El tuning arruinó a una generación que hoy sigue sin piso
El tuning español no fue una moda: fue una fiebre de cuatro años que coincidió con el último ciclo de dinero fácil para los veinteañeros. Coches con alerones que triplicaban el consumo, equipos de audio que llenaban el maletero y llantas que costaban más que el propio vehículo. Todo ello financiado por chavales con sueldo de licenciado que hoy, veinte años después, siguen pagando las consecuencias. La explosión de la burbuja inmobiliaria no solo acabó con el ladrillo: también se llevó por delante una subcultura entera que hoy solo sobrevive en concentraciones nostálgicas y en vídeos de YouTube.
Qué fue el tuning y por qué duró tan poco
El fenómeno arrancó a finales de los noventa y alcanzó su pico entre 2000 y 2004. La receta era siempre la misma: un utilitario básico —Ibiza, Punto, Saxo— al que se le metían paragolpes de fibra, ópticas tipo Lexus, llantas cromadas y miles de euros en equipos de sonido.
Talleres de barrio se convirtieron en fábricas de masilla y accesorios de procedencia dudosa a precio de oro. El resultado: coches que corrían menos que de serie, consumían más y perdían todo su valor de mercado.
La fiebre duró lo que duró el dinero. Cuando estalló la burbuja y llegó el paro, el tuning se desinfló como un globo.
La ley antituning —que obligaba a homologar cualquier añadido por un ingeniero previo pago— remató el negocio. Hoy solo unos pocos resisten, pagando más en homologaciones que lo que vale el coche.
El coste real: pisos perdidos y padres como caseros
La factura no fue solo mecánica. Muchos de aquellos chavales gastaron en preparaciones más de lo que costaba el propio vehículo.
Un Ibiza 1.2 con 10.000 euros en tuning era la norma, no la excepción. Cuando llegó la crisis, ese dinero no estaba en ningún banco: estaba en forma de neones, alerones y subwoofers que nadie quería comprar de segunda mano.
El cálculo completo, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende: lo que se invirtió en tuning habría bastado para una entrada de piso en muchas capitales de provincia. Hoy, veinte años después, hay quien sigue viviendo con sus padres mientras los pisos que no compraron valen el triple.
La nostalgia del caos frente al aburrimiento actual
Hay consenso en una cosa: aquella época, con todo su mal gusto, era más divertida.
Coches incoherentes, absurdos y coloridos frente a la uniformidad actual de SUVs grises, negros y blancos. Los más críticos con el tuning reconocen que al menos representaba una época de esplendor económico entre los jóvenes españoles, algo que hoy no existe.
El contraste con la juventud actual es inevitable. Donde antes había un Célica o un Calibra, ahora hay un patinete eléctrico. Donde antes había concentraciones con música a todo volumen, ahora hay Instagram y likes.
La esencia se ha perdido, dicen los nostálgicos, y el sistema ha convertido a los jóvenes en niños eternos que no mojan ni con coche ni sin él.
El tuning como termómetro económico
El tuning fue, en realidad, un indicador adelantado de la economía española. Creció con el crédito fácil, se cebó con los veinteañeros con sueldo y murió con la crisis.
Los que se arruinaron con el tuning fueron los mismos que después salieron en la tele llorando por el desahucio. No es una coincidencia: es un patrón.
La lección, si es que hay alguna, es que las modas caras siempre acaban mal. Hoy el equivalente son los tatuajes, los iPhones a plazos y los viajes financiados. El mecanismo es idéntico: dinero que no se tiene, gastado en cosas que no valen lo que cuestan. La diferencia es que el tuning al menos dejaba un coche bonito en el garaje.
Con estos precedentes, lo lógico sería que la juventud actual ahorrara para el futuro. Los datos apuntan a lo contrario. La historia del tuning sugiere que no aprendemos nada.