es de castigo divino y desprecio hacia el conjunto de la población vasca. Un participante recuerda que ya se retiró la inscripción
Reinaré en España del Sagrado Corazón de Bilbao y lamenta que no haya un escarmiento ejemplar. Otro lo resume con una imagen de sustitución: los locales no nacen, llegan migrantes, y en quince años la brecha será irreversible. La idea de fondo que repiten varios mensajes es que el proyecto abertzale ha sido víctima de su propia contradicción: quería pureza étnica y acabó importando mano de obra que no comparte su relato.
Qué se discute cuando se habla de mil asesinatos
El dato de los mil muertos funciona como marcador moral. Para una parte de la conversación, esa cifra es la prueba de que el nacionalismo vasco construyó su proyecto sobre la extorsión, el secuestro y el asesinato, y de que quienes lo sostuvieron se beneficiaron de un sistema de pagos paralelo. Un participante que dice haber vivido en Euskadi entre 1999 y 2004 describe cómo
Jarrai colocaba a jóvenes en empresas que pagaban el impuesto revolucionario mediante nóminas ficticias. El etarra, en esa lectura, no era un fanático: era un asalariado del miedo.
La objeción llega desde otro flanco. Se sostiene que ETA nunca fue un proyecto racial, sino comunista e internacionalista, y que su objetivo real era expulsar a los vascos partidarios de la unión con España. Esa versión choca con quienes defienden lo contrario: el marxismo era una capa de pintura porque, tras el nazismo, reivindicar la raza estaba mal visto, y porque con cientos de miles de inmigrantes castellanos en el País Vasco hablar de pureza étnica alienaba a demasiada gente. La discusión sobre qué era ETA sigue sin cerrarse.
El relevo demográfico como castigo
El segundo bloque del debate abandona la historia y entra en la demografía. La tesis repetida es que la población autóctona no se reproduce, que la inmigración avanza a ritmos acelerados y que en una década el paisaje humano de Euskadi será irreconocible. Un participante afirma haber preguntado a un veterano abertzale de casi sesenta años qué opinaba de que no nacieran vascos mientras se importaban migrantes a paladas, y describe una respuesta ambigua, irónica, sin concretar. La conclusión que extrae es que ni quienes pasaron años en prisión quieren ver el problema.
Otra línea insiste en que la inmigración no molesta al nacionalismo porque no compite por el relato: lo que molesta es el español y el europeo, que sí puede disputar el marco identitario. La discusión se vuelve explícita en ese punto y roza el terreno de la sospecha: hay quien afirma que el relevo se está produciendo con la connivencia de los partidos que gestionan las instituciones. La acusación no se sostiene con datos en la conversación, pero marca el tono.
Del castigo divino a la predicción política
El hilo tiene una veta apocalíptica que va ganando peso con los mensajes. Se habla de degüello futuro, de Gomorra babilónica, de que Dios maldiga a quienes se apartaron del camino. Es retórica de púlpito, no análisis. Pero debajo hay una predicción política concreta: los presos de ETA que salgan en unos años no reconocerán el país que dejaron, porque el nacionalismo que ellos defendían ha pasado a defender fronteras abiertas y solidaridad con los extranjeros. El choque generacional, en esa lectura, está servido.
La comparación histórica también aparece. Un participante recuerda que durante la guerra por la sucesión visigoda los partidarios de Witiza pidieron ayuda a los musulmanes y con ella cruzaron el estrecho las tropas de Tariq ibn Ziyad. El paralelismo es explícito: la traición interna abre la puerta al invasor externo. Otro responde que aquella vez hubo una reconquista lenta pero imparable. La historia, vienen a decir, no se repite, pero rima.
Quién paga la fiesta y quién la cobra
En el tramo final, la conversación se enreda en un intercambio sobre quién sostuvo la industria vasca. Un participante sostiene que fueron castellanos y andaluces los que dieron el callo para mantenerla, y reclama agradecimiento. Otro responde que los vascos han emigrado a todos los rincones de la península desde el año 711 y que hay millones de apellidos vascos diseminados por España. La pelea por la autoría del desarrollo industrial se mezcla con la pelea por la autoría del poblamiento.
El cierre del material no ofrece conclusión. Queda la sensación de que el asunto central —qué se hizo con mil muertos y con el relato que los justificó— se ha diluido en una discusión sobre nacimientos, apellidos y fronteras. La predicción más repetida es que el nacionalismo vasco no sobrevivirá a su propia paradoja: quería pureza y ha traído diversidad. Si eso ocurrirá en quince años o en treinta, nadie lo sabe. Y si alguien lo sabe, no lo dice.